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El poeta que conozco

domingo 06 de marzo de 2022 | 6:00hs.
El poeta  que conozco

Camino por la góndola de artículos de limpieza. Agarro el detergente más barato. Y una esponjita. Empujo mi carrito. Aquí dentro está cálido, afuera llovizna y hace frío. Sigo hacia el sector panificados. Pregunto por el reviro. Me dice la chica que ya no queda. Que sale a la mañana temprano y ya para el mediodía suele agotarse. Avanzo hasta la góndola de vinos. Ahí me cruzo con él, el poeta que conozco. El poeta, absorto, recorre con su mirada, una a una, las relucientes botellas. Tiene un cordón desatado y los anteojos de siempre. Me invaden, súbitas, sus palabras, me salpica su poesía, desordenada, hecha jirones, encandila, cae, gira, ancla, vuela.

 (Cuántos centímetros de tristeza caben en un metro de aburrimiento a cuanto se cotiza una lágrima verde en el mercado; los días grises cuando una delgada capa de nieve borra la música de los diccionarios. Pareciera que ya es tarde hasta para atardecer)

El poeta que conozco carga en su changuito dos botellas de un malbec que desconozco. Sigue, lo veo perderse entre la clientela. Miro la lista que escribí con birome esta tarde. Dentífrico, papel higiénico, yerba, arroz. Otras cosas. Avanzo.

(Probablemente sea lo correcto sea la hora, de poner los pies sobre la tierra. Naturalmente con cuidado/ tomando las debidas precauciones / No es cuestión de enterrarse hasta la rodilla y quedar ahí, sin poder moverse, soportando que las nuevas generaciones te confundan con una planta exótica o con un monumento del pasado)

“Jorge Gutiérrez, se requiere su presencia en caja 6” dice una voz a través del altoparlante. Estoy en lácteos. Le pregunto al repositor cuál es la oferta de queso cremoso. La Paulina, a 135 el kilo, me indica. La llamarada de poesía del poeta que conozco sigue ardiendo sienes adentro.

(Podríamos inventar un mundo nuevo, fumarnos un cigarrillo o ir de compras a algún supermercado. Construir una sonrisa dentro de una botella oscura o un naufragio dentro de un guante de terciopelo. Podríamos tomarnos una cerveza, subir a mirar los edificios desde una terraza, bajar a ver los delfines al estanque, medir la distancia que hay entre la sombra de un pensamiento y la velocidad del horizonte.

/o dejarnos atropellar salvajemente por uno de esos ciervos que aparecen siempre en los cuadros de paisajes montañosos/)

Veo la gente agolparse en torno a la comida humeante del sector rotisería, que acaban de reponer. Un hombre de pie ante la heladera de los pescados, observa los precios con gesto adusto y menea la cabeza negativamente. Finalmente elige una bandeja de mejillones. Ya terminé mi lista.

(Es extraño que estando seguro de ser yo mismo siempre haya otro apareciendo en mis retratos. Haciendo oír su voz en mis conversaciones, juicios y raciocinios. Su voz me dice:

Todos tus programas están cancelados, bailarín de la medianoche, y tu colección de trajes será donada al Museo Etnográfico y en un abrir y cerrar de ojos, hasta las sílabas te darán la espalda)

Voy entonces hacia la caja, aturdido en la poesía del poeta que conozco, a quien vuelvo a cruzar en la fila que hacemos esperando pagar eso que compramos. Estrechamos las manos. Un cómo estás. Un bien y vos. Observo su carrito. Dos botellas de vino, un poco de carne, algunos tomates. Su cordón sigue desatado. “Adelante” dice la cajera. El poeta avanza. Paga y se va. Yo hago lo propio.

(Si el mar se quedara callado seguro no podríamos dejar de hablar y hablar enunciar discursos interminables poemas cardúmenes de peces palabras/ si el mar se quedara callado quemaríamos las noches buscando su voz entre la arena de la playa sus enigmas en los sótanos de los restaurantes sus barcos perdidos en la memoria)

Salgo del supermercado. Cargo mis bolsas. Llovizna. Cuánto frío que hace. Llego a casa. Yo también tengo una botella. Dejo las bolsas en la mesa. El abrigo en la silla. Y la poesía en el aire.

Alvez nació en Posadas. Es periodista y escritor. Publicaciones: Urú y otros relatos, libro de cuentos. Y Descubiertero.

Sergio Alvez

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