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Casimiro el tuerto

Dicen que vive, dicen que ha muerto, dicen que vuelve Casimiro El Tuerto...

domingo 20 de marzo de 2022 | 6:00hs.
Casimiro el tuerto

 
 

 

E
stas y otras estrofas improvisadas, cantan los niños en las rondas escolares del sur de la provincia, mientras trovadores y bohemios de la noche saben exaltar en los piringundines, por medio de su canto, las históricas y nefastas correrías de quien fue uno de los más temibles bandidos de nuestra región…

Casimiro El Tuerto, famoso salteador de caminos, fue un bandido con todas las de la ley. O, por lo menos, prófugo de la ley. Su historia se desarrolló al sur de la provincia de Misiones y de sus fechorías, quedan las mentas.

Quienes lo conocieron, algunos por tener la mala suerte de haber sido asaltados por él y su banda de forajidos, relatan que el hueco vacío donde alguna vez se alojara el ojo izquierdo daba a su rostro un carácter grotesco y atemorizante y que el hombre se aprovechaba de esta circunstancia para impresionar y amedrentar a sus víctimas.

La pérdida del ojo ocurrió durante su infancia y se debió a un accidente en la escuela, durante algún recreo, mientras jugaba con sus compañeritos con lanzas y flechas construidas con ramas de árboles circundantes. Desde ese momento, un grave complejo de inferioridad y un rencor generalizado lo acompañó por siempre.

Era hijo de un conocido espiritista de la zona que poseía el don de leer en un vaso con agua el pasado, presente y futuro de sus consultantes, y la capacidad de diagnosticar enfermeda-des y dolencias para luego contribuir a su cura por métodos no convencionales, llegando también, en múltiples oportunidades, a expedir recetas de medicamentos que eran aceptadas en las farmacias de los pueblos aledaños como si fuesen firmadas por cualquiera de los médicos del Colegio correspondiente. Nunca cobraba sus servicios en dinero, sino en especies.

De esa manera, gallinas, cerdos, vacas, y también bolsas con distintos productos de la agricultura regional, se iban acumulando en un gran depósito construido para esos fines, con lo que la economía familiar estaba segura por un tiempo prolongado, sin peligro de escases ni de penurias en cuanto a alimentos se refiere.

No obstante sus cualidades cuasi mágicas, nada pudieron hacer el sanador, ni los espíritus, ni los médicos con su ciencia, para salvar el ojo reventado del niño a quien no le quedó otra solución que tapar la oquedad con un piratesco parche negro sujeto con cordeles por detrás de la cabeza, y resignarse a ver al mundo de manera distinta.

La madre de Casimiro, mujer humilde y hacendosa, velaba por la marcha del hogar, con cinco hijos a cuestas. Mujer afable y de buen carácter, tenía también un don que le permitía adivinar el pensamiento de quienes estaban próximos a ella lo que, de alguna manera, representaba un serio problema para la intimidad de las personas. Ella podía adivinar el resentimiento en el corazón de Casimiro y sufría por ello, pero nada fue suficiente para atenuar el rencor que en él se iba potenciando con el correr de los años.

De adolescente, la burla de sus compañeros y el rechazo por parte de una joven a quien declaró su amor, encausó a Casimiro por los caminos del delito como una manera muy particular de vengarse de una sociedad (y de una mujer) que, según él, lo rechazaban por tuerto, “como si ser tuerto hubiese sido una elección voluntaria”, se decía a sí mismo a modo de queja.

A partir de entonces, y habiendo pasado a la clandestinidad de manera intencional, sus andanzas se perpetraron sin medir riesgos ni consecuencias y con una audacia descomunal, y los integrantes de su banda eran reclutados entre personas de mal vivir y de procedencias extrañas. Su accionar se dio siempre en zonas rurales y utilizando muy eficazmente el factor sorpresa, que dejaba a sus víctimas sin capacidad de respuesta.

Perpetrados sus asaltos, su técnica de huida contemplaba un ardid nada sutil que consistía en hacer desnudar a sus víctimas y llevarse sus ropas en la fuga, logrando así que la desnudez de los asaltados obstaculizara de manera superlativa todo intento de persecución y de pedido de auxilio. Algunos resfríos y engripados de sus víctimas tuvieron sus orígenes en emboscadas realizadas en pleno invierno con heladas que endurecían los pastos pintando el paisaje de blanco.

Algunos ex cómplices de la banda que decidieron desertar, aparecieron muertos, mutilados y desnudos, a modo de formal y severa advertencia para aquellos compinches que pudiesen sentir la tentación de abandonar a Casimiro.

Hubo más de un intento por parte de los pobladores de la región, para consagrar santos laicos a alguno de estos malhechores muertos y, sobre los caminos y senderos en que aparecieron algunos de estos cadáveres, aún se levantan pequeñas capillitas en forma de nichos que consagran el terreno como lugar santo. Extraña e inocente actitud de nuestra gente esto de santificar a quien los ha despojado de sus bienes y de sus ropas de manera inmisericorde.

