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Delia

domingo 30 de enero de 2022 | 6:00hs.
Delia

Había que sacar a pasear a Felipe. Debía realizar ejercicio y orinar. Al otro día tenía turno con el veterinario que le haría análisis y le revisaría los riñones. Eran unos estudios de rutina, pero Delia estaba preocupada. Durante la semana le dio de beber bastante agua para que limpiara la vejiga, además de hacerlo caminar varias cuadras por día para que no se le provocara una retención de líquidos.

En la veterinaria, Delia subió a Felipe a una camilla de metal. Toda esta situación lo ponía nervioso. Un hombre vestido de guardapolvo blanco salió de una puerta con un termómetro en la mano. El susto que se llevó el pobre Felipe cuando le quiso medir la temperatura. Dio una vuelta en el aire y descendió dando un mordiscón. “¡Felipe!”, gritó Delia. Finalmente, entró en confianza y dejó revisarse.

Lo primero que le dijo el profesional a Delia fue que la operación tenía un alto costo. Luego, le explicó que toda intervención es riesgosa en un animal adulto con un trastorno avanzado. Por último, le advirtió que de seguir así podría llegar a necesitar un trasplante y por esta razón le recomendaba realizar la cirugía lo antes posible. Delia no podía creer la pesadilla que estaba viviendo. Le preguntó al doctor cómo le podía estar sucediendo esto, si Felipe estaba tan bien y solamente eran unos estudios de rutina, a lo que él le respondió que ya lo venía sospechando.

“La operación fue todo un éxito, le quedaron los riñones como a un recién nacido”, fueron las palabras del cirujano hacia Delia que se emocionó hasta las lágrimas. Esa misma tarde, Felipe ya estaba en su casa y bastante cargoso. Su dueña pensaba, mientras lo miraba morder las patas de la mesa, que el hecho de que haya sobrevivido a la operación era una señal y que por eso tenía que darle una vida mucho mejor aún de la que le venía dando. Lo cual sería una tarea harto complicada porque Felipe ya estaba muy malcriado.

A los pocos días, Delia mandó construir otra habitación. Después, llamó a una decoradora. Compró muebles, una cama, un ropero, una mesa, sillas, un televisor, hasta una heladera, entre tantas otras cosas que no vale la pena seguir mencionando. No faltaba nada de todo lo que hace falta en una casa. Felipe ahora tenía una suerte de departamento para él solo. Eso sí, nada de perras ni de visitas. Felipe era único. En su ropero tenía alrededor de por lo menos quince trajes de primeras marcas, además de ropas casuales igualmente importantes para salir a pasear todos los días por el parque. Para mantener el nivel de vida de su perro, Delia vivía cada vez peor. Mientras él comía en un plato de porcelana fina con apliques de oro puro, ella lo hacía en cualquier lado. Mientras él vestía esos carísimos atuendos, ella lo hacía casi en harapos. Lo importante era que a Felipe no le faltara nada.

Delia pensó que, como no tenía herederos directos, dejaría todo en vida y pasaría todos sus bienes a nombre de Felipe. Se asesoró con un abogado y le dijo que era posible. Es increíble cómo ha avanzado la tecnología, quiero decir las leyes y todo lo que se puede hacer con ellas. Felipe ahora tenía una buena suma en el banco y varias propiedades. Delia ya no contaba con nada. Extraía dinero de las cuentas de Felipe, sentía que le estaba robando y eso la hacía sentir profundamente triste. Pensaba que debía volver a trabajar, ahorrar, comprar su propia casa y vivir de sí misma. Pero se consolaba sabiendo que el dinero no era para ella, sino para él, para mantener sus gustos, sus alimentos y salidas. Felipe estaba como un rey, aunque a veces se cansaba de Delia, se sentía solo, muchas veces pensaba en salir corriendo y escaparse. Debía atenerse al juramento de lealtad que hacen los perros al nacer, aun habiendo apartados especiales a los cuales adhieren ciertos perros.

En una oportunidad, Delia se sentía muy mal. Estuvo hasta altas horas de la noche con vómitos. Seguramente por la pobre calidad de vida que venía llevando. A los días siguientes, no podía orinar. Ella comenzaba a sentirse sola y vacía. Creía que, a esta altura, no era capaz de volver a lograr nada de todo lo que había logrado en su vida. Todos estos pensamientos la angustiaron demasiado, más de lo que podía soportar. Ya casi no tenía fuerzas para levantarse de la cama a causa de la desesperanza.

Luego de unos meses, Delia se despertó con una energía inusual para la que venía acostumbrada. El asombro fue tan grande que se terminó cayendo de la cama. Sentía que un rayo de felicidad le atravesaba el cuerpo. Se percibía tan confortable como nunca. Parecía un milagro. Había recobrado las ganas de moverse, de correr, de saltar…de vivir. Entonces, comenzó a gatear por el piso, tomó con los dientes un collar de los tantos que había desparramados por la casa y se lo mostró a Felipe. Había que sacar a pasear a Delia. Debía realizar ejercicio y orinar. Al otro día tenía turno con el veterinario que le haría análisis y le revisaría los riñones.

Jonatan Martínez

Inédito. Martinez nació en Rosario pero hace un tiempo eligió radicarse en Posadas. 2ª mención en el V Concurso de Microrrelatos de la BPM. Se encuentra trabajando en su primer libro.

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