jueves 19 de mayo de 2022
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En Misiones, la siesta

domingo 23 de enero de 2022 | 6:00hs.
En Misiones, la siesta

Los relojes de Posadas andan siempre mal, pues parece que cada uno arregla el suyo a ojo, como los paisanos de la campaña de Buenos Aires determinan la hora, a veces con asombrosa exactitud, levantando perpendicularmente a la palma de la mano el dedo medio, después de haberse orientado, porque saben de qué lado sale el sol, aunque ellos digan algo que, traducido en términos un poco más cultos, se podría interpretar diciendo que sienten o adivinan el meridiano. Al fin, hacen de la mano un gnomon.

Para los que jamás han salido de su aposento sombrío estas adivinaciones astronómicas suelen revestir un carácter maravilloso; pero ellas se humanizan no poco cuando se piensa que la vida en el campo es una Academia de empirismo superior.

Hace algunos años me extasiaba pensando, después de leer Civilización y barbarie de Sarmiento, cómo harían los paisanos para hallar su perdido camino en ciertas noches tenebrosas de la Pampa con sólo apearse del caballo y examinar el pasto.

Hice algunas preguntas al respecto, pero ninguna respuesta era satisfactoria, hasta que cierto día, hallándome en Cura-malal, a fines del 83, se acercó a mí un paisano y miró la brújula que tenía cerca. No fue poca su sorpresa al observar la dirección en que quedaba el norte y, como le preguntara de qué se sorprendía, me dijo que él pensaba que fuera otra; y me habló del viento, de la inclinación del pasto, del lucero y de otros sustantivos concretos. Su sorpresa fue mayor cuando le dije que él tenía razón y la brújula no, porque el verdadero norte era el señalado por él. El lector ya ha entendido que hablo aquí de la declinación magnética, de unos 14 grados en Cura-malal. Pero quien más aprendió en aquella breve conversación fui yo, porque me explicó lo que deseaba y era que, cuando durante todo un día reinaba un mismo viento, tales pastos cedían y se inclinaban en sentido contrario, quedando así mucho tiempo aunque el viento cambiara, de manera que, fijando al tanteo, en la oscuridad, tal dirección del pasto, era fácil orientarse, lo que ya había observado, pero sin darle aplicación. Preciosa lección es ésta que me ha valido muchos capítulos llenos de fórmulas. Recomiendo, sin embargo, el uso de la brújula, pues, como dicen los mismos paisanos «no es para todos la bota de potro».

Pensando, pues, que en Posadas se arreglarían los relojes por el viento o por el pasto, pregunté cierto día cómo se daba la hora y no hubo una persona que no contestara que por el Meridiano de Bonpland. Después de nuevas preguntas resultó que no había tal meridiano sino unas tablas de entrada y salida del sol, calculadas por el compañero y amigo de Humboldt.

Pero, si bien todos hablaban del «Meridiano de Bonpland» nadie supo indicarme dónde estaban las mencionadas tablas, lo que me hace pensar ahora que no he hecho tal pregunta a quien pueda saberlo.

En Misiones el nombre de Bonpland es familiar.

Hay allí quienes han visto algunos manuscritos suyos, cartas de Humboldt y otros documentos interesantes, como por ejemplo uno que contenía ensayos del sabio francés para aclimatar o adaptar a suelo no inundado la Victoria regias y otros muchos.

Bonpland era un sabio laborioso que dedicaba todo su tiempo a escribir, a practicar ensayos de cultivo y a investigar la hermosa Naturaleza que le rodeaba. Pero los manuscritos que dejó al morir se han desparramado, según parece, en gran parte y aún hay quien señale tal párrafo, tales observaciones publicadas hoy, diciendo haberlas leído en este o aquel manuscrito de Bonpland.

Parece que, a su muerte, la familia recibió propuestas para la venta de sus papeles y que algún comedido le hizo entender que aquellos documentos eran «una mina de oro». La mina, empero, comenzó a perder su valor andando el tiempo y, poco a poco, sea por abuso de confianza en aquellos a quienes se permitía el examen de las piezas, sea descuido por parte de la familia, el hecho es que, me lo han asegurado en Posadas, la colección de escritos no es ya ni sombra de lo que era.

Se me ha dicho que en el Archivo de Corrientes deben existir muchos documentos del ilustre sabio, como asimismo en poder de la acaudalada familia de Pujol, con la que aquél mantenía relaciones de amistad. Por lo menos he visto citados, como de Bonpland, ciertos trozos hasta entonces inéditos, incluidos en la obrita del doctor Pujol Vedoya sobre Corrientes y su autor, a quien tuve el gusto de tratar a bordo del vapor en que regresaba yo del Chaco en 1885, me dijo que, en efecto, su familia conservaba tales documentos preciosos.

En otra ocasión, procurando orientarme respecto de los yacimientos de Mercurio, alguien me dijo, no recuerdo quién, que había tenido a la vista un pequeño mapa trazado por Bonpland y en el que, marcados con color rojo, en ciertos cerrillos, había unos puntos que correspondían a ciertas minas de Azogue.

Pero ningún dato es, a mi juicio, tan precioso respecto de los trabajos de Bonpland como uno que me ha comunicado el doctor Bertoni.

