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Cuidate, nena

domingo 13 de febrero de 2022 | 6:00hs.
Cuidate, nena

E
l calor es tan insoportable que no puede dormir. Se da vuelta, acomoda el almohadón, el pelo se le pega en la nuca y el agujero del colchón le lastima la espalda. Puso una toalla vieja, que ya no seca de tan desflecada que está, en el hueco, pero molesta más. Las cuatro paredes del rancho, de esa pocilga, son planchas ardientes. Si no descansa, mañana no servirá para nada en el trabajo.

Intenta recordar el fresco aire de la chacrita, la sombra de los paraísos, las aguas frías del arroyito. ¡Qué lejano ese recuerdo!

Vino a la ciudad para cuidar a su abuela cuando el hijo –su tío- cruzó al Paraguay y no regresó. No fue por su gusto, la mandaron. Y aquí se quedó hasta que la pobre vieja falleció.

Menos mal que la señora de la casa de material le preguntó si ella quería, si podía…Solo le iban a pagar algunos pesos pero le daría qué comer y la ropa que dejó su hija.

El marido de la mujer es un obrero municipal, de los que recogen la basura por las noches, en un camión maloliente y ruidoso. Vuelve de madrugada, se baña en un tacho afuera, en el patio, y duerme hasta casi la tarde.

Así que su tarea se limita a barrer, lavar algo, limpiar la cocina y todo eso nomás.

Cierra los ojos, espera que llegue el sueño tan necesario. Pero ahora escucha música y risotadas. Los muchachos, otra vez, fumando, drogándose, molestando…

Cuidate, nena, le decía don Eustaquio. Pobre hombre que está todo el día sentado en una piedra, mirando a los que pasan.

Ella lo hubiera cuidado en el Hospital, cuando lo hirieron, pero si ni siquiera tenía para un pasaje en colectivo.

Y los muchachos que vení, la vas a pasar bien, te va a gustar. Y uno se bajó los pantalones y le mostró. Ella no miró y apuró el paso.

Cuidate, nena, le parece oír.

Un perro comienza a ladrar y varios le hacen coro. Se levanta, se moja la cara, las axilas, en la palangana. Necesita dormir, que si no, mañana…

La señora de la casa de material le dio ropa, linda ropa, hasta calzones. A la hija un pariente la llevó a Buenos Aires, para que le ayude en la despensita. Le paga un sueldo, le va bien. Ella está ahorrando para venir a visitarlos en enero. Pero eso dice hace varios años, nunca viene. Le da lástima la señora, siempre triste.

Cuidate, nena.

¡Claro que se cuida! Y no les hace caso a los tipos que suelen estar en el baldío, meta droga y alcohol.

No te hagas la remilgada, putita. Ya vas a ver lo que es bueno. Y las risotadas, esa tardenoche cuando volvía de la casa de material.

 

Intenta abrir los ojos. No puede. Quiere moverse y un dolor punzante le quita la respiración. Se queda quieta. Ya no hace calor, más bien está agradable. Cae en un sueño de nubes y algodones. Tiene sed, mucha sed.

Cuidate, nena, le parece escuchar.

Afuera, en el pasillo del Hospital, Eustaquio lee el diario que le prestó el hombre con quien charlaron de noche, mientras la mujer paría otro bebé. Vinieron del interior, le contó, en colectivo, la comadrona estaba con otro parto, allá por los cerros. Pero llegaron a tiempo y los atendieron enseguida.

“Incendio en la villa. No se sabe cómo se inició el fuego en la casilla. Rescataron a una jovencita semi asfixiada, en medio de las llamas. Los vecinos dicen que habrán sido los muchachones que se emborrachan, discuten, pelean, atacan a los que pasan…”  Otras noticias, todas malas, nada para levantar el ánimo.

El los conoce bien, fueron los que le dieron un puntazo por los pocos pesos que tenía.

Ahora se queda en el Hospital, para cuidarla.

Sabía que eso tarde o temprano iba a pasar.

Y mientras, piensa que se va a ofrecer para limpiar el  pequeño depósito de la casa de material, que solo tiene cachivaches. Y va a pintar las paredes por dentro y por fuera. Y si la señora acepta, pondrá esa cama que tiene y que ahora nadie ocupa, para que Rossana viva allí.

Enciende un cigarrillo y recuerda a la hija que un día se fue. Y que nunca volvió.

Rossana tiene la misma edad de la adolescente de aquella aciaga noche.

Pero para qué evocar lo que ya no tiene retorno.

Cuidate, nena, le decía.

Cuidate…

Escalada Salvo ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.

Rosita Escalada Salvo

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