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El reportaje

domingo 20 de febrero de 2022 | 6:00hs.
El reportaje

C
orre el año 1.932, en nuestra varias veces fundada ciudad capital - con nombres distintos - el último de ellos puesto con aviesas intenciones: “Ciudad de POSADAS, de la Provincia de Misiones”, por los componentes del gobierno correntino que enterados de lo que ocurriría enviaron catorce familias correntinas que arribaron al lugar en grandes carretas, allá por el año 1.877.  Se instalaron al borde del ejido urbano del pueblo denominado “Trincheras”,  un lustro después decidieron brindar su mejor homenaje, a la persona del Director Supremo, que ordenara la “anexión de Misiones a la entonces recién creada Provincia de Corrientes”, como un enorme castigo por la  participación que habían tenido los nativos de estas tierras, al unirse en el año 1.811 a  La Liga de los Pueblos Libres, creada por su gobernador don José Gervasio Artigas. Los centralistas porteños no les permitieron formar parte de la Junta Grande.  Tampoco los dejaron ser parte de la Asamblea del Año XIII, rechazaron la presencia de sus delegados electos y finalmente, debido a la decisión tomada  en aquel Congreso de Arroyo de la China (hoy Concepción del Uruguay – Entre Ríos)  a fines del año 1.814, donde los  electos delegados, de unos trescientos pueblos, (elegidos por los vecinos  democráticamente),  esos pueblos  conformaban tal unión,    tuvieron la valentía de declarar la Independencia (por vez primera) en las Provincias Unidas del Sur.

Esto ocurrió un tiempo antes, que se desarrollara el Congreso de Tucumán de 1816, organizado por Buenos Aires y los trece ranchos.

  Ese vituperado acto de insolencia y atrevimiento; fue para el Gobierno Central de las Provincias Unidas, una verdadera provocación, por ello aquel accionar que le produjo otro desagrado enorme, tanto que al tomar conocimiento del hecho, puso precio a la cabeza del Gobernador de Misiones, don José Gervasio Artigas, valiente líder Oriental,  y… A los delegados indígenas que tuvieron la desfachatez de presentarse a comunicarle el resultado de sus decisiones, sin consulta previa, los arrojaron a los calabozos dentro de un pontón surto en el Puerto de Buenos Aires.

  Así lo poco que restaba del antiguo y brillante esplendor de las Reducciones de los pueblos creados por los Jesuitas, sufrió un nuevo embate provocado por la envidia de aquellos compatriotas poco escrupulosos…

  A la vera de uno de esos antiguos pueblos construidos por religiosos y guerreros, años más tarde, se instaló otro uruguayo que,  poseía mucha fama como escritor y era un destacado y genial cuentista…

Los estudiantes responsables de publicar  el órgano oficial del Centro de Estudiantes de la Escuela Normal de la ciudad de Posadas, Misiones, la revista que desde su primer número fue bautizado con  el  título de: “Magister”; estaban reunidos para decidir cual sería el artículo  de fondo, con el que pretendían lucirse, en ese año, dando un toque de efecto que sería el  resumen, corolario de todas sus actividades anuales.

Los alumnos discutieron con gran fervor, como saben hacerlo los jóvenes cuando defienden sus particulares puntos de vista. Concluyeron  acordando, quien sería  idóneo,  avispado, capaz de viajar hasta aquella localidad y realizar la entrevista al afamado escritor: Horacio Quiroga

  Un fuerte y cerrado aplauso coronó la elección del grupo. Según la opinión de los presentes, la señora fortuna favoreció a Lucas, quien debería encarar todos los trámites pertinentes para cumplir su preciado cometido.

Había un solo problema a superar;  la localidad de San Ignacio, lugar elegido como residencia, por el cuentista uruguayo, quedaba a más de 60  kilómetros de distancia y   … ¡No había caminos! Se debía viajar en el buque de la carrera, realizar la entrevista, pernoctar en aquel lejano lugar y de ser posible retornar al día siguiente.

Eso significaba que el viajero, tendría que contar con la autorización necesaria y pertinente para viajar solo; contar con el dinero necesario para afrontar los gastos de la expedición, que incluían el pasaje, hospedaje, comidas; y retornar en algún barco de cargas o bien en alguna jangada que viajara aguas abajo.                                                                                       ¡Todos los problemas fueron superados antes de la fecha de salida!

El día de la partida, el viejo barco a paletas salió del Puerto de Posadas, portando  a un orgulloso jovenzuelo, lleno de ilusiones y esperanzas, que realizaba en su  mente, mil y una conjeturas, acerca de la forma en que podría desarrollar aquella entrevista que le significaría un enorme respeto de su comunidad y la admiración de sus pares.

La travesía se desarrolló sin mayores inconvenientes, atracaron a media mañana, en las cercanías de las enormes barrancas de roja tierra misionera.    

Solamente tres personas desembarcaron y siguieron el sendero que los llevaría hasta el pueblo. . .

 En una cantina y hospedaje, el joven efectuó las averiguaciones necesarias  para ubicar la residencia del escritor. Aprovechó la oportunidad para tomar  un refrigerio y gozar de un distendido descanso, que le dieran el temple requerido a sus    nervios acomodó sus ideas y se decidió a afrontar el calor reinante.               

Así  emprendió la marcha en busca del afamado personaje al que debía entrevistar.