Durante los asaltos, siempre exhibiendo armas de fuego de grueso calibre, Casimiro El Tuerto y su banda se desplazaban a pie, sin contar con vehículos ni cabalgaduras de apoyo en las inmediaciones. No obstante, la desaparición de los malhechores luego de cada ataque era inmediata, esfumándose del lugar como por arte de magia, sin dejar rastros que pudiesen orientar a los agentes de la ley. Todo un misterio que aún no se ha podido resolver. Se dijo en algún momento que, pacto con el diablo mediante, éste les abría las puertas del infierno para que se ocultasen en él.

En su ardua labor, Casimiro El Tuerto logró amasar una considerable fortuna que escondía en algún lugar secreto de las Sierras de San Juan, amparado por la vegetación selvática del lugar. La ubicación de su guarida, buscada incansablemente por las autoridades, fue y seguirá siendo por siempre un absoluto misterio.

Una sola vez fue apresado Casimiro, pero logró fugarse a los pocos minutos de haber ingresado a la comisaría donde se lo alojara, pero algo extraño le ocurrió, pues, malvado, insensible y rudo como era, estando ya seguro en su propio territorio, sintió tan extraña sensación de arrepentimiento por haberse fugado, que regresó a la comisaría para entregarse a las autoridades policiales. Este extraño hecho se atribuye, según pobladores de la región, a una serie de sucesos sobrenaturales ocurridos en la zona y de los que no sería ajeno Gobelino Fritolín Bermejo, un extraño personaje que supo recorrer, junto a su perro, los caminos de Misiones. Su arrepentimiento duró poco, ya que volvió a fugar para no ser aprehendido nunca más.

Lejos de aquellas legendarias figuras universales de supuestos héroes marginales que asaltaban a los ricos para ayudar a los pobres, Casimiro El Tuerto no le hacía asco a ningún tipo de víctima, ricos y pobres, hombres y mujeres, a quienes asaltaba en beneficio propio, siendo que, ambicioso como era, nunca se le ocurrió repartir el botín con nadie más que con los integrantes de su banda. Nunca ayudó a nadie, ni a su propia familia con la que no mantuvo ningún contacto.

Maestros, comerciantes, viajeros, y todo tipo de transeúntes eran emboscados en algún punto vulnerable de los difíciles caminos, y hasta humildes chacareros de la región eran visitados por Casimiro y su gente, en sus propios domicilios, para ser despojados de todo el dinero y objetos de valor que pudiesen tener a mano.

Fue muy recordada la vez que, luego de asaltar un viejo vehículo que circulaba por los polvorientos caminos serranos, dejó en total desnudes a sus ocupantes, una joven y bella maestra que venía a hacerse cargo de una escuelita rural y un cura procedente de la capital provincial, quienes, junto al chofer del rodado, debieron permanecer por algunas horas cubriendo sus pudores con algunas ramas obtenidas de la generosa vegetación circundante. De esa ocasión, se tejieron mil comentarios maliciosos que se referían de manera desproporcionada a ciertas dotes del cura, pero en esta narración no tendremos en cuenta esos detalles por no ser considerados de utilidad para el lector.

Su última acción delictiva fue el asalto a un vehículo de una importante empresa industrial, que transportaba dinero para pagar los sueldos de sus empleados. Las víctimas quedaron desnudas y avergonzadas a la vera del camino. Sin ropas y sin el dinero que les fuera dado transportar.

La desaparición de Casimiro El Tuerto ocurrió de manera sorpresiva. Algunas versiones indican que, cansado de delinquir y de mantenerse prófugo de la justicia, decidió disolver su banda, abandonar la mala vida, y asentarse en alguna ciudad de Brasil, donde habría formado una familia, esta vez sí, con todas las de la ley.

Otra versión, nada descabellada, indica que el maleante fue fusilado por sus propios cómplices por algún vuelto, producto de un botín, que quedó sin repartir.

Que se fue al infierno. Que ascendió a los cielos. Todas conjeturas. Nada se puede probar hasta el momento.

Mientras tanto, no son pocos los testigos que afirman haber visto a Casimiro El Tuerto circulando por la región. Unos lo han visto en carne y huesos; otros lo han visto como singular fantasma que se volatiliza al sentir la proximidad de otras personas.

La duda sobre si Casimiro El Tuerto vive o está muerto, perdurará por mucho tiempo, aunque la particular cosmovisión de los lugareños prefiere que el temible delincuente, futuro santo popular tal vez, reaparezca, pero solamente en forma de fantasma.

Mientras tanto, las coplas se repiten y se multiplican en boca de los juglares lugareños mientras van tomando forma de leyenda, dando al bandido, en su recordación, un carácter histórico y picaresco:

El bandido regresó,

todos saben que no ha muerto,

quítense pronto la ropa

que está Casimiro El Tuerto…

El cuento es parte del libro “Casimiro el tuerto”. Larraburu ha publicado además “A mis amigos… Los duendes”,  “El Monje Negro”, “En los pagos del Oro verde” y “Sobre duendes, mitos y leyendas”, entre otros.
Ilustración: Carlos Nuñes

Luis Ángel Larraburu

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