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Anécdotas de Don Cacho

Colonia Santa María, basado en hechos reales (o no tanto)

domingo 03 de abril de 2022 | 2:59hs.
Colonia Santa María, basado en hechos reales (o no tanto)
Reducciones Jesuíticas de Santa María. //Foto: Redes sociales.
Reducciones Jesuíticas de Santa María. //Foto: Redes sociales.

Santa María le pisaba los talones a Concepción. Pero como teníamos muchos ingleses con cascos de corcho, botas caña larga y hasta los tareferos hablaban inglés; de puro celosos clavaron espuelas y pum para arriba… Correo contra estafeta, hospital contra salita, comisaría contra policía suelto, frigorífico guaú contra colgadero y así todo, menos con el Cerro Inglés.

El Cerro Inglés está a 205 metros sobre el nivel del mar, no hay loma que se le acerque; tiene una particularidad notable, la cara oeste pelada, la cara este, monte nativo. Si se lo mira de costado parece cara y melena; la cima es laya de piedra. Urunday y monte raleado que se hace denso en la pendiente. Me contaba Claudio Arrechea que pasando frente al cerro en un día de tormenta vio salir desde la cima una bola de fuego que parecía apuntar al auto, don Arnoldo Jenssen el conductor dejando los comentarios para después, puso cambio, pico a fondo y ambos sin mirar para atrás (luz mala) llegaron en un suspiro a Concepción.

Se habló bastante del tema… que la causa eran los entierros, que algún inglés sin cruz ni camposanto propio hacía la gracia, que cuando el cielo caía a tierra y tocaba la punta del cerro estaba llevando ánimas errantes, poras y espíritus de todo pelaje. Eso me cuesta creer, pero podría ser… siempre se dijo que las almas van al cielo, es decir que la circulación es de abajo para arriba. Pero de arriba para abajo, por más cielo que toque el cerro, que quede a tiro de un saltito y bajen finados documentados, me parece cosa demasiado fantasiosa. Sin embargo hay gente que asegura lo contrario y comenta haber visto al bueno de don Luz, el que bailaba mágicamente shotis sin tocar el piso, a don Viera, el correligionario dueño del almacén del pueblito que de tan buena persona tenía un cartelito que decía "Hoy se fía, mañana también", y don Da Silva, al que le faltaba una pierna completa y que mucho se discutió la causa: que un tiro de la Prefectura, que en un accidente cayó del caballo y se fracturó mal, o que anduvo sombrereando y el marido llenó la pierna de perdigones… Caso que hoy ya no tiene importancia y menos la pavada de que en el bar de la Polaca volvió con las dos, como que en el cielo consiguió repuesto.

No puedo asegurar que eran amigos y menos que se los vio tomando cerveza, ahí no, si algo se tomaba en su tiempo terrenal era vino. Ahí se derrumbó el cuento.

A lo mejor algún pasado de sed le pareció verlos en el propio bar del comentario y ahí salió la historia, sin ninguna mala intención, pero como a la gente le gusta el misterio y agranda la bola, en el tercer pasacuento ya incluyeron más finados y no era cerveza sino un truco de cuatro y algún histórico de los Bogado que contaba los porotos.

No quiero ser transmisor de un bolazo tan grande y me niego a creer que sea verdad y que además otros lo lleven a otras colonias y empiece a rodar el cuento. Y como suele pasar, que la mentira se haga verdad y vamos a terminar creyendo que el que vemos no es el que vemos sino un finado que se largó del Cerro Inglés. Ya me imagino peregrinaciones, campamento, bebidas frías, humito de chori, mientras que se espera la aparición de un finado familiar… y que el inocente Cerro Inglés vaya a terminar haciéndole la competencia al Cerro Monje, lo que sería muy injusto…

El inglés mayor Backer

En el año 1959 murió mi padre; el primer muerto en serio con profunda afectación personal. Como mi madre estaba muy deprimida, Juan de Arrechea, su hermano, con María Hilda, su esposa, ambos maestros, nos llevaron a la chacra Don Alfonso, ya nacionalizada.

El establecimiento era propiedad anterior del Mayor Backer, inglés administrador de la Liebig que cuando levantó vuelo, vendió fraccionada la tierra a sus propios empleados, todos ingleses…

El mayor Backer compró tierra, se fue a trabajar a Sudáfrica y desde allí mandaba dinero al joven Pedro Zanek, quien le hizo la plantación del yerbal en 1928 y recibió como pago 34 hectáreas pegadas al Persiguero.

