lunes 23 de mayo de 2022
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¿Limbo o purgatorio?

“El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.” Jorge Luis Borges

domingo 20 de marzo de 2022 | 6:00hs.
¿Limbo o purgatorio?

 

Vivíamos a dos cuadras exactas de mi colegio secundario, el Nacional. Mi madre era profesora de matemáticas, daba clases en dos colegios y arrancábamos a la misma hora; si no recuerdo mal, alrededor de las siete menos diez de la mañana. Yo prefería caminar solo hasta el Nacional, que quedaba a dos cuadras de casa. No quería llegar con mi madre y que nos vieran todos mis compañeros o, peor, todo el colegio; nunca faltaba algún comentario más irónico que simpático y emitido con una perversa media sonrisa. Así que siempre me quedaba dando vueltas en casa y después llegaba tarde y en general algo dormido; madrugar no era lo mío, aunque con los años lo fui aprendiendo a fuerza de hábito, ese árbitro inapelable de nuestras vidas. La jefa de celadoras, una señora grande, de guardapolvo celestito y con apellido de árbol, plantada siempre en la puerta de entrada donde parecía haber echado raíces profundas, me decía a menudo casi en un susurro “¡Mazal, vos siempre en el limbo!”. Una vez se me ocurrió buscar en el diccionario qué corno quería decir limbo. Me di cuenta, después de ampliar mi investigación en una enciclopedia, de que la señora-Árbol en principio no se refería a ese sitio inventado por ciertas religiones al que van a parar los que no hicieron suficientes méritos para ser condenados al purgatorio o al infierno, sino a una expresión coloquial muy usada por esos años: justamente “estar en el limbo”. Que para el vulgo significaba estar desconectado de la realidad que te rodea, navegando en alguna nube hiperlejana.

Después, al salir del colegio, miss Árbol solía encargarme algún mensaje para mamá. Por ejemplo “decile que no se olvide de mandarme ese libro que me prometió”, y yo por supuesto no lo transmitía. O porque de verdad estaba navegando por ahí, o de puro vengativo nomás. Así que al día siguiente la arbórea señora, decepcionada por mi olvido, me recordaba que yo otra vez estaba surfeando sobre las olas de ese limbo del que, según sus dichos, jamás saldría yo, ni a la entrada ni a la salida del colegio, ni a lo largo del resto de mi vida. Casi una maldición gitana. Aunque, reconozco, dicha con cierto cariño. Por esos años, por suerte, descubrí con alegría “Limbo rock”, una canción que había estado de moda tiempo atrás, primero la versión en inglés de Chubby Checker, el rey del twist, y después una en castellano de un tal Enrique Guzmán, que empezaba diciendo “Si tú quieres ser feliz / en el limbo has de vivir”. Es curioso, “Limbo rock” no era un rock… era un calipso. Para bailarlo uno iba arqueando la cintura hacia atrás y doblaba las rodillas mientras avanzaba hacia adelante y trataba de pasar por debajo de una vara que alguien sostenía, y cada vez la vara se iba bajando más, hasta que el intento de pasar por debajo se volvía imposible. Eso era el limbo y brindaba una cierta felicidad, menor pero accesible, claro que fugaz por culpa de esa vara que bajaba implacable hasta vencernos inexorablemente. Al fin de cuentas, me dije, no le estoy errando demasiado, si esto es el limbo seguiré en el limbo, me seducía la idea de continuar en el limbo de todas las maneras posibles, estaba bastante a gusto allí por lo menos mientras el juego duraba, aunque la derrota final estuviera siempre asegurada. Más o menos como les sucede a los jugadores en el casino, o a todos nosotros en nuestras vidas. Pero no por eso dejamos de vivir o de jugar manteniendo ciertas esperanzas.

Después del colegio la vida se fue volviendo más compleja, y la señora-Árbol ya no estuvo a mano para hacerme plantar los pies en la tierra mientras me preguntaba en un susurro por qué lugar del universo andaba navegando yo en cada momento de mi irresponsable existencia. Así que solo con el tiempo me daría cuenta de que de a poco, como suele pasar con las experiencias decisivas de la vida, fui ingresando por momentos a un verdadero purgatorio, sin salir sin embargo de mi querido limbo. Yo no diría que el usuario de una vida estándar, si es que eso existe, oscila entre el infierno y el paraíso, como sostienen exageradamente algunos filósofos y escritores, sino más bien que el ser humano coquetea más del noventa por ciento del tiempo con esos otros dos lugares más humanos y ambiguos: el limbo y el purgatorio. Según Borges, y a mí no me gusta contradecirlo, los conceptos de infierno y paraíso serían más propios de héroes y semidioses, pero son excesivos para criaturas tan diminutas y contingentes como nosotros, los seres humanos. Que no vivimos polarizados entre extremos tan marcados y absolutos: en nuestras vidas, mucho más grises y muchísimo menos trágicas o épicas que las representaciones que las religiones ofrecen de nuestra especie, el paraíso es muy infrecuente y el infierno apenas algo más habitual; limbo y purgatorio en cambio son nuestro pan de cada día. Allí sí que nadamos como peces en el agua, aunque a veces boqueemos desesperados y peguemos desde adentro nuestros rostros al vidrio de la pecera, con ganas de atravesarlo para ir vaya a saber dónde. Como si existiera un lugar mejor.