 Mientras andaba, se entretenía observando la gran  altura de los árboles, el variado canto de las aves y el  monocorde sonido que emitían las chicharras. Andando bajo los tórridos rayos solares, que ponían una temperatura infernal a la siesta veraniega; sentía la transpiración que le  corría por la espalda, dejando sus lamparones húmedos en la otrora blanca camisa...  Ahora con trazas del rojizo color de la tierra.  Cuando le dijeron que eran unos seis kilómetros hasta la casa de aquel  “huraño ser… Con aspecto de humano”,  no consideró   en ningún momento que podía resultar tan lejos…   

Calor. . .,   transpiración,. . . insectos. . .  sed…

Por fin, a la distancia divisó la tranquera de entrada a la chacra; esto lo llenó de alegría y redobló la velocidad del paso, reconoció que estaba en la meta ansiada, se detuvo un instante y observó con curiosidad los detalles, … a lo lejos distinguió la   fornida figura de un hombre que, con el torso desnudo, de piel quemada por el sol, piel  cubierta de largos vellos, cara con larga barba desaliñada, ceño fruncido, cabeza  protegida con un gran sombrero pirí, (sombrero de paja, lugareño, que utilizan los  paisanos para cubrirse del sol fuerte) Estaba carpiendo con un ritmo acompasado, las  cizañas existentes  en el predio.

 La visión del cuadro, provocó una ligera sonrisa en los resecos labios del joven aspirante a reportero; presentía que muy pronto lograría cumplir con la misión que le fuera encomendada; ahora solo faltaba concretar el reportaje…, para eso había realizado este viaje.

Por un breve instante, hasta logró olvidar el cansancio que lo abatía, pasó varias veces la lengua por sus resecos labios y batió muy fuerte sus palmas para llamar la atención del carpidor. El hombre detuvo su tarea y levantando algo la barbilla, preguntó con voz ronca:

- ¿Que quiere?                     

 El mozo, quizás algo atontado por el calor reinante, el gran cansancio que tenía, y la emoción que lo embargaba, respondió:

 - “Quiero ver a don Horacio Quiroga”.

  El hombre, cuando detuvo su  tarea, había apoyado su mano izquierda   sobre el mango de la azada, al escuchar las palabras del joven, dio un golpe con el  índice de la mano derecha al frente de su sombrero y con voz calma y potente,  dijo:          

 “Pues ya lo vio” 

Sin más trámites reinició la suspendida labor, sin prestar atención a  los fuertes  reclamos de su atribulado interlocutor.

¡Ese fue el triste final de aquella situación!

  Transitamos la vida inexorable en el espacio. El tiempo fluye…  Allá por el año 1974, en una de las tantas noches de amigos, guitarras y vino; de esas que solo podían  pasar en el desaparecido “Bar: El Galeón”, del que fuera propietario mi difunto tío materno, don Antonio “Pipito” Bulos; como haciendo tiempo para   que los presentes retuviéramos tantos sonidos armoniosos surgidos del virtuoso diapasón del instrumento que pulsaba, don Lucas Braulio Areco, nos honró, relatando esta historia;  que concluyó diciendo:

 -  Así fue como conocí al escritor  don Horacio  Quiroga”

 Entonces, se produjo un interminable  silencio. Fruto del respeto.   Esa atmósfera se disipó merced a los  hermosos arpegios que brotaron como semillas    musicales misioneras de su amado instrumento, los dedos del insigne músico se movían sobre el diapasón de la guitarra, buscando que las notas surgieran del frágil vientre de esa madera tan especial, que permitía escuchar la voz de la madre tierra para poder germinar y transformarse en melodías.

  Eran temas musicales de esta región, interpretados  por el querido personaje, nacido en la cercana localidad  de Santo Tomé, Corrientes. Don Lucas Braulio Areco, quién fuera declarado hijo adoptivo de nuestra tierra roja. Artista que alcanzó fama internacional, por el valor de sus diversas obras, (escritos, esculturas, pinturas, temas musicales temas compuestos por él e interpretadas magistralmente)  donde volcaba en todas y cada una de ellas (con un gran orgullo) su  aguerrido espíritu  localista.

 Sabía acariciar con su música los puntos más recónditos e inaccesibles espacios del   alma humana, y todo oyente desbordaba su pecho de alegría, con ese particular estilo de  interpretar las piezas que componía y algunas otras que seleccionaba con mucha  sapiencia.

 De su bella guitarra surgían melodías vibrantes que traían rememoraciones del pasado ancestral, de   la vivencia actual, de poblaciones pujantes y de un futuro venturoso, que podíamos avizorar en cada una de las piezas ejecutadas.

   Esas piezas musicales eran lo que   justificaba que insignes intérpretes de la talla  de Di Fulvio, Falú o el mismo don Atahualpa Yupanqui, lo llamaran: “Maestro” a nuestro Lucas Braulio Areco.

Si todavía queda algo por decir.  Me atrevo a afirmar que, en el más allá, dentro del mayor e imponente escenario del universo conocido, donde las bellas nubes sirven de ubicación, él debe estar brindando recitales, para aquellas almas capaces de comprender el sentimiento que anida en el pecho de cualquier artista, cuando expone ante la concurrencia, a su creación,  cada vez que un músico la ejecuta y obtiene el respetuoso silencio que requiere para plasmar en la guitarra todos sus sensaciones contenidas en esos mágicos dedos, capaces de hacer surgir melodías armoniosas, que encienden de pasión las almas que saben escuchar más allá de lo que oyen, porque la armonía Y las interpretaciones  llegan hasta rozar sus espíritus.

 

El autor es docente y abogado. Reside en Posadas. Ha publicado el libro Historias de docentes.

Jorge Sergio Camaño

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