Brota Perón como secretario de Trabajo y Previsión en la presidencia de Farrell, que aprueba e innova el Estatuto del Peón, con sindicato y delegado. Una bomba para la época. No recuerdo el nombre del delegado, pero lo sabía porque el relato venía completo. El referido recorre chacra por chacra con documentación, firma, sello y autorizado, hasta que llega a la tranquera del inglés con espíritu nacionalista al palo. La entrevista no era fácil para el criollo, tenía que informarle al inglés, a Gran Bretaña, al Imperio y a la Corona, que a partir de ahora tenía que pagar aguinaldo, vacaciones pagas y salario en caso de enfermedad… de lo que había muy poca costumbre. El inglés habrá pensado que en su propiedad, en la colonia, en la Argentina y en medio planeta, la ley con la pluma o con cañones la escribían los ingleses… y no un peón con papeles con firmas y sellos. El inglés se plantó, le ordenó retirarse y le soltó como un ventarrón: "Sepa que acá manda el mayor Backer…". Pero se topó feo: "Usted será mayor en Inglaterra, pero acá estamos en la Argentina y manda el general Perón". No sé de los enfrentamientos siguientes ni cuánto duraron, pero sé que el mayor se pichó, vendió la chacra (aleluya) y se fue a vivir a Mendoza. Otros se fueron a la guerra a alistarse como voluntarios, la colonia se peló de anglosajones y llegamos los 'chozny' (morochos en apostoleño).

Establecimiento Don Alfonso

Los programas chacreros no eran muchos; a la mañana el primer acto comenzaba prendiendo fuego a la cocina económica Istilart, seguido de mate chancleteado en la cama, desayuno con galleta de la panadería Bogado, y después acompañar a Juan que estaba en plena cosecha. El corte fiscalizaba el capataz don Godoy, criollo de ley con estampa del siglo XIX: bombacha, faja y cuchillo en la cintura, alpargatas peladas en las cuatro estaciones, sombrero negro urbano e imponentes patillas sanmartinianas; cuando Juan lo veía en la Mayoría haciendo números o escribiendo decía: "Ahí está el prócer redactando una proclama…".

La tarea más importante era encontrar el secadero a barbacuá en la misma chacra. Venían las ponchadas en un carro polaco a una cancha, se descargaba la hoja verde y de ahí a la zapecadora; un cilindro que recibía fuego directo, rotaba y deshidrataba la hoja. De la primera secanza se pasaba al barbacuá, una especie de enorme jaula de tacuaras donde a fuego lento se removía el colchón de hojas en el techo, tarea del urú. El siguiente paso estaba la canchadora: un anillo de chapa de cinc, con un cilindro cónico de madera dura con unas espátulas enclavadas movido por un aburrido burro que giraba y giraba crubicando la yerba que salía "canchada"… y a la bolsa por nueve meses en el noque… De ahí, a pelarse con la venta a los pocos molinos de entonces.

Las chacras

Por aquel entonces las chacras estaban pobladas y los colonos además de yerba se autoabastecían de todo, algunos hasta trigo plantaban para hacer el pan, el arroz en secado o en humedad. Los colchones eran de chala, fabricaban sus propios ladrillos y el techo con paja Santa Fe; para la letrina marlo, y por supuesto chanchos, gallinas, huevos, poroto, mandioca, batata… y carro para ir al pueblo, incluidos los caballos. Lo único que compraban era sal y tela para hacer la ropa. De electricidad, ni hablar… lámparas de kerosene en el nivel más alto y lampiao en el de abajo (un recipiente de vidrio con aceite y mecha). Para bañarse estaba el arroyo. El ciclo de autoabastecimiento se cerraba con una docena de hijos… o menos.

La colonia era una fiesta, y no faltaban el acordeón a plano que venía de Europa y las polquitas también (madres de chotis).

Paradójicamente, hoy con caminos asfaltados, camionetas, internet, TV satelital, celular… la mayoría emigró al pueblo… y se armó el ADN misionero, rubia con morocho y morocha con rubio.

Santa María la Mayor

La reducción jesuítica, cuando nuestra visita, estaba como cuando la dejaron los Jesuitas… pero en imponentes ruinas de piedras, monte y silencio espeso. Ninguna mano cambió la obra del tiempo, sólo la invasión de la selva.

Piedra tacurú y un verde envolvente y destructor. Parecía, no sé por qué, que el día anterior se habían ido los padres y los paisanos. Los muros teñidos por musgos, helechos y formidables raíces de higueras que desafiaban al cielo se mantenían erguidos, pero en el suelo se amontonaban piedras desgarradas, domadas, mudas… En la plaza, el único lugar abierto, las palmeras brillaban en islotes, el resto era penumbra y rayos de luz entraban por ventanas en el techo de la selva; algunas columnas todavía se mantenían en pie y lo que era techo ahora era piso, una capa de tejas rotas. Para sumar misterio, la boca de un túnel se hundía en la oscuridad, la única presencia humana eran pozos de buscadores de entierros y una pequeña capillita armada de restos.

Pero cuál era el extraño estremecimiento que se clavó en mi memoria… que tiempo no era el presente y que lo era sin horas ni días, que flotaba en el aire, sin latir, como muerto; que los pájaros en silencio callaron su canto y el verde dejó sus hojas quietas. Fue una sensación nunca sentida. Como si los siglos se amontonasen congelados y la realidad se había vuelto invisible. La detención del tiempo en otra época.

Una pausa bendecida que me regaló la vida…

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