En relación con el infierno, recuerdo que en esa época leí en algún lado la famosa frase de Jean Paul Sartre: “el infierno son los otros”. Me hubiera gustado saber qué opinaba de ese infierno mi querida señora-Árbol, que tenía tan claro lo del limbo, pero no me animé a preguntárselo, así que al final terminamos charlándolo con mis viejos y mis hermanos. Fue una noche de invierno, después de la cena, con la panza llena y el corazón, por lo tanto, contento, que era cuando se nos daba por filosofar. Hablamos del infierno pero también del paraíso, y lo que recuerdo es que llegamos a la conclusión provisoria y bastante reconfortante de que el amor era el único paraíso en la tierra, aunque no era eterno, y que el infierno eran, efectivamente, los otros, pero no me acuerdo bien porqué. El resultado de la conversación me satisfizo de todas maneras por muchos años. Ni se nos ocurrió pensar que el amor también era siempre con algún otro u otra, como el mismo infierno, y que podía parecérsele en forma demasiado sospechosa, pero eso no lo decía ninguna enciclopedia y había que aprenderlo a los viandazos, sufrirlo en el propio cuero, como se dice por estos pagos.

En cuanto a vivir en el limbo, eso que casi diariamente me reprochaba la señora-Árbol en esos años dorados e inocentes de la adolescencia, sería ese costado de nuestra experiencia estrechamente emparentado con hacerse bien el boludo, lo que en lenguaje menos soez quiere decir abstraerse de cualquier contexto negativo, encerrarse en una burbuja, vivir en un castillito de cristal o una evanescente nube de pedo, hacer que te resbalen los conflictos, mirar hacia otro lado, hacer sapitos sobre el fluir de las exigencias y miserias cotidianas o, por ejemplo, en esos años de colegial pensar solo en tu noviecita a la que por aquellos tiempos apenas le tomabas la mano o algunas otras partes solo un poquito más privadas y ubicadas casi siempre entre el cuello y el esternón. Instalarse en un limbo, en síntesis, es esencialmente dejar que se pudra todo mientras eso no nos lastime o salpique.

Arrastrarse por el purgatorio, en cambio (lo fui aprendiendo más tarde), es más terrenal y trabajoso; tiene que ver con someterse a la culpa, llevarla como una mochila, aceptarla como un hermanito siamés del que no nos podemos despegar y al que le vemos la trucha todo el tiempo, es no hacerle asco al trabajo sucio de ir pagando uno por uno los pecadillos que sí o sí cometemos, incluso es ilusionarse con alguna clase de salvación, individual o colectiva, pero aceptando que siempre tiene sus costos a pagar. Y la señora-Árbol era también representativa de esta otra dimensión purgativa de nuestra vida, no sólo me hacía tener presente mi cuasi permanente condición de esclavo del limbo, sino que en general se encargaba, como jefa de celadoras, de que marcáramos el paso y cumpliéramos cada una de las penas a purgar por nuestros continuos pecados adolescentes. Puro limbo y purgatorio entonces, el colegio era un primer modelo a escala del matizado universo de la vida real al que accedíamos, lleno de grises, y por eso mismo con muy poco de infierno o paraíso. Quizá por eso lo extraño tanto, atravesábamos un tierno adiestramiento. Es que realmente el Colegio Nacional nos entrenó en algo esencial para nuestra fugaz travesía por este planeta, que consiste en algo así como distinguir que no nos pasaremos saltando de la extrema felicidad a la desgracia más terrible, del paraíso al infierno digamos, sino que gran parte de nuestros días se deslizarán en un borde o umbral grisecito y, por lo general, empañado. Justamente limbo quiere decir eso, el borde de algo, la orla o extremo de una vestimenta. El dobladillo, por ejemplo, es un limbo… vivimos en ese dobladillo. Que existe para que el borde no se deshilache, y nos desbarranquemos del limbo a algún abismo que siempre es inhumano. Porque en general, si trastabillamos y nos caemos iremos a dar al infierno: el único borde del limbo es el profundo infierno, el paraíso queda más allá del horizonte, y no llegamos a él por accidente, como sí suele pasar con el infierno.

