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La Llama Votiva de la Argentinidad

viernes 08 de abril de 2022 | 6:00hs.
La Llama Votiva de la Argentinidad

Siguiendo la onda del viernes pasado, otro símbolo entronizado y olvidado de nuestra provincia es la Llama Votiva de la Argentinidad. Todos sabemos que, según el diccionario, una “masa de gas en combustión que sale hacia arriba de los cuerpos que arden y que desprende luz y calor” se denomina llama; votiva hace referencia a “todo aquello que es resultado de un voto, ofrenda o dedicación, especialmente un voto u ofrenda de carácter religioso”, y el término argentinidad, creo que no hace falta definirlo.

Las ofrendas votivas se originaron en el período neolítico y fueron muy utilizadas durante la Edad de Bronce, en general se enterraban los objetos de guerra –muy preciados– como puntas de lanzas o espadas, aunque los resultados arqueológicos indican que se los arrojaba en lagos o lagunas, como parte de una ceremonia específica.

Cuando se difundieron los cultos religiosos, los devotos agradecidos ante milagrosas curaciones de enfermedades o malformaciones físicas transformaron los objetos bélicos en pies, piernas y otras partes del cuerpo esculpidas o muletas. Ejemplo de ello fue el Templo de Asclepio, en Epidauro -Grecia-; otras formas de ofrendas votivas consistieron en el crecimiento desmesurado de cabello y barba practicados por los Chatos, Chattis o Casuarines, un antiguo pueblo germánico.

En la India, los templos dedicados a Aiyanar albergaban cientos de figuras de caballos dejados por fieles creyentes; en Occidente, con el advenimiento de la religión católica, estas ofrendas se trasformaron en coronas, cruces o cálices.

En América este tipo de práctica fue realizada por incontables pueblos nativos… o sea, nada nuevo bajo el sol.

En nuestro país tenemos ejemplos de este tipo de homenajes; el más conocido está en el propileo del Monumento a la Bandera en Rosario, inaugurado el 20 de junio de 1957. Esa llama votiva es un reconocimiento a las miles de personas que participaron en el proceso independentista de la Argentina y es símbolo de todos nosotros, ciudadanos, que día a día engrandecemos al país con nuestro aporte; debajo de ella, en una urna, descansan los restos de un soldado muerto en el combate de San Lorenzo, cuyo nombre se perdió en la noche de la historia, y al frente del receptáculo se puede leer: “Aquí reposan los restos del soldado argentino muerto por la libertad de la Patria”.

Corría el año 1948, cinco años antes había comenzado la construcción del Monumento a la Bandera y transcurría el primer período presidencial de Juan Domingo Perón; se dispuso la realización y envío de “llamas votivas” a siete destinos del país: Neuquén, Jujuy, Formosa, Catamarca, San Juan y Misiones, y la última de ellas goza del “beneficio de la duda”, para algunos estudiosos estuvo destinada a las Islas Malvinas y por alguna razón terminó en la ciudad de Ushuaia.

Fueron construidas en hierro fundido de cañones del Ejército Argentino, como homenaje al general José de San Martín, y debían encenderse cada 17 de agosto –en el marco de los festejos de la efeméride-. La entrega de cada una se realizó con custodia de esa fuerza y por años cumplieron su misión.

La Llama Votiva de la Argentinidad de Misiones fue recibida en Posadas, en la Casa de Gobierno, por el gobernador y una comitiva de notables, militares y miembros de la Confederación General del Trabajo. Se la trasladó en una carroza hasta la plaza 9 de Julio y se la ingresó a la iglesia matriz, donde fue parte central de la evocación sanmartiniana; después de los actos del 17 de agosto fue llevada a la Municipalidad, donde se la apagó hasta el año siguiente.

La tradición oral cuenta que esta ceremonia se repitió durante seis o siete años, y después del golpe de 1955, desapareció.

Actualmente, de las siete lámparas votivas sobreviven una en el microcentro de la ciudad de Neuquén, no se enciende desde hace décadas porque carece de mechero, y otra en el centro de la ciudad de Ushuaia, más una tercera –fuera de este grupo original-en la Catedral Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires.

En el año 2013, el escribano Roberto Leopoldo Terrones, salteño de origen, anduvo por Misiones tras la pista de las llamas votivas. Antes había visitado cuatro de los destinos originales, y su propósito era ubicar las lámparas, o en su defecto conseguir su reemplazó con réplicas; encontró algunos datos, visitó algunas redacciones y, al parecer, no logró interesar a ningún funcionario.

Como en el caso del Mástil Justicialista, nadie recuerda esta ofrenda votiva, que no pudo “desaparecer” ni transformarse en cenizas, por ser de hierro…

Los mecanismos de la memoria, como los del olvido, son desconocidos para la mayoría de nosotros; el mecanismo mediante el cual el cerebro selecciona qué recordar y que no parece no depender de nuestra voluntad, pero puede ser influenciado por factores externos; recordar todos y cada uno de los acontecimientos de nuestra vida puede resultar apabullante, intolerable y hasta insano, y si trasladamos esto a la sociedad la cosa se complica porque se ponen en juego otras dinámicas.

Todo esto está estudiado, corregido y actualizado cuando corresponde; sin embargo, la historia como ciencia es responsable -en algún grado- de cierto tipo de “selección” que se le brinda a la sociedad; solemos llamarlo historia oficial y no es otra cosa que un relato de hechos elegidos para ser contados y perpetuados… hasta que otro similar ocupe el lugar. Así quedan fuera de la narración sucesos de acuerdo al criterio de quien elige.

¡Hasta el próximo viernes!

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