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La cruda realidad

domingo 30 de enero de 2022 | 6:00hs.
La cruda realidad

Recorría cerca de setenta cuadras realizando a diario un itinerario bien establecido. Esto lo hacía un conocedor de todos los vecinos con los que se cruzaba a medida que desandaba su trayecto. Durante su caminata, conservaba la costumbre de mirar hacia abajo y a los costados, mientras dejaba atrás de él, largas cuadras que se anteponían en su habitual andar. Era lógico entender que en su itinerario se tropezara con diversos objetos: recortes de madera, tronquitos de ramas de árboles de rara forma, piezas de electrodomésticos descartados, rollitos de alambre de cobre, tuercas, tornillos, piezas de metal de la carrocería, o del motor de algún vehículo, cosas descarta- das que pudieran aparecer desperdigados sobre la calle, de los cuales él, con extrema paciencia recogía, casi sin detenerse a analizar en demasía si le sería útil. Directamente lo levantaba y lo ponía en su bolsillo o morral que llevaba adherido a su humanidad, balanceándose de un lado al otro, a medida que se desplazaba. Solía decir, que siempre se le podía encontrar algún uso práctico a las minucias que encontraba. Quizá por hábito o costumbre, o bien como una obsesión, siempre serían necesarios.

Juan era mi amigo. Ya hombre maduro, docente, y con una edad importante sobre sus hombros, actualmente acompañado de una hermosa mujer llamada Ema, y dos hijos de un matrimonio anterior. Toda su vida, como la de la mayoría de los ciudadanos de esta ciudad, se la había pasado caminando de la casa al Instituto y de éste, nuevamente a la casa, parafraseando una frase, que todo argentino debe asociar al sólo oírla.

En realidad, Juan era un gran acopiador de objetos, porque la mayoría de ellos quedaban tirados en un depósito que se encuentra en el fondo de su vivienda, oxidándose o llenándose del polvo y suciedad, transformados en escoria del pasado. El tiempo, justamente el mismo que insiste como un empedernido viajero, a pasar sobre cada ser vivo, sin dar tregua y haciéndose sentir a cada segundo, con su implacable acción irremediable, de echarnos en la cara, cuan mortales somos, además de hacernos saber que somos nada más que pobres habitantes transitorios, desplazándonos temporariamente sobre la faz de un planeta, que por estos tiempos, parece encontrarse bastante moribundo.

Este amigo, dado a su historia y por su edad, semejaba a un tango caminando, lleno de nostalgia por su vida pasada. Ya no éramos unos pibes. Aparte de la hermosa virtud de compartir la amistad, gozaba de otra increíble particularidad: Juan, era un terrible soñador, y por ser poseedor de semejante característica, se fue convirtiendo con el tiempo, para los demás vecinos del lugar, en un ser especial, nunca mezquinaba responder a cuanta pregunta le hicieran, algunas también reiterativas. La característica habitual, era preguntarle ¿Que había soñado?, y este buen hombre no tenía problema en desarrollar el sueño, traerlo a la realidad cotidiana, y como si esto no alcanzase para satisfacer al interlocutor, lo desplegaba con lujo de detalles.

Como soñador, era poseedor de una gran imaginación, en el sentido literal y fiel de la palabra. Yo creí siempre en que él, y en el sueño que solía contarnos, a veces con matices de realidad contundente, pero que él se encargaba de agregarle algún aditamento extra, como si fuera el condimento ideal para que el relato pareciera a su vez aún más emocionante, y de una impronta cargada de implícita fantasía. Comentaba que cuando soñaba, tenía la virtud de recordar el sueño que había mantenido, aun en cada mínimo detalle. Era tan eficiente soñador, que brotaban las historias incluso en ocasiones donde su descanso, tenía lugar apenas unos minutos durante la siesta, y al despertar lo recordaba todo. Absolutamente todo. Era extraordinaria su capacidad onírica, las fantasías distorsionadas en el sueño, se continuaban una tras otra, apilándose y dando luz a verdaderas narraciones, con una precisión y detalles realmente creíbles.

Esta virtud no es nada común para la mayoría de las personas, ocurre en general, casi siempre, que uno sueña y no recuerda lo que ha soñado, con fortuna si se logra retener algún fragmento del mismo y muchas veces cuando se desmenuza, pareciera que se lo rescata desde una historia distorsionada, sin que tengan sentido los personajes o los paisajes entre ellos. En el caso particular de Juan, lo que soñaba era incomparable a cualquier mortal que habitara estos lugares, quizás por esto, era único, dado esta exclusiva habilidad, además sabiendo su obsesión por el acopio de objetos, todo ello asociado a su personalidad, le daban una impronta especial a su persona. Estas características especiales, emanaban sin ningún tipo de inconvenientes de su personalidad, imprimía sobre sus cualidades individuales una dimensión especial, y lo hacía fascinante para quienes lo conocíamos.

