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El misterio del vaso

domingo 13 de febrero de 2022 | 6:00hs.
El misterio del vaso

M
edia docena de mesas gastadas y sin mantel, con las sillas flojas de madera chirriante, se amontonaban debajo de un frondoso paraíso, dando una imagen de abandono al viejo pero concurrido bar del pueblo.

Un sándwich de queso y mortadela o milanesa, un vaso de vino fresco, un poco de caña, mate cocido con galletas o tortas fritas, un tereré con hojas de menta y limón o un jugo de naranjas recién exprimidas se podían saborear en cualquier momento del día.

No era un bar cualquiera y muchos comensales iban para corroborar lo que de él se decía y de paso tener la excusa para satisfacer los deseos de beber unos tragos.

Mientras masticaba una milanesa aceitosa hecha sándwich con dos rodajas de pan casero observaba una de las mesas, la que estaba más alejada de la puerta y muy cerca de la calle. Sobre ella, en el centro, un vaso grande de aluminio con algunos “abollones”, extrañamente limpio. No se veía nunca a María, la mesera y dueña, acercarse a él para servir algo o limpiar la mesa, salvo al colocarlo cada mañana o a la noche, cuando juntaba todo. Eso sí, al vaso no lo juntaba con el resto de la vajilla.

De pronto, desde el caserío se acercó un niño de no más de siete años, descalzo. Se sentó, tomó el vaso y lo bebió hasta el final. Se limpió la boca con una mano, colocó el vaso en la mesa y mientras se levantaba le gritó a María saludándola:

- ¡Gracias! ¡Cada día más rico el mate cocido! La próxima déjame una galleta.

Un rato después, lo mismo hizo un hombre que por su aspecto debía estar trabajando. Tierra y sudor traslucía su camisa. Se acercó a la mesa y sin sentarse tomó el vaso y sació su sed. Luego, lo dejó sobre la misma y saludó a María:

- ¡Gracias por el agua fresca, siempre tan atenta!  -  y siguió su camino.

La gente se miraba incrédula por lo que veía. Mientras tanto María saludaba y agradecía, pero nunca se acercaba a la mesa ni daba explicaciones sobre los hechos. Estaba a punto de irme cuando un humilde hombre con varias copas de más, haciendo esfuerzos por mantenerse en pie, se tiró sobre la silla, que con un chirrido indicó que fue ocupada. Tomó el vaso y lentamente fue saboreando su contenido mientras algunas gotas del tinto se le escurrían por la camisa. Apenas balbuceó un -Gracias María -siguió su camino zigzagueante.

Todos los días se sucedían los episodios, gente que bebía del vaso que nadie llenaba y se iba satisfecha. La fama del bar fue creciendo por lo que debieron agregar mesas. Seis primero, luego una docena y cada vez más gente que concurría para ver el prodigio del vaso.

Pero una mañana el pueblo despertó conmocionado. A pesar de que las mesas estaban en el patio, debajo del paraíso no estaba ni la mesa especial ni el vaso en cuestión y en la puerta del bar un cartelito decía: CERRADO.

- ¿Y María? - se preguntaba la gente que comenzó a aventurar historias.

- ¿Se habrá ido?

- ¿Tenía un pacto con el diablo y éste se la llevó?

- ¿La conquistó alguien que se acercó al vaso para beber su amor y se la llevó?

- ¿O un viejo amor la vino a buscar?

- ¿Alguien descubrió que lo del vaso era un engaño para vender más y la amenazó?

Misterio y desazón... hoy las viejas mesas luchan por sobrevivir en la intemperie. El bar sigue cerrado y a María nunca más se la vio.

Dicen que todos los días pasan los otrora beneficiarios del vaso buscando el deseado contenido...dicen..., pero María no les dejó el vaso.

Este cuento es parte del libro “CUENTOS Y RELATOS QUE DEJAN HUELLAS” Ediciones Misioneras

José Pereyra

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