martes 09 de agosto de 2022
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El amor en el último otoño del milenio

Pablo Neruda, «Testamento En el alto otoño del mar / lleno de niebla y cavidades, la tierra se extiende y respira,/ se le caen al mes las hojas.- Pablo Neruda, «Testamento de otoño» de otoño»

domingo 13 de febrero de 2022 | 6:00hs.
El amor en el último otoño del milenio

Los dos amaban el otoño. Una vez había sido el otoño gris y húmedo de la porteña capital, durante semanas prefabricadas con días lluviosos y tristes transcurridos en un hotel barato; en una habitación minúscula con paredes ocres o blancas de humedad, techos descascarados color tiza, ventanas inexistentes y el calendario ordinario con la foto en sepia  de la chica en bikini, impávida en su cárcel gráfica con todos los días en negro, hasta los domingos. O, en los principios de la relación,  en un hotel de categoría, cómodo y hermoso pero… caro.

Otra ocasión fue en el marco del luminoso  y dorado otoño, allá en  la casita del pueblo, en la tierra colorada. Con jornadas en la sala amplia, piso de madera pintado de rojo, flores en la mesa cubierta por un mantel de coco. El picaflor en el malvón, las grandes flores rosadas en lo alto del  yuchán, todo el verde entorno como entrando por la ventana enorme y el rumor del arroyo llegando a la casa desde el fondo del terreno.

Amaban el otoño porque durante él o a través de él se amaban los dos. Es decir, amaban esa estación  por las transformaciones que ellos le introducían. Cuando en la capital la humedad y la bruma pretendían ahogarlos, ahí estaba la risa de ella, cristalina luz sonora que desvanecía sin esfuerzo las brumas y aclaraba las tinieblas. Y él  a su lado cerrándole la boca a besos, aventando el riesgo de iluminar tanto la pieza, que su amor dejara de ser solamente de ellos.

En la casa luminosa ella desnuda, acaparando sol en su piel trigueña; atrapando la diafanidad de las mañanas y el brillo de las siestas en su paso. Y él, junto a ella, rayándole en la piel caricias suaves como el vellón sedoso que se desprende del palo borracho,  pero del color de la tierra que no se despegaba de sus manos jardineras.

Amaban el otoño, se amaban en otoño porque en otoño se habían conocido. Ella llegaba desde la luz dorada de abril en encantados saltos de agua; ataviada con la hoja de güembé más verde de la selva más impenetrable.

Él, desde el misterio de la garúa que  torna resbaladizo el asfalto; desde la lluvia intermitente e impertinente que se vuelve iridiscente  al anochecer por la luz en los semáforos y los faros de los automotores.

Todo fue un verse y nada más. Sin largas jornadas de preámbulos ni circunloquios. Nada.  Simplemente él, que bajaba del ómnibus sólo con un portafolio, tomó dos de las valijas de ella, parada junto al equipaje, obnubilada por la sensación de impotencia frente a tanta maleta y tan poco mozo de cordel.

Él tomó dos, las más grandes y ella… lo siguió con el resto. Todo fue a parar a un taxi.  Incluso ellos.

Se sentaron juntos en el asiento de atrás. Y ella sonrió. El resplandor del gesto se estrelló en los ojos de él y el taxista tuvo que pedirles que no lo encandilen. Los dos rieron sin ataduras y la gente en las veredas se contagiaba y señalaba el taxi loco que sonaba como una enorme caja musical. Atardecía y la ciudad se preparaba para un crepúsculo ceniciento y atolondrado a bocinazos, pero ellos abrieron las ventanillas del taxi y a una cuadra del hotel se besaron.

La garúa duró toda la noche – algo de lo que ni se percataron en la magnífica habitación del hotel internacional-, y casi todo el día pero, antes de irse, el sol se sacó  de encima las perezosas nubes gordas de más y más lloviznas;  abrió un canal de claridad en el cielo y con el tiempo que le quedaba pintó un atardecer resplandeciente, con un crepúsculo de fulgurante brillo áureo y encendido fondo bermejo, aterrorizando a las palomas barrigonas de tanto holgazanear en los balcones y en sus refugios, a las que no les quedó – ya que no llovía -,  más que dejar de arrullar sin sentido y  salir a dar un raudo y prolongado planeo al que transformaron sin saberlo, en el vuelo de bautismo del amor que había nacido en otoño.

Decidieron vivir juntos en la habitación  de paredes ocres y húmedas, techos descascarados color tiza, ventana inexistente y calendario de días iguales, en sepia, de uno de los tantos, vetustos hoteluchos del bajo, luego de la primera, única y última estancia en aquel hotel céntrico pero caro.

Luego,  en las vacaciones, cada uno a lo suyo.

El a una familia unida por la costumbre, a los besos estereotipados de los tres hijos y la mujer; al ocio aburrido sin sentido y a extrañarla.