En los colegios donde se desempeñaba, o lo había hecho en otros momentos, siempre se comentaba esta particularidad entre los alumnos, pero ninguno de ellos podía hablar mal del profe Juan, era una persona realmente apreciada, pocos quizás le recriminaban su falta de carácter, pero la mayoría de las personas de ese ámbito, sostenían que era un buen tipo, y debido a esto, algunos de los estudiantes se aprovechaban de su generosidad.

Como conocedor de estos detalles, al encontrarme con Juan y de esto no hace mucho tiempo, le pregunté sobre esta cuestión, cómo la estaba llevando. Me dijo: — ¡Como siempre nomás! — y siendo más contundente en su popularidad, pasó a relatarme lo soñado la noche anterior.

Comencé a sonreírme.

Trataré de ser lo más preciso y puntual con mi relato — me dijo —, para declararte lo que fue configurándose en aquella alucinación. Fue un sueño increíble — acotó en voz baja.

“Cuando llegué a mi casa, luego de acomodar los objetos recogidos en la calle debido a mi caminata habitual, me di un baño, y como por arte de magia me encontré en el baldío del barrio que conozco muy bien, porque está ubicado cerca de mi vivienda. Allí me esperaban unos jóvenes, habrán sido unos diez o doce, algunos estudiantes o ya egresados del Instituto donde ejerzo, pero que los conozco a cada uno de ellos en detalles. Sabemos la característica de los jóvenes, hablan todos juntos y a la vez, atropellándose con las innumerables fantasías que se repiten en cada juntada, esto suele ponerlos en evidencia, habitual práctica para diferenciarse del resto de los humanos.

En el centro de la ronda, un fuego hecho con ramas, arriba de ellas una pava, ya negra por el hollín que se desprende por las brasas y en ella, agua calentándose, debe estar en el justo punto de calor, requisito fundamental para tomar unos buenos mates, a esa hora son siempre oportunos y acogedores. Más tarde, quizá, alguien pondrá un trozo de carne sobre una rejilla y se cenará el trozo asado de la misma que se ha cocido, algún vino también comenzará a circular.

La cuestión es poder sobrevivir a este sistema que nos agobia y posterga, para esto, lo mejor será estar aislados del bombardeo condenatorio de una sociedad que no termina de entender, que el dinero no lo es todo, sino necesario para las necesidades básicas del hombre. Sin duda que tiene que ver con los tiempos que trascurren, lo que es peor aún, el hombre actual, cree hacer lo correcto al actuar a veces impunemente, justificando su accionar, cuando sabemos que de esta forma estamos más cerca de la desaparición de la especie, que de la superación que se anhela de siglo en siglo, como lo han propuesto nuestros antecesores. — Me sigue relatando.

Sin interrupción me introduzco en una realidad distinta o tal vez deformada, allí sin tener nada que ver una cosa con la otra, estoy en la biblioteca saboreando un vino tinto, de buen cuerpo, con la remera sucia, será del óxido o polvillo por haber estado en el depósito clasificando los objetos que he recogido durante años, o del barro de las macetas donde se colocan las bellas plantas que siembro y trasplanto a diario, pero en ese momento, recordando muy nítidamente que me encontraba disfrutando de un libro que le habían obsequiado a mi compañera.

En el baldío, en el mismo lugar de encuentro con los jóvenes, detrás de mí — siguió diciendo — se acercaba una hermosa mujer, de repente se hallaba en la cama conmigo, mientras el libro en el piso y la sensación de haber hecho el amor con ella. El escenario se diseñó en una verdadera pasión cruzada, porque la realidad había decantado y constituido con mi compañera y fiel amante. Cosas del sueño y de esta loca realidad enroscada”.

Al terminar el sueño, concluye el relato. Suena el despertador. Mis manos, como es costumbre en un acto desesperado, se estiran hacía la perilla de la lámpara para encenderla. Es tiempo de levantarme y afrontar la cruda realidad. En una hora estaré en mi trabajo y la secretaría de turno: dirá. ¡Juan… no se olvide de firmar el libro de asistencia!

Esta es mi realidad, la que vivo diariamente y a mí, particularmente me interesa experimentar a través de ese juego onírico que se plantea en mis sueños. — me dijo despreocupadamente.

Le hice un comentario al respecto, sosteniendo que siempre me interesó el tema, por lo que he leído mucho y además comenté que existen estudios que afirman la existencia de una terapia onírica. Según se cree, es un método eficaz con el poder de apoyarnos en los sueños y alcanzar el equilibrio entre mente, cuerpo y espíritu.

— Espero que sea verdad —me dijo—, para que pueda encontrar equilibrio, porque tener este tipo de sueños entrelazados genera en mí espíritu una animada perturbación, pero te confieso algo, para ser sincero, a esta altura de mi vida, no me disgustan del todo.

Allí, en ese mismo lugar, nos abrazamos y al tiempo nos deseamos buena vida. Cada uno siguió su camino.

Heraldo Giordano

“Cruda Realidad” integra el libro “Nunca más será hoy”. Este libro ha sido ternado recientemente para los premios “Arandú” 2020 y 2021. Giordano, es autor de varios libros de poesía y de cuentos.

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