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Hormiga negra y su campera inflable

domingo 20 de febrero de 2022 | 6:00hs.
Hormiga negra y su campera inflable

Esto ocurrió en una finca cercana a la naciente ciudad de San Vicente, en los años setenta, cuando aún no había servicio eléctrico y el asfalto se esbozaba en terraplenes, despejes y estacas blancas, que el fin de semana la gurisada se entretenía cambiando los jalones de lugares, para rabieta de topógrafos, capataces e ingenieros.

En una clásica chacra con producción de té y yerba ocurría inexorablemente la época de la Tarefa. Esa particular forma de trabajo, con muy especiales trabajadores llamados tareferos, los había casi ancianos, casi niños, hombres y mujeres. Era habitual que los tareferos vinieran por la mañana junto al mismo camión que trasladaría la yerba y volviesen con ellos al centro urbano, donde en la mayoría de los casos vivían en zonas periféricas.

Hormiga era un joven casi adolescente, sufrido, trabajador por escasos pesos en changas rurales y que como otros hallaban en la tarefa una oportunidad para mejorar su vida. Solo se lo conocía por su apodo, nadie sabía su nombre, el propio encargado anotaba su rendimiento como Hormiga.

A diferencia de otros tareferos, pidió permiso para albergarse en una esquina del galpón del patrón. Un sábado a la mañana solicitó un pequeño adelanto para comprarse un poco de mortadela, pan y un jabón 33. A la tardecita pasó a agradecer el gesto de la familia, alegre por haber podido lavar su ropa y bañarse en la laguna, peinado y con el ácido perfume del jabón común…

La dueña de casa le invitó un pan dulce con dulce de leche y una jarra de leche. Hormiga indagó inquieto preguntando ¿qué era dulce leche?, y aunque ya pisaba los veinte años, no recuerda haberlo comido, vida sufrida y hundida en la pobreza, de la que estaba decidido a salir por el camino del esfuerzo y del trabajo, por suerte era fuerte y sano para ello.

Cada cual tenía un proyecto con el fruto del trabajo en la tarefa, este una radio, aquel otro una cama con colchón para dormir como la gente, el otro tomarse toda la cerveza que le cupiera y luego vuelta a empezar, había quienes aspiraban a una heladera, un lavarropas, un ventilador.

Jorgito, un mozo de piel cobriza y cuidados bigotes y su novia trabajaban duro para casarse.

Hormiga, mascullaba en silencio su propia ambición. Como hormigas los tareferos iban cortando la yerba, bajo la severa mirada del encargado o capataz. Pasaban con los raídos por las balanzas y confiaban ciegamente en las anotaciones del encargado, pues muchos no sabían leer, pero si calcular el peso por la fuerza que hacían al cargarlos sobre sus espaldas.

Así pasaron los días con lluvia, frío, soleado, como es en Misiones el clima. Las noches cargadas de estrellas y la luna que alumbrando como de día, invitaba a soñar, en la esquina del galpón Hormiga soñaba con una vida mejor.

Tres niñas con cabellos robados al sol, desde el cerco de la casa miraban cada atardecer los movimientos de Hormiga.

La tarefa llegó a su fin, como todo ciclo. El clima de Misiones con sus rarezas en que a veces es verano en invierno e invierno en verano, ese día de invierno el clima era tremendamente caluroso y por el camino que llevaba a la casa del patrón se vio un azul fluorescente reflejar los rayos de sol en la campera inflable que lucía Hormiga con orgullo, el calor no iba soslayar su sueño de lucirla, pues esa era su ambición. Para salir a pasear, para ir al baile.

La vida y sus piruetas discurre como el tiempo. De Hormiga queda el recuerdo como aquel tarefero que quiso ser mejor, de la finca retazos de antaño teñidos acá y allá por el progreso, como un misterioso damero.

 

Sartori es docente y periodista. Reside en San Vicente. Publicó ocho libros personales y participó en veinte antologías

Diego Luján Sartori

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