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El ingenio San Juan

domingo 27 de febrero de 2022 | 6:00hs.
El ingenio San Juan

Varios días estuvimos recorriendo Santa Ana y sus alrededores, siempre instalados en casa de Fernández en el puerto, a la que volvíamos invariablemente todas las noches rendidos del trajín diario, pero contentos, con abundancia de datos y colecciones.

En esas vueltas, ya oscuro, podíamos admirar el espectáculo fantástico que nos proporcionaban las innumerables luciérnagas, que paseaban entre las sombras del monte sus diminutas luces brillantes.

Varias eran las especies causantes de estos fosfenos animados, pero en su casi totalidad los tucu-tucu (Pirophorus esp.) no faltando entre ellos algunos preciosos Isondú que con sus luces bicolores colocaban, entre todas, las suyas inimitables.

El Doctor Holmberg clasificó estos curiosos insectos de joyas animadas, y no de otro modo puede expresarse mejor la exquisita belleza que presentan al despedir sus efluvios luminosos.

Transcribo la descripción que de él ha dado:

«Imagínese el lector una larva, del tamaño más o menos de un gusano de seda que ha llegado a la mitad de su desarrollo, con la cabeza roja como un rubí y luminosa, y el resto del cuerpo con veintidós puntos, o más bien once pares, uno por cada anillo, de chispas de luz de luna, como la de las luciérnagas, brillando en la oscuridad y emitiendo su resplandor».

¡Cuántas sorpresas de inimitable gusto exquisito presenta a cada paso aquella naturaleza maravillosa!

Entre las diversas excursiones que llevamos a cabo, visitamos una de las mejores quintas de Santa Ana, perteneciente a un antiguo poblador de allí, el señor Félix Dufour, francés.

Esta ha sido plantada en terreno de bosque, rozado y quemado previamente, de modo que la vegetación se presenta allí de un modo exuberante y soberbio.

El señor Dufour tiene más de 500 pies de viña, ya frutales, y otros 1000 pies plantados recientemente; a poco de estar allí, fuimos obsequiados con vino cosechado por él, un vinito blanco bastante agradable, con gusto pronunciado a uva.

Si el vino no era mejor se debía a su fabricación primitiva, hecha en condiciones poco favorables, sin las comodidades que requiere, y más bien como ensayo, a fin de proporcionar a su dueño una bebida sana y pura, evitándole el tomar otras que, antes de llegar a esas alturas, han pasado por todas las oficinas químicas no oficiales, pero que abundan detrás de los mostradores.

Un gran problema se presenta con este hecho: ¿conviene o no la plantación de viñas en Misiones?

Como futura fuente de riqueza industrial, es decir para la fabricación de vinos, creo que no.

Esta es una opinión personal que ardientemente desearía ver destruida y esperemos que lo sea, una vez que nuevos ensayos prueben lo contrario.

El gran secreto, para mí, está en dar con la variedad apropiada a aquel clima y me parece que una de las condiciones esenciales de la uva debe ser el tener los granos sueltos y no apretados; lo que le permitirá tomar abundante sol y airearse bien, por cuanto no siendo así, las continuas lluvias de aquel clima húmedo depositarán, junto con los rocíos, una cierta cantidad de agua en los racimos que forzosamente los hará pudrir; esto es fuera del moho, telas de araña, etc., que se depositarán sobre los granos, perjudicándolos también.

Otra cosa importante respecto al cultivo de la viña es el abandonar por completo en Misiones el sistema antiguo de parrales, por las mismas razones; pues el sol y la aireación convenientes sólo pueden conseguirse en espalderas, como se hace en los viñedos de otras partes, y que allí es fácil de conseguir y hacer, abundando tanto la madera y los innumerables isipós y lianas que reemplazarán ventajosamente al alambre.

Igualmente creo que para obtener buen producto, las plantaciones deben hacerse lo más lejos posible de las costas, en donde haya menos humedad y menos insectos dañinos que puedan atacarlas y siempre en terreno de monte que habrá que rozar, empleándose para esto el sistema paraguayo, cuyas ventajas he explicado ya en el capítulo II al hablar de la yerba.

Además de la plantación de viñas, el señor Dufour poseía otra considerable de mandioca, de la variedad llamada carapé (baja).

