martes 24 de mayo de 2022
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Su mejor amigo

domingo 27 de marzo de 2022 | 6:00hs.
Su mejor amigo

El viejo Pola suele visitar a Karl Schmidt, propietario de las diez hectáreas donde está enclavado mi boliche. Su rancho se encuentra a unos cincuenta metros, a la derecha del mío. De carácter agrio, egoísta, solitario, Schmidt no tiene amigos. Es buen carpintero, y sus cincuenta y cinco años no le han quitado fuerzas ni ánimo para realizar trabajos pesados ni para proyectar cosas estupendas. Asegura haber inventado un aparato para salvarse cuando a uno lo entierran vivo, hecho que, según dice, fue, comunicado a la Universidad de Viena,  su ciudad natal. Posee diez gallinas y tres gatos.

La única visita que recibe es la del viejo Pola. Este es tirolés, de unos setenta años. Camina un poco encorvado, apoyado en un palo de madera dura; su voz, gastada y débil es lastimera; habla mal el castellano y, por suerte, no es conversador; sólo responde con monosílabos. Se lava rara vez creo que por no gastar jabón; sus ropas son mugrientas y llenas de hilachas, y anda siempre con el pescuezo surcado de arrugas negras, como telarañas de cocina. No fuma cigarros ni pipa ni chalas, por no comprar tabaco; fuma solamente hojas de fumo-bravo, planta arborescente que crece como yuyo en el Alto Paraná, de la familia del tabaco, y cuyas hojas, parecidas a las de éste, son fortísimas para fumar. Su plantación se reduce a un poco de maíz para las gallinas, mandioca y porotos. Come sólo mandioca todos los días de la semana, y los domingos se regala con porotos. Es dueño de cincuenta y cuatro hectáreas de buen monte y buen potrero donde pastan diez vacas. Y su casa es un pequeño cuadrado de madera con techo de paja, dividido en tres compartimientos: en uno duerme él, en otro encontré una vez un ternero atado, y el tercero es fogón. El límite de su propiedad está a cien metros a la izquierda de mi boliche.

Viene a él a comprar sal, fósforos y kerosene, pero nunca paga con dinero, sino con leche o huevos. Y cuando va a visitar a Schmidt, de noche siempre, apaga su farol de viento unos veinte metros antes de llegar a la casa de aquél, por no gastar su kerosene en beneficio ajeno. Yo veo la tenue lucecita cuando aparece en el lindero del monte y avanza lentamente por el camino de la ribera, balanceándose con ritmo de tropiezos, cruza frente al boliche y se apaga al llegar a lo de Schmidt. Después, a través del bananal que nos separa, oigo sus voces bajas durante dos horas.

-Es mi mejor amigo -me ha dicho más de una vez Schmidt.

Le creo. Es también el único. Y los dos misántropos se consuelan mutuamente hablando mal de los demás y elaborando grandes proyectos para un futuro lejano, olvidados de la edad que ya tienen.

También el viejo Pola me dice:

-Ese es mi mejor amigo.

Un buen día la voz de los clientes me trae una rara noticia:

-El viejo Pola ha vendido ocho vacas.

El hecho es importante; quiero cerciorarme; le pregunto a su mejor amigo, y éste me miente:

-No sé nada de eso.

Una noche, como muchas otras, la lucecita vacilante que suele aparecer por el lindero izquierdo del bosque, en viaje a lo de Schmidt, dobla hacia el boliche. El viejo Pola viene a hacer compras. Es verdad que no hay más que dos vacas en su potrero; pienso que ahora tiene plata y va a comprarse ropas.

-Cinco de sal, cinco de fósforos y un litro de kerosene.

-Tengo camisas muy baratas...

-No.

Mientras lo despacho, observo la suciedad de sus hilachas; este hombre es un harapo que camina, y tiene plata.

También lo observan las gentes del lugar y me lo dicen:

-Tiene plata el hombre y la guarda; ¡no gasta nada! ¡Siempre come mandioca y, fuma fumo-bravo!

Dos meses después, una madrugada tomo el camino de la ribera para ir a comprar miel a lo del pastor evangelista Borel, que vive junto al arroyito Teyú, y al pasar frente a la casa de Pola sólo veo humo y escombros. Impresionado por el espectáculo, tuerzo el camino y llego hasta el lugar.

