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La historia de la devoción popular en el cerro Monje

domingo 27 de marzo de 2022 | 6:00hs.
La historia de la devoción popular  en el cerro Monje

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a devoción al Señor de los Desiertos en el cerro Monje de San Javier ha perdurado y ha multiplicado a lo largo de un siglo y medio la fe de millares de peregrinos de una amplia región que año a año en la Semana Santa concurren a manifestar su fe en el santuario enclavado en lo alto de la serranía.

En su vertiente oriental, la Sierra Central misionera está conformada por elevaciones menos pronunciadas, como la gran serranía del Itacaruaré, donde se localiza el cerro Monje, que tiene una altura aproximada de 300 metros. En sus bases, y a orillas del río Uruguay, fue fundado en 1629 el pueblo jesuítico de San Francisco Javier. Esta zona fue escenario de la famosa batalla de Mbororé, en la cual las milicias guaraníes, mayormente formadas en Concepción y San Javier, dieron cuenta de los esclavistas bandeirantes que asolaban y destruían los pueblos y llevaban prisioneros a los guaraníes para ser vendidos en Sao Paulo. A partir de entonces (1641), los pueblos jesuíticos iniciaron un progreso sin pausas hasta la expulsión en 1768. Medio siglo después y por diferentes razones, esta región fue prácticamente abandonada y ocupada a partir de 1822 por el gobierno paraguayo, aduciendo derechos conseguidos en 1811. San Javier fue poblada transitoriamente por fuerzas paraguayas que controlaban una ruta comercial paraguayo-brasileña, hasta la guerra de la Triple Alianza, en 1865. Fue justamente en estos tiempos de la presencia paraguaya en Misiones cuando nació la religiosidad en el cerro Monje, en 1853, a partir del “milagro” que un monje italiano experimentó en su cima.

La versión moderna se encuentra muy teñida de mitos, producto de las deformaciones propias de la transmisión oral. Se van incorporando o quitando aportes a lo largo de las generaciones transcurridas. Así, es común escuchar a los peregrinos que un navegante solitario, timoneando una barcaza cargada de metales preciosos, había llegado a los pies del cerro Monje, y escuchando la voz de Dios hundió su barca en el río y se retiró a vivir franciscanamente.

Juan Queirel, un agrimensor correntino designado para delinear y organizar el plan oficial de colonización del Territorio Nacional de Misiones, quien en la década de 1890 inició la planificación de la colonia San Javier, dejó relatos muy ricos en sus escritos. En su obra ‘Misiones’ dedica un capítulo entero a la descripción de los actos de fe en el cerro Monje ,indicando que en 1853 un monje italiano, probablemente franciscano, venido de Rio Grande do Sul, decidió instalar una ermita en el cerro que denominó Monte Palma. Al intentar clavar una cruz sobre el piso basáltico, según su relato, brotó agua de un orificio de unos 40 centímetros de profundidad, lo que fue interpretado por el monje como un verdadero milagro, dadas las características del suelo donde surgió la vertiente. En la actualidad, el hoyo ha multiplicado su tamaño y ha sido construido a su alrededor un pequeño pretil con cemento. Ya no brota agua de las napas y en ocasiones se completa con agua de lluvia interpretada por los creyentes como agua bendita.

Motivado por lo que consideraba un anuncio divino, el monje transformó el lugar en un sitio de peregrinaje, trasladando desde el pueblo de San Luis Gonzaga una imagen del Señor de los Desiertos. Ésta no tiene relación estricta con el hecho que motivó la transformación del cerro en un santuario, sino que probablemente haya sido una de las escasas imágenes disponibles que hubieron sobrevivido al saqueo de los pueblos desde la década de 1810. La imagen representa a Nuestro Señor en actitud de oración, con su cabeza mirando al Cielo y de rodillas. Mide 0,80 de altura por 0,50 de ancho. Sin dudas se trata de una imagen construida por manos artesanales guaraníes en tiempos jesuíticos. Al igual que en los tiempos que relata Queirel, en la Semana Santa se concentran los peregrinos en el lugar y visten la imagen con cintas multicolores.

En el último cuarto del siglo XIX, un grupo de peregrinos dio forma a una sociedad de devotos a la que denominó La Hermandad, que tenía como propósitos principales el mantenimiento del santuario y la administración del dinero, alhajas y otras cosas valiosas donadas por los peregrinos. Esta sociedad construyó una capilla de 30 metros de largo por 15 metros de ancho, de forma rectangular, en el mismo lugar que había sido edificada la ermita por el monje italiano.

Con el tiempo, la creencia de lo milagroso del lugar se extendió a otros espacios del cerro. Así, a una pequeña cascada cercana al oratorio se le adjudicaron propiedades milagrosas y curativas. También, a una pequeña huella sellada sobre la roca se la considera como una impronta del pie del Niño Jesús. La fe también se extendió a la adoración de la cruz que preside la capilla del lugar. Durante mucho tiempo, el 3 de mayo era una fecha de presencia de peregrinos en el lugar. Hoy esa fecha se ha perdido como tiempo de peregrinaje, aunque la devoción a la cruz sigue siendo tan intensa como antes. El cebo derretido de las velas en ocasiones es amasado por los mismos peregrinos y proporcionado a personas enfermas como un bálsamo para su dolor.

La leyenda del monje que asistió al milagro de la brotación del agua ha sobrevivido a los tiempos, a las crisis de fe y de valores, incluso a circunstanciales sectas que pretendieron lucrar con esa antigua devoción. Está basada en una fe fundada en un tipo de poblador con creencias sencillas pero profundas, lo que ha sostenido a lo largo del tiempo este culto que aumenta constantemente sus fervientes devotos.

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