Según los datos que he recogido, esta clase es la que mejor resultado da en Misiones, a causa del poco desarrollo de su ramazón en beneficio del crecimiento de sus raíces o mandiocas, que son muy ricas en almidón, y por ser además poco delicada.

La mandioca cultivada en gran escala puede llegar a ser una gran fuente de recursos para Misiones.

Dos productos importantes se extraen de la mandioca: el almidón y la fariña.

La fabricación de ambos es muy fácil y requiere poco costo, prestándose muy bien a ser extraídos, ya sea en vasta como en pequeña escala, proporcionando de este modo a las clases que no pueden disponer de grandes capitales, la oportunidad de dedicarse a estas industrias con los pocos medios que tienen.

La extracción del almidón se efectúa por el sistema paraguayo, genuino de aquella región y muy primitivo, que es el siguiente:

Por el mes de junio, más o menos, se reúnen para este trabajo el mayor número posible de mujeres u hombres, y mientras unos acarrean la mandioca del mandiocal o plantaciones, otros, rodeando la pila que se va formando, armados de cuchillos o machetes, proceden a pelarla.

La mandioca pelada, es decir, desprovista de cáscara, es pasada a un rallador, también primitivo, en donde es completamente reducida a una especie de aserrín; este es luego transportado y colocado en unas grandes bateas, que tienen una cantidad de agua.

Allí se deja poco tiempo y luego se procede a la extracción del almidón, que disolviéndose en el agua se precipita después en el fondo de la batea.

Las mujeres para esto, toman porciones de la masa de ralladura de mandioca y van apretándola entre las manos a fin de que salga todo el almidón posible y formando bolos, que son después colocados al aire libre para que se sequen.

A estos bolos dan el nombre de Tipúyratyj, guardándolos para comerlos después; mucho tiempo se conservan de esta manera y contienen, a pesar de lo que se les ha extraído, una parte de almidón no despreciable y otras substancias alimenticias que hacen de ellos un gran recurso para la gente pobre.

Luego de que el almidón se ha asentado en el fondo de las bateas, sacan el agua y lo extraen en trozos de tamaño variable que exponen al sol sobre lienzos blancos para que se seque y pueda guardarse.

El almidón así obtenido lo emplean como harina para amasar y hacer los célebres y famosos chipás, que son unos pequeños panes muy nutritivos y agradables.

La fariña se fabrica al principio del mismo modo, pero en general no se le extrae el almidón; y el todo, después de aprensado para que largue la mayor cantidad posible del agua que contiene, se extiende sobre una fuente de hierro que se halla sobre el fuego, en donde se concluye de secarla removiéndola constantemente.

Este es el procedimiento empleado en las casas particulares; la fabricación en gran escala la he descripto en mi viaje anterior.

La mandioca es la planta providencial por excelencia de los climas tropicales. Como alimento es rico en materias de combustión; y dada la facilidad de plantarse, para lo que no se requiere sino conservar las ramas de la misma, que se cortan en trozos, y colocadas en líneas a distancia conveniente, puede llamarse con justa razón el pan del pobre y del rico, en aquellas zonas.

La mandioca fresca, no siendo de la especie venenosa, es muy agradable comiéndola hervida, asada, frita, etc., y tiene un gran número de aplicaciones en la cocina misionera, paraguaya y brasilera.

Los indios del Brasil fabrican el cazave o pan de tierra, como lo llaman generalmente, con la especie venenosa, a la cual en un aparato especial de tacuaras, en forma de bolsa que puede comprimir la masa de su interior, extraen por medio del agua toda la substancia venenosa, que no es sino el ácido cianhídrico que esta planta posee en abundancia.

Las especies no venenosas también contienen una cantidad pequeña, que se pierde por el cocimiento, descomponiéndose seguramente por el calor; estas, cuando se comen crudas, hacen siempre mal.

Por demás conocidos son los efectos y los estragos que produjeron entre la gente de Stanley en su última expedición a África, las mandiocas que comían crudas los negros y los zanzibareses que llevaba, impelidos por el hambre, pero, sobre todo, por su intemperancia y voracidad.

Los paraguayos tienen otro sistema de conservar la mandioca por mucho tiempo, y para esto después de pelarla bien y rajarla en sentido longitudinal, la hacen secar colocando las mandiocas a caballo sobre cuerdas.

