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El círculo infiel o la muerte y resurrección de Esperidino Concreto

domingo 30 de enero de 2022 | 6:00hs.
El círculo infiel o la muerte y resurrección de Esperidino Concreto

Relato en que el autor abusa de la credibilidad de los lectores valiéndose de la presunta resurrección de un vecino para difundir algunos secretos de alcobas de su pueblo, que no puede callar pues se muere de ganas de contarlas.

Esperidino Concreto resucitó de entre los muertos el 25 de agosto de 2004, habiendo fallecido dos días antes, o sea el 23 de agosto.

Más de cuarenta horas de finado (los médicos hablan de catalepsia, lo que no es nada asombroso, ni novedoso), le otorgan a Esperidino autoridad moral e intelectual suficiente para hablar del más allá y contar, en reuniones de amigos en el bar de la esquina, ciertas cosillas de ese mundo desconocido pero siempre vislumbrado y temido por todos los mortales.

Aunque en este caso el “más allá” no vaya más allá de las fronteras del pueblo en que muriera Esperidino, ya que su alma, su espíritu o su “otro yo”, como quiera usted definir, “sobrevoló” dentro de esos límites, vagando con desconcierto, en estado de “consciente inconsciencia”, durante las horas que durara “la muerte”.

Si descartamos aquí, por pragmáticos, el argumento de la “muerte clínica”, nos queda entonces por aceptar el estado de “catalepsia” en que estuvo sumido nuestro amigo por tantas horas, y deberemos aceptar entonces, con curiosidad, lo que anticipábamos, o sea que su mente, su consciencia, o su esencia, desprendida del cuerpo mientras duraba el fenómeno, ha sobrevolado libremente el ámbito ciudadano, con plena capacidad de trasladarse de un punto al otro, observar (inclusive a través de la materia), razonar, discernir y luego, ya de regreso en esta querida y conocida dimensión terrenal, recordar y comentar con sus amigos las cosas de las que fue tomando conocimiento durante ese inexplicable deambular.

Y así fue como, entre asombros y risas, en el recinto del bar “La Calavera”, de don Cantalicio Biznaga, donde sabemos reunirnos los amigos de la barra, se fueron desgranando ciertos comentarios sobre reconocidos y prominentes vecinos que fueron observados por nuestro singular “fantasma”, sin que ellos (los vecinos) se dieran cuenta de ser observados (por supuesto), habiendo así tomado estado público un cúmulo de situaciones antes nunca sospechadas en nuestra comunidad conformada por hombres y mujeres de recato, alta moral y sólida disciplina social, a los que, sin lugar a dudas, comanda y sirve de ejemplo de vida el cura párroco local, quien a su vez ha realizado estudios de medicina, obteniendo el título de médico proctólogo, profesión a la que se dedica en forma gratuita, siempre pensando en el bien de la comunidad, con el dedo siempre listo para señalar errores y así encausar senderos que se tuercen y desvían.

Claro está que Esperidino, durante sus relatos, se cuida mucho de dar los nombres de los protagonistas de estas historias, haciendo siempre, antes de cada mención, la aclaración de que “cualquier semejanza con hechos de la vida real, es pura coincidencia”. Pero, la profesión de cada uno de los involucrados, no nos deja mucho espacio para la duda.

Se supo así de los secretos amoríos (secretos hasta entonces), de la esposa del jefe de correos local, entreverada en lechos de sábanas y frazadas con el cartero que llevaba correspondencia a su domicilio particular, mujer que, para facilitar las visitas del empleado infiel, se escribía cartas ella misma (al principio una vez cada quince días, luego una vez por semana para después pasar a una desenfrenada frecuencia de una vez por día), las que, esperanzadamente, eran echadas al buzón, lo que permitía al cartero visitar a su amada sin que nadie sospechase nada, con el pretexto de entregar la correspondencia con toda puntualidad, para materializar así una vieja sentencia que dice: “de paso, cañazo...”.

En este punto de la narración, las palabras de Esperidino fueron puestas en duda por algún desconfiado amigo, quien no se explicaba cómo, si la muerte del narrador duró tan sólo cuarenta horas, podía el etéreo testigo relatar las frecuencia quincenales y semanales de las cartas malditas, a lo que el viajero respondió que “sin saber cómo, al ver las cosas desde su extraña condición de fantasma, o sea desde un plano distinto al racional, los conocimientos ingresaban completos a su mente, pudiendo relatar también, a modo de ejemplo, cosas que ocurrirían en un futuro cercano y que también habían sido aprehendidas por su mente viajera”.

También se supo por vía de los relatos, y fue muy festejada por la concurrencia, de cómo el comisario de la localidad “allanaba”, armas en mano, por así decir y por emplear términos adecuados, sin orden judicial alguna, el domicilio del juez de paz cada vez que este se ausentaba, supliendo la orden de allanamiento correspondiente con la sola voluntad de la mujer del juez que, ¡oh casualidad!, siempre era “allanada” mientras lucía escasas ropas interiores o, a veces, ninguna.

En esto de los “allanamientos”, es evidente que el señor comisario no estaba bien instruido al respecto, pues los realizaba sin la presencia de los testigos (vivos) que marca la Ley y nunca labró las actas correspondientes como testimonio de lo actuado. Otra cosa que lo hace incurrir en “falta a los deberes de funcionario público” es que los allanamientos eran hechos siempre por la noche y no durante las horas de luz solar, tal como lo establece el Código de Procedimientos.

Mientras tanto, el juez de paz, “en paz con su conciencia”, durante sus reiteradas salidas nocturnas, mientras allanaban su domicilio, procedía a apagar el fuego que se encendía en el vientre de la mujer del jefe de los bomberos, en “ardientes” tenidas que se prolongaban muchas veces hasta el alba, mientras el “apaga-fuego de verdad”, el jefe, simulaba salidas nocturnas de emergencias, con carro hidrante y todo, para encender, cual piromaníaco consumado y reiterativo, otros fuegos, en otros hogares respetables donde el hombre de la larga manguera era siempre bien recibido, a veces con la propia anuencia del dueño de la casa.

Largo sería enumerar todas las novedades descubiertas y aportadas por nuestro singular fantasma, desde el carnicero que le sobaba las carnes a la mujer del diputado (blonda, regordeta y muy puta), pasando por el dueño de la funeraria, quien enterraba en vida a la mujer del verdulero, quien a su vez le plantaba la batata nada más que... sí... adivinaron, “a la mujer del cartero”, con lo que la conexión local quedaba total y prolijamente cerrada, tal como debe ser, en un perfecto y respetable círculo que nunca, nunca se hubiese conocido, de no ser por la muerte y resurrección de Esperidino Concreto, nuestro gran amigo y, desde ahora, corresponsal oficial del bar “La Calavera”, donde “todo se sabe, aunque el cronista muera”.

Luis Ángel Larraburu

Del libro “A mis amigos… Los duendes”. Larraburu es autor además de “El Monje Negro”, “En los pagos del Oro verde”, “Sobre duendes, mitos y leyendas”.

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