No por casualidad en la “Divina Comedia” de Dante, el limbo es justamente el primer círculo del infierno, “un lugar neutral, ni bueno ni malo, donde la gente estará eternamente deseando a Dios pero sin poder tenerlo nunca”, decía el Dante en el canto IV. Había allí prados verdes, un castillo, casi un lugar idílico como el locus amoenus de los latinos. No parecía una parte del infierno, todos los sabios de la antigüedad, por ejemplo, estaban ahí: Homero, Horacio, Ovidio, Sócrates, Platón, Aristóteles. El limbo cristiano del Dante era un lugar para inocentes, tanto los niños muertos antes de haber sido bautizados, como aquellos seres ya creciditos que no habían sido santos pero tampoco demonios, digamos: hombres y mujeres justos pero que también morían sin ser bautizados, y por lo tanto cargando con el pecado original, lo que les impedía acceder al cielo. Y que estaban ahí esperando sin muchas ilusiones poder alcanzar alguna clase de salvación, si es que el supremo lo decidía como una verdadera excepción a las normas establecidas. 

Unos treinta y cinco años después de haber egresado del colegio, y de no haber visto nunca más a la señora-Árbol, en el año 2007 una noticia me hizo reflexionar: una Comisión Teológica Internacional acababa de publicar un documento aprobado por el Papa, allá en Roma, por el cual se eliminaba el concepto de limbo para los niños… Ya era hora, el trámite tardó tanto como la despenalización de Galileo, las iglesias suelen medir su modernización en términos de siglos. En lo primero que pensé fue en la señora-Árbol: de estar viva hubiera tenido que cambiar de discurso, me dije. Aunque ella seguro hubiera encontrado otra figura, otra metáfora para retar amablemente a esos numerosos adolescentes casi niños, navegantes de la nada o de lejanísimas nubes, que llegábamos tarde y dormidos a las siete y pico de la mañana y escalábamos penosamente los tres escalones de ingreso al Colegio Nacional como si trepáramos al monte Gólgota.

En todo caso en ese momento, a los cincuenta años, yo ya estaba perdido, así que ese documento del papa no me servía de mucho; ya de niño no me quedaba nada. Además conozco chistes muy soeces sobre tipos que intentan hacerse pasar por niñitos para entrar directo al paraíso. Así que ratifiqué una vez más mi decisión de aceptar para siempre, en la medida de mis fuerzas y cada vez que puedo, el limbo como mi residencia permanente; tan mal no me va. Allí, como los niños muertos sin pecados personales, resido en una región fronteriza del infierno, un privilegiado nivel superior donde no me alcanza el calor del fuego eterno, lo que ya es bastante. A Lucifer, que está allá bien en el fondo, casi no se lo vislumbra desde este lugar, y él no parece muy interesado en jodernos la vida a los limbeños más que lo que la misma vida se encarga de hacer. (Visto a esta distancia desde la que lo observo, a veces me parece que el pobre Lucifer debe vivir gran parte de sus días con saudades del limbo. Creo que allí se manejaría con bastante soltura, al fin de cuentas el tipo es nada más que un ángel caído, y alguna vez habrá pasado por aquí. Allá, en cambio, en lo más profundo del infierno, es paradójico, rige un frío que le congela las lágrimas al diablo. Los extremos siempre se tocan, repetía mi madre.)

Después de todo el paraíso, me digo a veces como consuelo, según Borges es muy infrecuente; el infierno es algo más habitual, y más todavía el purgatorio. Pero habitar en el purgatorio implica sufrir todo el tiempo a cambio de una recompensa que uno nunca sabe si llegará o cuándo llegará, como sucede siempre con las promesas de los políticos en campaña y de los mesías salvadores a los que tantos aguardan con esperanzas al menos ingenuas. La ventaja de residir en el limbo, en cambio, es que uno nunca sabe bien adonde está uno mismo, eso lo comprendía muy bien la señora-Árbol cuando nos aleccionaba: navegar el limbo es estar siempre en otro lado y no en el lugar en el que uno aparentemente está. O, mejor dicho, es estar en un lugar a medias, porque para todo habitante del limbo una mitad nuestra está aquí y ahora, y la otra está muy lejos, así que en el limbo somos siempre dos mitades que están distantes pero a la vez enlazadas, o somos uno escindido para siempre en dos. Como sucede con ese delicioso invento de Freud al que llamó Inconsciente, una especie de profundo ser nuestro del que siempre vivimos más o menos desfasados. O como en el limbo rock, que en realidad -o además- era más bien un calipso que un rock. Y más que baile, ahora lo entiendo mejor, el limbo era una verdadera gimnasia del alma: un agacharse hacia atrás para avanzar hacia adelante, un doblar las rodillas pero no doblegándose sino para avanzar de a pequeños saltitos, sabiendo que al final del camino siempre perderíamos en toda la línea, aunque con cierta hidalguía. Así que cada tanto recuerdo con cariño a la señora-Árbol, y le agradezco haberme instalado tan temprano, y sobre todo a conciencia, en el limbo, como un modesto anticipo de nuestra experiencia diaria de vivir siempre en ese borde, en ese frágil dobladillo al que, como especie, estamos condenados.

Inédito. Mazal es profesor de Teoría Literaria de la Unam. Publicaciones: Mundos-Diálogos-Silencios (poesía), Darwin poeta (novela) y Andrés vuelve (novela)

Osvaldo Mazal

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