A la mandioca así preparada le dan el nombre de Popy y dura todo el tiempo que se quiera; para comerla, necesitan hacerla hervir mucho; no la he probado aún, pero me aseguran que es muy agradable.

Como puede verse por todos estos datos, la mandioca es una de las plantas más útiles de aquellas regiones, y es de desear que su cultivo tome grandes proporciones y que la industria razonada plante sus reales allí y sepa sacar de ella provecho pingüe.

En la quinta del Señor Dufour pudimos también admirar una bella colección de árboles frutales, entre los que descollaban por su hermosura una cantidad de corpulentas higueras y unos naranjos colosales, cuyos deliciosos azahares embalsamaban el ambiente.

Los bananos allí crecían con vigor, el tabaco se desarrollaba con un vicio soberbio, tomando proporciones fantásticas por su altura y el ancho de sus hojas, y como complemento a este bello cuadro del fruto del trabajo honrado y progresista, por todas partes, en macizos o colocadas con gusto, miles de flores que su dueño cultiva con amor en sus ratos de ocio.

Toda una mañana pasamos entre aquel edén artificial; todo lo vimos, recorriendo las plantaciones metódicamente, avaros de perder un solo detalle de aquel conjunto de fecunda enseñanza, que nos revelaba bien claro cuánto puede dar y producir ese suelo prodigioso de Misiones con un poco de trabajo, contracción y dirección inteligente.

Mientras nosotros visitábamos la quinta, su dueño mandó cortar unas plantas de hojas alargadas que llaman allí pindó del campo, y las hizo dar a nuestros caballos. Cuando terminamos, habían concluido con el enorme montón depositado delante de ellos, y dirigían sus miradas ávidas a otras plantas cercanas.

Aquellos fue una golosina para ellos, porque la noche anterior habían sido bien racionados y comieron hasta hartarse.

El Señor Dufour me aseguró entonces que el pindó del campo era uno de los forrajes más apetecido por los caballos, mulas y bueyes, y que en vista de eso, se había dedicado a su cultivo teniéndolo siempre en abundancia, para el consumo de sus animales.

En Misiones se emplean muchas otras plantas para forrajes y, entre ellas, se usan las hojas de palmera y el tacuarembó.

Este último ha empezado a ser un ramo de pequeño comercio en la ciudad de Posadas, a donde lo llevan en canoas algunos que van a buscarlos a los montes del Alto Paraná, cercanos a dicha ciudad.

La hoja del tacuarembó precipita el engorde en los animales yeguarizos y mulares, que son ávidos por ella.

En los montes, cuando las tropas se hallan en marcha por las estrechas picadas que los atraviesan, las mulas casi no comen otra cosa; y los troperos después de acampar, armados de sus filosos machetes, la emprenden contra las matas enmarañadas de tacuarembó, y vuelven con inmensa carga de tallos al lugar donde se hallan los animales, los que en la noche se regalan con las hojas lanceoladas que en graciosos penachos los adornan.

De Santa Ana resolvimos ir a visitar el ingenio San Juan, del que ya he hablado al principio del capítulo anterior.

El trayecto recorrido es igual a los descriptos anteriormente: pequeñas picadas en las restingas de monte, retazos de campo, ondulados siempre, con el suelo cubierto de flores, en donde variábamos nuestro modo de andar, lanzando los caballos al galope, deseosos de cambiar el fastidioso trote que se obliga al marchar entre el monte.

Luego vadeamos los arroyos grandes y pequeños, con su consabido lecho de negra y dura piedra, cuyas frescas aguas nos hacían demorar un instante para beber unos tragos, y después, otra vez montes y otra vez campos, algunos cubiertos de altas yerbas que nos rozaban la cintura, hasta llegar a las primeras plantaciones de caña de azúcar, entre las que pronto encontramos los rieles del ferrocarril del ingenio, que seguimos para abreviar camino.

Por el lado de la vía marchábamos sin dejar de admirar el extenso cañaveral, que se perdía de vista en todas direcciones; las plantas estaban lozanas y tenían ya una altura respetable, gracias al cuidado y carpido que se notaba y el que seguramente debía dar mucho trabajo en aquel suelo, que en otro tiempo, ocupado por el monte y rozado para poder hacer las plantaciones, tenía en su seno mil y una semillas que pujaban por completar su desarrollo y recobrar el antiguo dominio de sus productores.

