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Pavorosa cacería

domingo 06 de marzo de 2022 | 6:00hs.
Pavorosa cacería

¿Trajiste las municiones? —le preguntó Diego a su primo Milton mientras limpiaba los rifles.

—Traje un par de cajas. ¡Carísimo está ahora! —le respondió mientras se frotaba las manos en la fría noche de junio.

Los primos trabajaban en un taller mecánico de la localidad de Apóstoles, Provincia de Misiones. Eran reconocidos preparadores de autos de carrera. Pero su mayor fama posaba indiscutiblemente en la comercialización de un exquisito y exótico plato regional los días domingos: milanesas de carpincho.

La carne se les había terminado. Al menos una vez al mes se internaban por tres o cuatro horas en al campo de su tío Gualberto para cazar al roedor más grande del mundo en los humedales lindantes al arroyo Chimiray. Con suma habilidad lo faenaban y fileteaban para convertirlo posteriormente en un sabroso manjar.

Ese viernes, los dos partieron hasta la chacra de su pariente con el ánimo de obtener al menos 2 presas de buen porte que le suministrara unos 60 kilogramos de carne. Después de recorrer 25 kilómetros por la espesa neblina llegaron a destino. Su tío estaba cenando y los recibió con los brazos abiertos.

—¿Cómo están sobrinos? Eligieron una mala noche para cazar. Coman algo y vayan a dormir. Ni los murciélagos están afuera.

—¡Hey tío! No seas mala onda —le respondió Diego con una sonrisa jocosa—. Nos quedamos sin carne de carpincho para este “finde” y no tuvimos alternativa. La venta de milanesa mueve más que el taller.

—Como habrán visto hay luna nueva. La noche es más intensa. No se alejen tanto de esta chacra y no crucen al bañado del Polaco Kolowski.  Cinco peones se le fueron. Todos dijeron que vieron cosas extrañas cerca del bañado y por miedo decidieron marcharse.

—¿Cosas extrañas tío? —preguntó sorprendido Milton mientras cargaba municiones en el rifle—. ¿Extrañas cómo qué?

—Dicen que vieron en reiteradas oportunidades una mujer caminando por los pajonales, a veces llorando y otras veces riendo a carcajadas.

—¿En serio tío, y por eso se fueron? Frente al taller pasan cientos de mujeres riendo y “ni ahí” que nos pensamos ir.

El dueto de risas de los primos trepidó el comedor, pero su tío continuó el hilo de la conversación con seriedad.

—Los peones eran de la provincia de Corrientes. Allá creen en todas estas cosas de apariciones y le tienen mucho respeto.

—Hace dos años que venimos a cazar a tu chacra tío y nunca vimos nada. Me parece que simplemente habrán inventado esa historia para irse a mejor destino. Bien sabés que el polaco les paga muy poco a su peonada y prácticamente los explota. ¿Y vos que opinas de esas creencias?

—Yo no vi nunca nada, pero como dijo tu difunto abuelo “de que las hay, las hay”. Él solía contarnos estas historias, principalmente cuando se pasaba de copas. Relataba que en ese famoso bañado del campo vecino habitaba una anciana en una choza. Algunos decían que era una vidente y guía espiritual de los guaraníes, otros que era una bruja. Sólo en una oportunidad, cuando éramos adolescentes, pasamos con tu papá a caballo cerca del lugar y pudimos divisar a lo lejos una choza de paja, barro y tacuaras, pero no vimos a la mujer.

—Pero una viejita en el bañado. ¿Qué te puede hacer? —preguntó Milton gesticulando un “montoncito” con la mano derecha— ¡Bueno, basta de chácharas! Y vamos a lo nuestro que ya son casi las 23:00 horas.

Los primos subieron a la camioneta y siguiendo un camino terrado enfilaron para la zona de afluentes del arroyo Chimiray donde los carpinchos frecuentaban por la abundancia de buenas pasturas. Pero no estaban allí. Las intensas heladas registradas las últimas semanas quemaron las hierbas bajas, obligando a las manadas a migrar a otros humedales.

—¿Y ahora primo, para adónde vamos? No están por esta zona.

—Caminemos por el borde del arroyo. La visibilidad es intermitente pero escucharemos los chapoteos y nos amañaremos para cazarlos en esta neblina.

El frío polar los abrazaba y jugaba su partida intentando lograr la deserción de los cazadores que, sin presas a la vista, se alejaban cada vez más de su punto de origen.

—¡Escuchaste! —murmuró en voz baja Diego—. Un grupo de carpinchos se arrojó al agua. Pero no fue en el arroyo, el sonido vino del otro lado.

—¡Sí escuché! Vino del lado del campo de Kolowski. Una vez que crucemos ese alambrado estaremos en su propiedad y sin permiso de cazar.

Decididos, los primos cruzaron la cerca y marcharon agazapados y en silencio. Milton oyó el sonido de los roedores pastando y aprontó su linterna presto a encandilar a sus presas y efectuar los disparos. Diego le hizo seña para que proceda, pero en cuestión de segundos la noche los sorprendería misteriosamente: una espeluznante, aterradora y aguda carcajada estremeció la quietud del bañado.

La manada de carpinchos saltó vertiginosamente al agua provocando un torbellino de alboroto y confusión. Los primos se miraron perplejos e incrédulos

—¿Qué carajo fue esa risotada que los espantó? —preguntó Milton apuntando su rifle en varias direcciones.

—Ni idea, pero nos jodió la caza. Todos los bichos se fueron al agua. ¿Fue una carcajada de mujer cierto? Esto no me gusta nada primo.

—Si, tal vez fue esa vieja loca que nos habló el tío. Volvamos por las dudas, por ahí anda armada y nos termina cazando a nosotros.

Cuando ambos enfilaron el regreso caminando por el campo de Kolowski, la horripilante carcajada los sorprendió por la espalda, sobresaltando sus ánimos y cubriendo sus cuerpos de temor.

—Nos está siguiendo primo y la risotada vino de esos árboles.

Milton apuntó la linterna hacia el cordón vegetal, y en la cúspide de un Palo Rosa de gran diámetro avizoraron a una mujer de contextura delgada, túnica oscura y copiosa cabellera negra, tan exuberante que impedía descubrir su rostro. Entre los escasos follajes, el estruendo de risas que emitió la dama una vez más sumergió en pánico a los primos, quienes sin mediar diálogo y espantados corrieron velozmente, saltaron el alambrado y subieron presurosos a la camioneta para retornar de inmediato a la casa de su tío.

Junto al cálido fuego del hogar a leña, Gualberto escuchó atentamente el relato de sus sobrinos quienes aún portaban grandes caudales de adrenalina. Les propuso volver nuevamente al lugar para tratar de hablar con esa mujer y debelar el misterio que hace años lo intrigaba. Pero no obtuvo quórum

—¡Vos estás re loco tío! Ni que me pagues con 100 carpinchos vuelvo allá —le dijo Milton exaltado, mientras Diego mirándolo desde el sofá, movía la cabeza de lado a lado confirmando su decisión de no regresar.

—Y bueno muchachos… seguiré incrédulo a estas cosas entonces, pero como decía su abuelo y ahora ustedes lo confirman “de que las hay, las hay”.

Inédito. Rodríguez tiene publicado los libros “Cuentos con Esencia Misionera” y Poemas con Esencia Misionera.

Juan Marcelo Rodríguez

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