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Mate gringo

domingo 10 de abril de 2022 | 6:00hs.
Mate gringo

Asunción no es solo la capital del Paraguay, es también una dulce y sabia viejita.

Nació hace casi cien años en un pequeño pueblo italiano, de la Región de la Campania, llamado Buonabitacolo, palabra que significa buen habitante.

Vaya si Asunción lo fue hasta los quince años, edad a la que emigró en barco con rumbo a América del Sur.

Y eso fue aquí desde que llegó: una buena habitante, ahora de Argentina.

Eso sí, matera, bien matera. Claro que su mate, por esas cosas mágicas, fue creciendo.

¿No me crees? Mirá que te cuento.

A los pocos días de arribar a su nueva patria, le llamó la atención un adminículo que circulaba de mano en mano con una sustancia verdosa.

La primera vez que la invitaron a beberlo, lo sorbió con extrañeza. Fue el sabor original el que la conquistó.

Pero sobre todo, fue la camaradería que se instalaba con la ceremonia del mate.

Al principio, el mate de Asunción era chiquito, enlozado, bien gringo y, encima, con azúcar y una pizca de café. La italianidad al palo, parafraseando al pelado Cordera.

Lo cebaba con cuidado y chupaba golosa la bombilla. Y se le disparaban los recuerdos. Tantos, tan buenos algunos, tan desgarradores otros.

Cuando pastoreaba las ovejas y miraba hacia el oeste. La vista apuntaba hacia la tierra prometida.

América se le presentaba como La Esperanza, así con mayúsculas. Dejar atrás la guerra, la miseria. Pero, también afrontar el desarraigo, la discriminación.

En Argentina, al principio, la ronda de mate también era chiquita. Apenas incluía a sus dos hermanos Carmelo y Dora.

Cuando ni el alfabeto es familiar, los mates son brazos abiertos en los cuales refugiarse.

Los hermanos fueron de los Apeninos a los Andes, como el protagonista de la novela de Edmundo de Amicis.

Entre mate y mate hablaban del destierro, de la sombra del nuevo mundo y también de su lado luminoso.

Discurrían sobre la distancia de un océano que para ellos era abismo y silencio.

La ronda de mate les aportaba tibieza en un mundo frío. No era poca cosa. Fraternidad frente a tanto odio, tanto enemigo.

Reflexión versus inmediatez, fugacidad, sinsentido.

Los mates estaban siempre disponibles para cobijar o remendar los sueños que habitaban sus jóvenes años.

Asunción creció y se convirtió en una hermosa mujer de pelo negro azabache.

Siempre laburadora, aprendió a hablar un castellano tan argentino que casi no delataba su verdadero origen.

Ahora el mate lo convidaba a sus compañeras de trabajo y a quien sería su compañero de vida.

Angelito era bien argentino y para más datos, hincha fanático de Boca Juniors (nadie es perfecto). Más matero que vos y yo.

El tipo le cambió el mate a la “tanita”: recipiente más grande, menos azúcar. Chau, pizca de café. Bienvenida, cascarita de naranja.

Lo transformó en calidez de su mano tendida, percibiéndola a ella, escuchando sus gemidos, disfrutando sus ocurrencias, aliviando su hambre de siglos.

La ronda de mate fue incluyendo a los primeros gurises. Tuvieron seis en total.

El mate fue la excusa para la juntada, para ponerle musiquita y sabor al trabajo, al estudio.

El terapeuta de esta familia siempre fue el mate, verde y efectivo. Con él se limaban diferencias, se enderezaban entuertos, se confiaban secretos (de otro modo inconfesables). Se comunicaban nacimientos, defunciones y un largo etcétera.

Pero fue en Misiones donde el mate “evolucionó” realmente.

Cuando se radicaron en Candelaria, la familia siguió creciendo. También el recipiente para el mate. Ipso facto apareció la calabaza, de gran tamaño y desapareció el mate enlozado.

El azúcar tardó un poquito más en desaparecer. Eran tantas las cargadas de los nuevos vecinos que, un buen día, se fue la dulce compañía y la yerba mate se quedó sola, con todas sus virtudes a la vista.

Y Asunción daba vuelta la calabaza y se deshacía del polvo verde, ese sobrante le pintaba la mano.

El agua humedecía -apenitas- la yerba, nada de mojarla toda. Y duraba mucho más y daba gusto.

La italianita amisionerada se había convertido en una experta.

El mate fue más compañero cada día y Asunción percibió que ya estaba instalado definitivamente en la genética de su familia.

Los gurises crecieron, se independizaron, armaron sus propias familias. Se fueron con sus mates a otras partes.

Angelito no tuvo mejor idea que irse de gira hace unos años, en el umbral de las bodas de oro. Quedó pendiente el festejo de los cincuenta años de casados. Tendrá que ser en el cielo.

Asunción envejece. Muy a su pesar se deteriora.

Le quedan sus recuerdos y su mate, que no la abandona.

Marta Stella de Gasparini

Gasparini es docente y abogada. Es autora de ocho libros (poemarios, cuentos y ensayos) y figura en varias antologías.

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