La plantación de caña ocupa una extensión de 200 hectáreas, y está cruzada en gran parte por la vía del ferrocarril, que recorre un trayecto de ocho kilómetros, con una trocha de 0,80 cm de ancho y que para mayor facilidad en los transportes, es en algunos puntos fija y en otros, portátil.

Eran como las once de la mañana cuando entramos en el cañaveral, ya esa hora, el sol de los últimos días de febrero se hacía sentir de un modo insólito, y si no hubiera sido por una suave brisa que venía de la cercana costa del Paraná, y que producía una música original al hacer repiquetear las hojas de las cañas, cuyo movimiento cuando se abarcaba el conjunto le daba el aspecto de un curioso mar verde agitado, nos hubiera fastidiado más de lo necesario, a pesar de estar muy acostumbrados a recibir sus caricias de fuego

Al fin llegamos al ingenio, preciosa construcción de ladrillos, muy sólida, que se eleva cerca de la costa del río, coronada por su alta chimenea también de material cocido.

Alrededor del ingenio, por todo se hallan esparcidos los ranchos de los trabajadores, y a un lado como formando un barrio especial, agrupadas, se encuentran las chozas de los indios tobas y matacos, que desde hace tiempo viven allí.

En la administración fuimos recibidos por el señor José Vieira, gerente del ingenio, el que, como ya he dicho, pertenece a una compañía anónima francesa.

El señor Vieira nos acompañó personalmente, y visitamos el interior del ingenio, que estaba preparándose para emprender en julio la zafra. De manera que muchos de los aparatos y maquinarias se hallaban desmontados en ese momento, mientras se procedía a su limpieza.

Los aparatos son de la fábrica Cail y con ellos elaboran en cada zafra unas 50.000 arrobas de azúcar de 10 kilos cada una, extrayéndose además unos 40.000 litros de alcohol de los residuos.

Para elaborar toda esta producción, el ingenio emplea término medio un personal de 300 personas, y la caña es transportada del cañaveral a los trapiches por el ferrocarril, que posee un tren rodante de 40 vagones.

Como es natural, hay en el ingenio talleres de carpintería, herrería, etc., tan necesarios para su buena marcha.

El sistema de extracción del azúcar es el de trapiches, es decir, por compresión.

Total, un centro civilizado en medio de la selva virgen y a orillas del casi solitario Alto Paraná, en cuyas turbulentas aguas se refleja como grata promesa del porvenir, la larga chimenea, que cual faro de civilización, se yergue destacando su silueta clara, del fondo oscuro de la selva impenetrable y salvaje que le sirve de marco.

La propiedad del ingenio abarca unas tres leguas con un frente de diez kilómetros sobre el río Alto Paraná. En toda esta área casi no hay campos limpios naturales, ocupándola por el contrario bosques impenetrables que poco a poco se van rozando al aumentar la plantación con nuevos cañaverales.

Después de almorzar en casa del señor Vieira, quien nos ofreció galantemente su mesa, fuimos a visitar a los indios con el objeto de sacar unas fotografías de ellos.

Los indios de ese ingenio pertenecen a las grandes naciones tobas y matacos del Chaco, y fueron transportados desde allí, después de tomarlos prisioneros en varias expediciones militares. Ya pocos existen porque en su mayor parte, por una u otra causa, se han marchado y conchabado en diversas chacras.

No por estar en el ingenio han perdido parte de sus costumbres e industrias, y fieles a sus tradiciones, continúan viviendo en chozas, como en el Chaco, y fabricando objetos de chaguar y de alfarería con las mismas formas características que les son peculiares.

No pudimos resistir a la tentación coleccionista y les compramos algunos objetos interesantes, que se hallan en las colecciones del Instituto.

Satisfechos de nuestra visita, nos despedimos del señor Vieira y volvimos a Santa Ana para dirigirnos luego a San Ignacio.

Del libro Tercer viaje a Misiones 1896. Ambrosetti fue uno de los primeros en recorrer esta región y dejar testimonio de lo que vio, escuchó y pudo experimentar. Autor de innumerables trabajos, folklorólogo, historiador, etnólogo, dedicado a la arqueología y antropología del Alto Paraná.

Juan Bautista Ambrosetti

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