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Regreso al pasado

miércoles 13 de abril de 2022 | 6:00hs.
Regreso al pasado

L
e diagnosticaron una enfermedad terminal y de golpe apreció la necesidad de volver. Es que después de irse de Posadas hacía más de cincuenta años con el alma atosigada de dolor, se juramentó no volver jamás. Pero ante el difícil trance de su actual existencia sintió nostalgia, esa sucesión de ayeres que en la vida nunca se repite, rara mezcla de tristeza, placer y en ocasiones recuerdos tormentosos. Todas estas sensaciones la incitaron a regresar al lugar donde tuvo la experiencia del amor sublime, ese amor que la acompañó toda su vida, concomitante al sufrimiento más horrendo que novia alguna puede tener. El asesinato de su novio. Y en su ostracismo ex profeso, renunció a todo otro romance como guardando ausencia y se dedicó de lleno a enseñar en una escuelita rural en la cercanía de Asunción, lugar donde nació. 

Ahora estaba en Posadas y comprobó que ya no era el pueblo del ayer donde estudió el magisterio en la Escuela Normal; ahora, convertida en bella ciudad realzada por la primera imagen impactante tras cruzar el puente: la bella costanera.

El taxi tomó Bolívar, dobló por Colón y se estacionó frente al hotel City. Aquel viejo City que albergara en la planta alta la confitería Carrusel de los bailables juveniles, y a la que ella con su Paco solían concurrir. La mujer que bajó del taxi era la misma chica de los quince años de la Normal pero distinta, pues el paso del tiempo transformó sus cabellos azabaches en cenicientos, pero no su figura ni su rostro que aún con arrugas preservaba a la bella mujer que fue. Contempló la reformada plaza 9 de Julio extendida en peatonal sobre San Martín y Feliz de Azara. Qué hermosa está, pensó, y cerró los ojos. Su imaginación la llevó a recordar la “vuelta del perro” y aquella vez que, sentados en la confitería La Palma, le dijera al Paco. “Tú me gustas, pero dejemos que el tiempo diga si nos amamos”. Sonrió porque prácticamente fue una declaración, y de golpe recordó los corsos, las comparsas y los luciferes de cuyo block. Paco era el jefe en la de Chiquito Lobo, aquel mozo del bar Español que en los carnavales se convertía en el jefe indiscutido de la comparsa del Patoty.

En la habitación del hotel dejó el bolso con una muda de ropas, pues su propósito era visitar el cementerio donde estaba enterrado el Paco y solo permanecería una noche en la ciudad. Por eso al salir del hotel decidió caminar unas cuadras y tomar un taxi. Contempló fascinada la transformación edilicia de la ciudad. Ya no estaba el viejo hotel Internacional, el Sorocabana, la farmacia Vicario, la Casa de los Regalos, Imlauer, ni la tienda Buenos Aires; sólo la farmacia Argentina en la esquina tradicional persistía. Subió a un taxi que la condujo por Bolívar hasta la avenida Corrientes para luego doblar hasta Centenario, todas asfaltadas. Tampoco estaban en las esquinas la funeraria Dry y la panadería de los Chemes, lugar que en el pasado solía ser el punto de salida de las carreras de carros jardineras que por apuestas realizaban los carreros. El tramo recorrido cual pista de cuadreras se iniciaba en esa esquina hasta el almacén de la otra familia Chemes de la avenida Santa Catalina, en jornadas de polvaredas, cascos batientes, latigazos, y los conductores parados sobre el pescante haciendo equilibrio y sujetando las bridas con firmeza para que los caballos no se desboquen. Los vecinos se agolpaban a contemplar divertidos, y Paco el favorito.

Al llegar a Santa Catalina sintió una opresión en el pecho, en esa avenida el Paco tenía el depósito atiborrado de mercaderías que luego surtía a los almacenes y el lugar en que lo asesinaron cobardemente. No sólo era repartidor, cursaba el último año del bachillerato para adultos, también telegrafía en la dependencia Gendarmería, institución que asentaba sus reales al lado de la panadería de los Chemes, y los gendarmes solían hacer apuestas por el favorito.

No pudo evitar que sus ojos se le llenaran de lágrimas al recordar cuando lo llevaron lo más pronto posible al sanatorio Posadas. Profundas heridas lesionaban su cavidad abdominal en forma desesperadamente mortal. Dos médicos prestigiosos, Miguel Gerónimo Soto y Jorge Alejandro Milcoveanu, solícitos lo atendieron prestamente sin atisbo de salvación. Solamente un milagro podía salvarlo, y el milagro no se produjo. Al caer la mañana del tercer día de cuaresma, el Paco recibió la extremaunción y falleció a las tres de la tarde.

Lo llevaron a enterrar al cementerio de La Piedad, cuando el sol que aún permanecía oculto por las últimas nubes de la reciente lluvia comenzaba a brillar. El cortejo que lo acompañaba se componía de sus amigos carreros, un jeep de la gendarmería y la bañadera que dispuso Juan González para transportar a sus compañeros de la comparsa. González vivía con su familia por Lavalle frente al gran baldío del barrio Tajamar y era el propietario de las bañaderas. Esos ómnibus descapotados que recorrían la ciudad en paseos vespertinos desde el comienzo del poniente hasta la cero hora de la noche en una ida y vuelta llevando a chicos, a grandes y a parejas de novios que encantados disfrutaban de una excursión entretenida y barata. Y en este momento funesto formaba parte de la pesarosa caravana que llevaba a enterrar a Paco, el joven querido que usaba los bigotes a lo Errol Flynn y comprometido para casarse en simpático acontecimiento barrial con una linda muchacha.

La mujer que vino del Paraguay se apeó del taxi frente al cementerio, subió las escalinatas y se dirigió directamente a la cruz mayor. De allí, a diez tumbas hacia la izquierda se encontraba la del Paco. La encontró muy bien cuidada y bordeadas de flores. Un misterio para ella. Tomó el dije de trébol de cuatro hojas de la cadenita de oro que el Paco le regalara cuando salieron la primera vez, se lo llevó a la boca y se hincó a rezar. Gruesas lágrimas comenzaron a caer sobre su rostro, y a llorar sin consuelo cuando leyó el epitafio que mandó a colocar en la cripta de su Paco en la víspera de su partida.

Que es la vida amor mío
Si no estoy cerca de ti.
En tu mundo yo no existo
Y mi presente es el pasado.

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