Aquello es un colchón de cenizas de todos los tonos, hierros retorcidos y vidrios derretidos. Y en el centro de lo que fue su habitación, descubro las puntas de las costillas del viejo Pola. Soportando difícilmente el calor de las brasas me acerco. Me cuesta convencerme de que es él. Pero sí, es el viejo Pola, cuyas formas apenas se distinguen. Le toco el cráneo, y éste se deshace. Sólo queda la mitad de los fémures, algunos trozos de castillas y las vísceras. El corazón sobresale en punta hacia arriba; lo toco y lo levanto un poco para ver el estado de lo que hay debajo, y siento un fuerte olor a asado. En eso me acuerdo de la policía y hago el movimiento inicial de la huida; pero me detengo, compongo un aspecto de tranquilidad, y regreso al camino de la costa, con paso seguro, no sea que en ese instante me esté espiando o aparezca y me vea allí algún personaje oficial.

Tengo la suerte de que antes del comienzo de las investigaciones policiales, los vecinos y la policía borren con sus pisadas y toqueteos del cadáver toda huella de mis pies y de mis manos.

Por la tarde acudo, como por vez primera, al lugar del hecho. Están, además de cuatro o cinco vecinos, las autoridades de Cantera, centro administrativo de esa gran colonia de Herrera Vegas, a la que pertenece mi región; el juez de paz, el comisario con cuatro soldados-policías, y el médico, que es amigo mío. Llego en el momento en que va a ser practicada la autopsia. Pero parece que en estos casos debe ser llevada a cabo por dos personas, y, según la opinión de las autoridades, el único capaz de destripar a alguien con toda conciencia, después del médico, soy yo.

-Ayúdeme -me pide éste.

Comenzamos a revolver lo poco que queda del pobre viejo. Se trata de averiguar si hay rastros de violencia o heridas de bala o arma blanca. No hay nada, ni indicios de golpes; Pola se quemó tranquilamente.

-Pudo haber sido desmayado o muerto de un garrotazo en la cabeza -me atrevo a sugerir.

El comisario, que es tuerto, se siente inteligente y me mira con ojo suspicaz. Yo, para desorientarlo, lo miro con ojos de pícaro.

Don Karl Schmidt permanece invisible, hasta que la policía lo saca de su cueva para tomarle declaración. Esta diligencia se realiza con todos, en sus domicilios. A mí me visitan cuatro veces en el término de quince días y me hacen las mismas preguntas, cada vez con la oculta certeza de que vava a equivocarme. Pero a la cuarta vez le digo al comisario tuerto:

-Mire, amigo; usted no sabe que tengo una memoria extraordinaria y que jamás olvidaré absolutamente nada de lo que le dije en el primer interrogatorio. Además, piense que por insistir sobre una pista falsa puede perder la verdadera.

Después de esto se va, visiblemente irritado, con gran peligro para mi libertad; y no vuelve a molestarme. En Cantera, le dice a mi amigo médico:

-No puedo demostrarlo, pero es él... Es César Lan.

Y la voz comienza a correr por todas las chacras y los ranchos, con franca aprobación y oculto regocijo de Schmidt.

Dos semanas más tarde; éste me dice que debe ir a la ciudad de Encarnación para cobrar cierto dinero que desde hacía años se le adeudaba, y se va.

Yo, contrariamente a lo que él espera, no doy a nadie tal noticia. Y, de regreso, Schmidt se encarga él mismo, con mucho mal humor, de hablar de su viaje realizado y de su cobro de pesos. Realiza compras de materiales más o menos caros, y comienza a construirse una linda casita de ladrillos y techo de cinc. Un día le digo, mirándolo fijamente:

 -¡Qué lástima que se murió su mejor amigo!

Luego, cada vez que conversamos y hallo la ocasión, le repito la frase: “Era su mejor amigo, no?”.

Al fin me cobra un odio terrible. Y miedo. Lo oculta sonriéndome con la boca solamente, gesto que no domina bien, y me convida con mate, cosa que no acepto, por instinto de conservación.

El crimen del viejo Pola no llega a esclarecerse nunca. El comisario afirma siempre, con voz segura y acento misterioso:

-El único capaz de cometer un crimen tan bien realizado es César Lan.

Pero yo sé que lo ha realizado Schmidt.

El relato es parte del libro Aguas Turbias. Dras publicó Alto Paraná y Apuntes del Alto Paraná (1939); Tras la loca fortuna (1940). Germán Laferrere, su nombre verdadero, residió en la zona San Ignacio varios años.

Germán Dras

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