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¡Llora, monarca de los cielos!

domingo 06 de marzo de 2022 | 6:00hs.
¡Llora, monarca de los cielos!

Seguía estoicamente sentado como en estado cataléptico sobre su único huevo, en el tronco seco que era su hogar. Se encontraba lo bastante alto como para “pispear” atentamente el entorno montaraz con sus ojos amarillentos, ahora semicerrados a manera de hendijas.

Como lo había aprendido de sus antepasados debía camuflarse y convertirse en una prolongación del propio madero. Con el pico apuntando hacia arriba experimentaba el calor tropical, más acentuado cada verano. Los rayos del sol se sentían como fogonazos sobre la tierra.

Taú lamentaba la ausencia de lluvias en esta época estival. Lo había conversado anoche con el pájaro carpintero, a quien encontró horadando el tronco de un árbol ya muerto, que luchaba por mantenerse en pie.

El picamaderos le había comentado lo difícil que se le hacía encontrar agua en la selva ¡Qué cosa tan triste! Para colmo este tesoro líquido tan escaso, había subido su temperatura. Su amigo, el hornero había hecho varios viajes al río para refrescar su hogar y se encontró con una orilla de tibio caudal, casi caliente. Sorprendente cambio que fue detallando a los animales con los que se encontraba en el camino.

Todos coincidían en que tenía que ver con la desaparición de sus amigos ictícolas, sobre todo el pacú, que hace un tiempo mostraba gran preocupación por la falta de alimentos.

Hoy el cielo tenía colores extraños. Las nubes ascendían cenicientas. Mucho calor. Anochecía.

De pronto se acercó Urú para tomar su puesto en el proceso de incubación. El tronco seco era lo suficientemente ancho para albergarlos. Una vez que la hembra ocupó su sitio sobre el huevo, Taú se acomodó a su lado. Se quedaron allí erguidos. El plumaje críptico de la pareja confundido y camuflado con la corteza del tronco elegido.

Urú murmuró:- Otra vez estuvieron los camiones a la vera del camino, llevándose nuestro monte.

Taú abrió sus grandes ojos, la noche se cerraba. De pronto sintió el olor a humo.

- ¡Uyyy, no! Un incendio… y está cerca. Ya se escucha el motor de la camioneta de los guardaparques. ¡¡Pobres!! ¡¡Qué vida sacrificada!!

-Si no fuera por ellos que nos protegen, esto sería un infierno para nosotros.

- ¡Oh! ¡Gran espíritu creador, ayuda a nuestra selva!-  Sollozó Urú.

Prontamente se acomodó sobre su huevo y comenzó su canto desgarrador. Con el pico apuntando hacia arriba, un alarido alto, melancólico, triste, lamentando la destrucción del hogar, de su monte querido y el de todos los animales que ancestralmente viven allí.

Su grito de oboe retumbó entre los árboles abrasados por las llamas. El viento mezclándose con la sirena de los bomberos, alaridos de guardaparques y vecinos de chacras lindantes, intentando mitigar la hoguera que ascendía infinita hacia el cielo.

Entonces Taú remontó un vuelo firme y dinámico, alternando planeos altos y bajos, capturando la mayor cantidad de insectos voladores en una enérgica acrobacia aérea.

De pronto percibió un ardor en su ala izquierda, como una brasa caliente y recordó en segundos, el fogonazo de aquella bala perdida… cuando otrora un cazador furtivo, recorría los montes en la noche con su escopeta y tuvo un épico duelo con los guardianes del parque.

Algo llegó a sus plumas, una brasa quemante le ardía, el viento no ayudaba, comenzaba a doler… el cuerpo y el alma, por la posibilidad de dejar sola a Urú.

Ahora solo escuchaba a lo lejos el canto de su amada “madre de la luna”, mezclado al sonido de ramas secas quebrándose por el fuego y la sirena incesante de los móviles humanos… que tarde se acordaron de que solo deberían  vivir en armonía con la naturaleza y olvidaron que son tan vulnerables como la propia selva.

Cuando Taú llegó a la laguna, ésta estaba casi seca, no llovía hace más de un mes.

Una familia de teyús, que buscaba agua desesperadamente observó una situación inesperada, un urutaú, envuelto en un halo rojo, en vuelo rasante sobre la laguna, mojando sus plumas como si fuera un Martín pescador buscando comida… ¡Qué desquiciada ave! – Pensaron,  mientras Taú humedecía su sórdido plumaje en esa agua tibia, casi caliente, buscando alivio para sus quemadas plumas.

-¡Pobre Urutaú, se ha vuelto loco!- Comentaban los lagartos - Ahora se cree un Martín pescador y ni peces quedan en esta laguna.

Volvió, en un vuelo gomosamente húmedo y acongojado, con algunas polillas, mariposas y larvas en sus fauces, que afortunadamente logró depositar románticamente en la boca de Urú,  mezcladas con el agua de la laguna. Se plantó estático, magnetizado, como en estado vegetativo en el tronco familiar, con la mirada hacia arriba, agradeciendo a Dios que el incendio ya mermaba, se iba extinguiendo, lentamente.

Susurró a Urú: -Sólo por esta vez hemos ganado la batalla… pero, pasaremos a ser leyenda si seguimos así. El materialismo codicioso del hombre no perdona.

Inédito. Mención especial en el concurso literario homenaje a Horacio Quiroga.  Reyes es docente, miembro del Grupo Literario “Buscapalabras” de Puerto Esperanza, Misiones

Andrea Reyes

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