martes 09 de agosto de 2022
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Gato

domingo 13 de marzo de 2022 | 6:00hs.
Gato

Hacía poco que me había instalado en este lugar. Tenía 24 años. Mis padres habían comprado la propiedad. Era lo que se llama una chacra. Estaba ubicada a unos 10 Km del centro de Eldorado, Misiones.

 Había estudiado forestación en Toronto Canadá y había vivido los últimos 2 años en Maracaibo (Venezuela). Un lugar muy distinto. Distinto en todos los sentidos.

Como no sabía bien qué hacer con mi vida, mi padre compró la propiedad para ayudarme a dar un comienzo.

En Maracaibo hacía mucho más calor, calor de día y de noche, aquí generalmente refresca de noche. En Maracaibo llueve quizá una sola vez por año. Aquí caen un promedio de 1500 mm. por año y los aguaceros son intensos. Así como repentinamente el cielo se cubre y cae el aguacero, también repentinamente sale el sol resplandeciente que hace centellar todo. El cielo en cuestión de un minuto vuelve a su color celeste intenso. Es como un milagro. No deja de ser milagro por más veces que lo observes.

Los colores también son muy distintos. Allí la tierra es gris a veces tirando a amarillo, siempre seca con arbustos bajos, algunos leñosos, siempre con espinas de distintos largos y tamaños, agrestes y agresivos. Aquí la tierra es colorada oscura, como oxido de hierro, volcánica, se la llama tierra laterítica, que contrasta con una infinidad de verdes de la selva y las plantaciones.

Había llegado a Eldorado empujando el micro que nos llevaba. Había llovido torrencialmente y por fortuna pudimos llegar. Cuando llueve, la tierra colorada se vuelve pastosa y resbaladiza como jabón. La ruta de Posadas a Iguazú era de tierra, como un largo túnel verde serpenteando entre el monte. Los puentes eran de madera construidos un poco por encima del caudal normal de cada río o riacho. Si llovía más de lo normal el torrente pasaba por encima de los puentes y cruzarlos podía llegar a ser peligroso. El trayecto Posadas-Eldorado podía llegar a durar varios días porque había que esperar que bajen las aguas.

El frente de la chacra tenía 250 mm. y su fondo 1000; consistía en una plantación de 20 hectáreas de yerba mate (Ilex paraguariensis) y había unos 5 hectáreas de potrero. También había una casa de madera bien construida, cuadrada, con techo a 4 aguas, con dos lados de anchas verandas una de las cuales estaba protegida con alambre tejido. No por los mosquitos, que había muy pocos, pero por los mbarigüís, unas pequeñas mosquitas que depositan un ácido sobre la piel, que la disuelve permitiéndole al insecto de esa manera llenarse de sangre succionando. A los “polvorines “ no los ataja ni los mosquiteros. Me dí cuenta con el tiempo que los recién llegados a la zona son los más elegidos por estos insectos. Quizá es porque uno se inmuniza con el tiempo. Pero siempre son muy molestos, sobre todo al amanecer y justo antes del atardecer.

La casa, tenía una amplia cocina, un gran living y dos dormitorios. Era de madera, construida sobre una pared de medio metro de altura. Estaba bastante descuidada. Rodeada de un parque amplio con césped, con una mancha de bambús verdes con líneas amarillas de como 20 metros de altura, cuatro o cinco enormes arbustos de azaleas de distintos colores y dos enormes pinos Brasil (Araucaria angustifolia) también de gran altura y un diámetro considerable.

Había un galpón que luego usé como garaje y una casa rústica de madera rectangular con tres grandes cuartos. Allí vivía la familia Argañaraz, que habían sido los caseros de los dueños anteriores.

La chacra había sido adquirida con todo lo adherido y sin ocupantes. Los vendedores tenían serios problemas de entregarla desocupada porque Argañaraz no se quería retirar. No tuve serios problemas con él pero varias veces tuvimos algún intercambio de palabras, nunca me gustó el hombre, ni cómo se comportaba la familia.

 Finalmente parece que llegaron a un acuerdo y Argañaraz y su familia se mudaron. Consiguieron donde vivir en un pequeño pueblito a pocos kilómetros, llamado Roulet.

