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África: una oportunidad geopolítica, una bomba de relojería

sábado 26 de marzo de 2022 | 6:00hs.
África: una oportunidad geopolítica,  una bomba de relojería

África es una oportunidad geopolítica, un escenario más en el juego geopolítico mundial que, de súbito, ha atraído la atención de las potencias geopolíticas, pero, también, es una bomba de relojería: Marruecos y Argelia se encuentran en una escalada militar de imprevisibles consecuencias, Libia es un país desangrado y a la deriva, Francia acaba de retirarse de Malí arrastrando a regañadientes a sus acompañantes europeos y el resto del Sahel muestra una alarmante inestabilidad política –en 2021 acontecieron seis golpes de Estado en la región, de los que cuatro de ellos consiguieron derrocar a los gobiernos de Malí, Chad, Guinea y Sudán–. Por si no fuera suficiente, la mayoría de los 1.200 millones de habitantes se encuentran en la más absoluta miseria; la falta de gobernanza es alarmante; las actividades terroristas, cada vez más importantes; y el crecimiento demográfico, un factor de imprevisibles consecuencias.

Los datos actuales y las estimaciones no dejan duda alguna, África es un continente en disputa. En la actualidad, de los 34 conflictos armados existentes en el mundo, 16 se hallan en África, y en 2021 se produjeron seis golpes militares en el Sahel de los que cuatro tuvieron éxito.

Existen dos elementos fundamentales que explican el caos político de la región: la endémica corrupción de la clase política africana y la interesada actuación extranjera en el continente. Quizás, incluso, realmente pueda ser solo una razón, ya que no pocos consideran que la primera de las razones esgrimidas se encuentra subordinada a la segunda, es decir, la corrupción nace, en gran medida, de la actuación extranjera.

No es sencillo llegar a un acuerdo sobre lo que sucedió en Libia tras las revueltas de 2011, como no lo es la lectura en general de lo acontecido en las primaveras árabes, pues el relato varía según los intereses. Pero es innegable que el país norteafricano es, hoy, un país sumido en el caos y el desgobierno. Pero lo ocurrido en Libia tras la caída de Muamar el Gadafi va mucho más allá de los menos de siete millones de habitantes del basto país que ocupa la centralidad del Magreb –entre Egipto al este y Túnez y Argelia al oeste–.

De hecho, Libia se ha convertido en una de las grandes amenazas para África, uno de esos oscuros lugares del planeta en el que el tráfico de armas y personas se ha realiza con total impunidad -cuyo mayor lucro acaba, en muchos casos, en personas no nacidas en el continente–. Por ello, resultó clave en la insurrección armada en el norte de Malí y en el asentamiento de grupos terroristas. De hecho, en Libia opera el Estado Islámico, en el lago Chad, Boko Haram; y en el norte de Malí, Al Qaeda.

África es un desastre económico se mire por donde se mire, pues se trata del continente más pobre del mundo. Baste señalar que tres de los cuatro países con peores índices de Desarrollo Humano se encuentran en el Sahel o que, en el año 2030, el 90 % de la población por debajo del umbral de la pobreza será africana.

Debido a la crisis política, económica y social, las altas tasas de fecundidad de África, las más elevadas del planeta, no son ni mucho menos un motivo de esperanza, sino todo lo contrario. Así pues, por ejemplo, que la tasa de fecundidad se sitúe en Níger en siete hijos por mujer solo añade más sombras al futuro africano. Y es que África es un continente joven, con más de la mitad de la población por debajo de 24 años.

Por tanto, añadir altas tasas de fecundidad a una población joven suponen un cóctel explosivo que aumentará la población africana de manera exponencial en las próximas décadas. Una predicción aterradora, pues resulta impredecible el gran impacto que causará este aumento demográfico en las endebles estructuras políticas, económicas y sociales del continente.

Y si a la crisis política, económica, social y demográfica le agregamos la crisis climática, África amenaza con pasar de ser el continente fallido, esto es un gran desastre humanitario, a convertirse en la mayor catástrofe humanitaria que haya acontecido en toda la historia de la humanidad con unas dimensiones nunca contempladas. Y es que África se está transformando en un gran desierto debido al implacable avance de la desertificación por todo el continente, de tal manera que, por ejemplo, en el último medio siglo, uno de cada seis árboles del Sahel ha desaparecido y el lago Chad ha visto reducida su extensión en un 90 %. Sin embargo, África es uno de los continentes más ricos en reservas minerales del mundo, a lo que hay que añadir una gran riqueza energética, muy variada y relativamente bien distribuida: energía solar en el Sahel, uranio y potencia hidrográfica en el centro continental y energías fósiles en diversos puntos (petróleo en Guinea, carbón en el sur o gas en el norte).

Europa no es el único actor geopolítico, pero dado sus lazos históricos con el continente, sí ha sido desde antaño el más relevante. En primer lugar, porque, con gran probabilidad, se trata del mayor expoliador de la riqueza continental en términos históricos y globales. Y, en segundo lugar, porque si el futuro africano se presenta inquietante, ello repercutirá directamente sobre el Viejo Continente, a diferencia de los otros tres grandes actores geopolíticos que actúan en la región (Estados Unidos, China y Rusia). 

Sin embargo, los datos demuestran que, realmente, las acciones europeas se encaminan más hacia el expolio que hacia el desarrollo continental, con una deficitaria ayuda que realmente no pretende el desarrollo africano, sino el mantenimiento del control geopolítico. El expolio africano, que se ha materializado de múltiples formas, incluso en forma de pago deuda, ha provocado que África sea un continente fallido, de lo que, obviamente, los mayores responsables –y beneficiados en términos económicos– son los países europeos que tanto se enriquecieron en el pasado.

Así pues, de mantenerse las actuaciones geopolíticas tendentes a compensar con ayudas oficiales al desarrollo o rentas por la extracción de las materias primas extraídas, África seguirá siendo un continente mayoritariamente empobrecido y minoritariamente bañado en oro, pues estas actuaciones generan que los flujos que entran en el continente se repartan entre unos pocos y que éstos, en lugar de rendir cuentas ante sus ciudadanos, lo hagan ante sus patronos, los distintos actores geopolíticos. Y lo que más debería preocupar a Europa es que será ésta la que sufrirá las consecuencias de esta actuación con mayor severidad, sobre todo, por su incuestionable proximidad ante una potencial migración de incalculables dimensiones y consecuencias.

Por todo lo expuesto, los europeos deberían ser los primeros interesados en transformar el juego geopolítico extractivo actual en un programa de desarrollo continental real y honesto. De momento, siguen jugando, como el resto de los jugadores geopolíticos, porque África sigue siendo un juego. Un juego con 1.200 millones de personas.

Por Luis Gonzalo Segura
Para Actualidad.rt.com

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