Ella, a la casa luminosa de la abuela. Junto a una madre enferma que sufría alucinaciones crónicas y espectrales, legado de lúgubres fantasmas descoloridos y tediosos que trataban de despojarse del castigo de haber sido puestos allí quien sabe porqué esfuerzo superior. Y mamá los consolaba, los hablaba en el regazo y los recostaba a su lado en la vieja cama matrimonial, ocupada desde hacía años a medias.

Ellos la asustaban como agradecimiento, entonces mamá entraba en una especie de trance y corría frenética hacia el fondo del predio.

Una tarde la ilusoria caterva de espantajos, se aburrió del juego, se cansó de la payasada y arrojó a mamá al arroyo. Cuando la sacaron, a varias chacras más abajo,  su cara estaba desencajada no tanto por los golpes contra las piedras sino por el terror.

La abuela le cerró los ojos con un suspiro, tal vez de pena, tal vez de alivio. Llamó a la nieta y ella, en la capital húmeda, lo llamó a él. Llegaron a tiempo para acompañar los restos de la madre al cementerio. De vuelta a la casa…,  ella se hizo cargo de los fantasmas. Pero para los hijos de las sombras, nietos del misterio, la luz del amor les  significaba un riesgo que no quisieron correr y se fueron.

 La abuela  lo certificó…

“…han llegado ustedes y se ha marchado mi hija. Esta casa ha quedado sin recuerdos tristes, todo es nuevo,  brillante. Ni los fantasmas quedan”.

Los amantes esa noche, de las primeras del otoño nuevo, se amaron como nunca. Exploraron todas las coordenadas del campo de batalla en el que fueron protagonistas exclusivos sin pensar en el tiempo ni en obligaciones. Fueron como alumnos que dieran un examen: todo lo aprendido y todo lo conocido, puesto en juego para alcanzar las más altas calificaciones.

El sabor y el aroma de ella se mezclaron con los de él, sus humores, su sudor y  sus lágrimas;  sus jadeos fueron dejando de ser propios para ser de ambos, simultáneos, compartidos, durante varios días de amor intenso.

Sólo se detenían para que él se atiborrara de panecillos calientes horneados por la abuela y también espumosos mates cebados por la anciana. Luego y mientras  ella descansaba él se dirigía al  jardín o al arroyo a meditar.

El viaje de regreso a la capital se manchó al tener que pensar en el retorno al hotel provecto y pringoso, pero, al fin ella y él  poseían la magia para transformarlo y se resignaron.

A  partir de ahí los viajes a Misiones fueron varios; los regresos a Buenos Aires otros tantos. Cuando el corazón de la abuela se empecinó a no seguir latiendo, volvieron. Luego de sepultar su cuerpo junto a donde reposa la hija y ya en la casita de pisos rojos, la única y amada mujer y amante del hombre le pasó un mate  y lo invitó “estoy sola, quédate conmigo, no volvamos al hotelucho de las sábanas malolientes de humedad”

”Aquí – continuó -, está la que ahora es mi casa o sea tu casa,  con  su arroyo, sus plantas, es decir, tus plantas, picaflores y tucanes, palmeras con sus enormes flores  anunciando la Navidad y sus racimos de cocos que tanto te gustan”.

“Y mi casa, nuestra casa”.

 El no dudó en responder “el nuestro es un amor de otoño, nada más” y viajó al amanecer.  Ella al mediodía, almorzó frutas de pitanga y moras; bananas y ananás  silvestres, bebió agua del cauce familiar y por la siesta se quedó en la casa con los fantasmas que al verla silenciosa y triste y sin el resplandor de una de sus sonrisas cantarinas,  habían vuelto.

El tiempo fue curando heridas y una tarde ella supo que el próximo era el último otoño del milenio. El clima había cambiado y ahora en el entretiempo anual, llovía sin intervalos en torno a la casita luminosa de paredes de madera y techo de tejas. La lluvia era distinta ahora en los inicios del invierno y un viento que parecía empecinado en borrar rastros de alegres y soleadas jornadas de amor se acompañaba de millares de flores de tayí, los lapachos que acostumbran florecer entre fines de julio y principios de agosto, para arrojarlas a las riadas  que surcaban los suelos de jardines y huertas de la casa.

El amor de otoño era ahora un recuerdo y una soledad de invierno, y la época también cambiaron.

”Te amo”, escribió ella en su flamante celular de alta gama. Las celdillas de la “nube” al captar el mensaje se sacudieron con cierto goce. El, en la oficina de la capital tuvo un pálpito. Un extraño cosquilleo recorrió de punta a punta su sistema nervioso. Con un hilo de voz tras el mensaje y el  “hola” de costumbre de una llamada, respondió “me parece una idea maravillosa pasar el último otoño del milenio juntos…”

Inédito. Periodista emérito, Abad ha publicado varios libros. Premio a la Trayectoria literaria “Andrés  Guacurarí” 2017 de la Legislatura provincial. El presente cuento es inédito.

 Esteban Abad

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