Como no tenía transporte, y al tener que hacer todas mis compras a pié, decidí comprarme un caballo. Conseguí un lindo zaino y lo llamé Gato. En poco tiempo se acostumbró a mí. Se volvió muy manso. Seguramente porque todos los días recibía su porción de maíz. A menudo le daba un terrón de azúcar que saboreaba con gusto. Me ahorraba muchas horas que pude usar para hacer otras cosas. Se aquerenció bien en el potrero que tenía frente a la casa.

 En Eldorado había muy buenos artesanos, casi todos de origen alemán. El zapatero me hizo una réplica exacta de mis borceguíes del ejército Americano y también me hizo una hermosa montura tipo cowboy.

Entre otras desarmé, con ayuda de un carpintero, la casa que había habitado la familia Argañaraz. Con sorpresa encontré debajo de varias manos de cal, tablones de cedro misionero de una calidad que nunca había visto antes. Era un cedro de color rojo profundo amarronado con un dejo de azul. Seguramente era madera del monte original de esa zona. Por el color y la textura se notaba que eran de árboles centenarios.

 Un carpintero alemán llamado señor Muller me confeccionó de ese cedro y con tiempo, muchos muebles para la casa. Hasta pudo hacer mi primera canoa para pescar en el Paraná.

La chacra había sido comprada con la hoja de ese año sin cosechar. Con esa cosecha prácticamente se pudo recuperar su costo, los precios de la yerba mate eran altos. Con 10 hectáreas de yerba una familia podía vivir con tranquilidad y hasta mandar a un hijo a estudiar a Buenos Aires. Con el sueldo de un día un peón podía comprarse buenas bombachas, una buena camisa y un par de alpargatas.

Yo necesitaba más libertad de acción. Después de la cosecha, decidí viajar a Buenos Aires para comprar un vehículo que me facilitara las cosas. Compré un Jeep Guerrero en buen estado. Lo completé con un acopladito. Cargué un escritorio, sillas, colchón y otras cosas que necesitaba. La ruta estaba asfaltada hasta Vera (Santa Fe), unos 440Kms. El resto era un lodazal pero con la doble tracción del Jeep no tuve problemas. Tardé 4 días en recorrer los 1200 kilómetros a Eldorado.

Al llegar me di cuenta que Gato se comportaba de forma distinta a lo común, estaba muy nervioso e intranquilo. Tenía la mirada esquiva. No venía para el maíz. Ni el azúcar lo atraía. Estaba escurridizo y le molestaba que lo tocara.

 Más o menos a la semana, un día domingo, quería ir a visitar a un colono de origen holandés que vivía por la zona y opté por ir a caballo. Me costó mucho trabajo agarrarlo y ponerle el bozal, esquivaba los tientos y la montura. Me pareció raro, pensé que como no lo había montado un tiempo se habría desacostumbrado.

Me costó mucho montarlo. Estaba solo con él. Logré ponerme en la silla y no bien estuve sentado comenzó a corcovear; me pude mantener en la silla; iba galopando con toda furia dando patadas por la entrada de la chacra peligrosamente cerca de un alambrado de púas. Llegamos a la “picada”, el camino frente a la chacra y enfiló a la izquierda bruscamente casi tocando las hileras de yerba. Con el sacudón del cambio de dirección se aflojó la montura, que comenzaba a deslizarse hacia un costado. Elegí un lugar que me pareció adecuado. Me largué y caí rodando. No me pasó nada.

 Pobre Gato siguió su desenfrenada carrera corcoveando como loco con la montura colgada. Volví a la chacra y con el Jeep comencé a buscarlo. Alguna gente lo había visto y seguí las pistas que me dieron.

Lo encontré a unos 3 kilómetros tirado, enredado en varias líneas de alambre de púas de un potrero. Afortunadamente ya estaba muerto.

A través del tiempo, no mucho tiempo, me enteré de lo sucedido.

 Durante mi estadía en Buenos Aires Argañaraz y dos de sus hijos se habían ocupado de pegarle hondazos al pobre Gato desde sitios opuestos, escondidos en el yerbal.

También lo hicieron en las horas que yo no estaba en la chacra. Al pobre caballo lo volvieron loco con el objeto que sucediera exactamente lo que sucedió con la diferencia que por suerte no me lastimé.

Hasta ahora me pregunto qué es lo que tenía que ver el pobre Gato en todo esto.

 

El relato corresponde a vivencias del autor en la década del 50. Son parte del libro Recuerdos de Misiones, inédito. Klomp tenía propiedades en Eldorado. Falleció en 2019 en Buenos Aires.

Gerardo Klomp

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