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Pompón

domingo 30 de enero de 2022 | 6:00hs.
Pompón

Hubieran resultado agradables las vacaciones, pero ocurrió la desgracia de Pompón.

Pompón era un conejo angora. Acurrucado, blanco y peludo, parecía un paquete de algodón, no se sabía dónde estaba la cola o la cabeza. Despertaba en todos una ternura infinita, difícil de explicar, por lo menos para mi.

Cuando se perdió, yo me alegré sin decir nada, pero tuve que soportar de entrada las miradas amenazantes de la familia entera.

Ester, gorda y desaforada, nos despertó a los alaridos con la noticia. Fue unos días antes de regresar del mar, adonde habíamos ido. Inmediatamente la casa que alquilábamos fue revuelta y puesta patas para arriba, en medio de las quejas y llantos de todos. Bueno de todos, no. Yo hacía que buscaba, pero me reía en los rincones, gozaba con cada minuto que pasaba sin que apareciera el imbécil y perfecto animalito.

Enseguida afloraron las culpas y los reproches. Ernesto, por ejemplo, le dijo a mamá que él ya había vaticinado este problema, y nadie le hizo caso. Julia aclaró que esto pasaba porque no la escucharon a ella cuando afirmó, antes de salir, que era mejor internarlo a Pompón en un hotel para conejos que había en la Capital.

Ese día, por supuesto, no hubo playa. Todos estaban abocados a encontrarlo al conejo. Y no solo en la casa, sino también en los alrededores. Y algunos como Onkel Rául, con acento en la a, y el Negro Becerra, caminaron hasta el faro y fueron a preguntar a los bañistas y cuidadores de carpas.

Hacia media mañana ya no nos hablábamos y el ambiente se había caldeado. Bastaba con que alguien expresara una tímida resignación para que los demás saltaran con violencia e improperios, y se desencadenaran insultos y maldiciones, que se extendían a complejos, fallas y problemas personales, promesas incumplidas y frustraciones laborales.

No faltó quien creyera ver huellas en la arena. Y quien dijera que a los conejos, y menos si son angora, no les gusta el yodo marino, y que ellos confunden las olas con jaurías de perros asesinos. La abuela, que esas vacaciones estuvo con nosotros, elaboró una teoría alocada y acusó de ladrones y come criaturas a unos inocentes y plácidos suecos que se la pasaban semidesnudos fornicando en un campamento cercano. E inclusive fue, sartén en mano y seguramente con la presión por las nubes, a recuperar a Pompón de esos libertinos. Y una vecina, que se había enamorado del bicho, decía a quien quisiera escucharla, que los conejos, como los gatos, tarde o temprano, vuelven a sus casas. Ya van a ver, murmuraba, mientras ayudaba a correr muebles y mirar debajo de la cama, que va a aparecer en el portón. Ella no sabía que vivíamos a más de ochocientos kilómetros, y en otro país.

Por la tarde volvieron los llantos y quejidos. La tensión fue creciendo. Varios se trenzaron en una gresca que concluyó en el hospital zonal, cuando al primo Horacio hubo que hacerle varios puntos en la ceja.

Ellos sabían de mi aversión a Pompón, y decidieron entre empujones y groserías acorralarme para saber si yo era el culpable.

Eso completó mi sospecha: la familia estaba enferma. El conejo era el centro de la casa, y ahora que faltaba, parecía que se disgregaba todo. Y que iban a suceder más desgracias. Ya nadie comía ni dormía. Se pasaban agrediendo unos a otros, achacándose cosas, actitudes pasadas, infidelidades y traiciones (que no son lo mismo, aclaraba a los gritos la abuela desde la cocina. Y añadía, que “la infidelidad es más grave, y si no que le pregunten al nono, cuando lo descubrí hace cuarenta años, al muy hijo de puta”).

Decidí huir, aprovechando el momento en que Isabel y Julia se agarraban de los pelos y rodaban por el corredor. Tomé mi bolso y me puse a caminar hasta la terminal de ómnibus que quedaba a cuarenta minutos de allí. Pasé el morro, doblé por el monte de eucaliptos, atravesé una tupida zona de tamarindos para acortar camino, crucé la rotonda y bajé una senda hasta estar seguro, antes de la estación de servicios, que nadie me seguía. Ahí me di cuenta que no se divisaba el caserío de la playa. Y fue cuando lo vi.

Bajo un pequeño matorral, dos ojos inyectados de rojo me observaban temerosos y completa y definitivamente perdidos.

¡Qué cosa el destino! Yo, la única persona que lo detestaba, era el que lo había encontrado. Nos miramos fijamente. Era mi oportunidad. Podía hacer muchas cosas con él. Devolverlo o, por ejemplo, matarlo. Pensé unos instantes.

Decidí seguir mi camino.

Alberto Szretter

Szretter, escritor y médico de Puerto Rico, Misiones.

Pompón forma parte de una colección de cuentos editados hace algunos años.

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