Me dice que, hallándose en Santa Ana, a fines de 1884, conoció allí a uno de los moradores, Nicolás D’Almeyda, brasilero, y que este individuo le hablaba con tal seguridad de los nombres indígenas de las plantas y de sus virtudes medicinales o propiedades industriales que quedó sorprendido al oírle y mucho mayor fue su sorpresa cuando le oyó aplicar a las mismas plantas, si no siempre sus nombres específicos, técnicos, casi siempre el genérico o cuando menos el de familia. Aunque tal cosa puede hacerla cualquier entendido en botánica era demasiado para D’Almeyda quien, sin ser una persona inculta, ignoraba por qué razón tal planta era una Bignoniacea y tal otra una Sapindácea. Esto le llevó a consultarle sobre el origen de sus excelentes conocimientos y el otro no vaciló en satisfacerle, comunicándole que los había adquirido en una obra manuscrita, en latín, castellano, portugués, francés, alemán e inglés, titulada Nomenclatura (obra de la que, por cierto, he oído hablar más de una vez en Misiones con el nombre de Nomenclatura de Bonpland, lo que me hace pensar que tanto ésta como el «meridiano» son bienes comunales). Cuando el doctor Bertoni le pidió verla, le dijo que lo haría con el mayor gusto; pero que algunos años antes, andando por Misiones un botánico francés, Grenier, se la había pedido prestada para tomar unos datos y que, cuando acordó [sic], datos, nomenclatura y botánico faltaban en Santa Ana.

No conozco otro botánico Grenier que uno de los autores de la Flora de Francia y como no tengo la más leve idea de que sea él quien ha estado en Misiones ni sé quién sea el botánico de tal nombre que ha visitado el territorio, pienso que el homónimo no ha hecho un gran servicio al distinguido autor o que se trata de algún individuo que viajó con nombre supuesto y «salvo» la citada nomenclatura.

La vida de Bonpland, tal cual la conocemos por el trabajo biográfico de Auguste Saint-Hilaire y por los datos de personas que le han conocido, fue una cadena de laboriosidad, abnegación y filantropía. Su cautiverio en el Paraguay, su trato constante con gente de campo, su sencillez natural, hicieron de él un campesino de aspecto inculto. De aquel hombre que había tratado a la emperatriz Josefina íntimamente y sin duda a Napoleón, de aquel sabio que paseaba por la Malmaison como en casa propia, que había ilustrado su nombre ligándolo al del sabio más brillante de nuestro siglo; conquistado por Rivadavia para nuestro país, de ese hombre la corteza civilizada completo, pero conservando siempre en su corazón de santo los sentimientos que el medio primitivo no altero jamás y el altar que, dentro del cráneo, sólo pudo apagarse con el último latido.

¡Cuántas veces, al oír su nombre, recordaba aquellos troncos gigantes inclinados sobre las aguas del Quiá; y cuántas veces, al sentir el falso aviso de las horas, volaba la imaginación hasta aquellas riberas del arroyo chaqueño, donde el coloso, con el corazón no perforado aún, pero con la corteza profanada, ostentaba su fúnebre guirnalda de Morrenias y de Tropeolos!

Un día pagaremos nuestras deudas a los Azara, a los Bonpland y a tantos otros cuyas blancas imágenes duermen un sueño de mármol en las canteras de Carrara y jamás los cinceles de nuestros escultores modelarán contornos más simpáticos a la causa de la Humanidad.

Pero observo con disgusto que me voy inclinando al sentimentalismo y que no valía la pena viajar hasta Misiones para ocuparse, por referencias, de Bonpland.

Mas no es posible sustraerse a la influencia de la soledad y bien dicen que en tierra de ciegos... Lo cierto es que el aislamiento en que viven los habitantes de la Capital de Misiones aumenta las figuras o más bien, dejándoles su natural magnitud, lucen más por la falta de términos de comparación.

¿Qué mucho sorprenderse, por otra parte, si las ruinas de cierta casa de Yapeyú, cubiertas primero por el musgo, han rodado más tarde dispersas en todas direcciones?

De todos modos, he procurado mostrar una faz del pensamiento en aquellas comarcas, lo cual me obliga a tocar otra.

El verano, a los 27° de latitud, en esta parte del mundo, destila ciertos fluidos que ejercen su acción maléfica en todos los mortales y una de las más pertinaces, una de las que más se oponen al lustre de las poblaciones sobre las cuales se ejerce su acción, es la siesta.

¡La siesta! Quisiera que los puntos de mi pluma tuvieran la elasticidad de los de Teófilo Gautier, cuando en rasgos llenos de auroras y sonoridades perdidas despierta a Pompeya de su letargo secular.

Pero ya que con ser «Waverley» no alcanzarán, con el jugo que beben, otra cosa que una rigidez contraria a mis deseos, voy a procurar ser fiel a mis principios y arrancar del cuadro vivo... no, del cuadro en siesta, los rasgos más conspicuos.

Los primeros rayos del sol han dispersado las nieblas nocturnas con que el Alto Paraná adorna su agitada superficie. Los bosques lejanos han pasado por los diversos matices de la noche, de la aurora y de la mañana y sólo a gran distancia muestran sus tonos de lila con que los baña el aire saturado.

Las brisas dispersas corren por las calles y en su tropel invisible se engolfan en las casas o hacen tremolar la banderilla del boliche, levantando a su paso el polvo fino de color ladrillo que en no interrumpida masa forma el suelo de Misiones.

La mañana es agitada. Por todas partes las paraguayas cubiertas con el tipoy llevan las provisiones diarias, un vendedor ambulante ofrece aquí su mercancía, acude al llamado de más allá; tal puerta se abre y asoma una cabecita inquieta; tal otra da paso a una bandada de chicuelos bulliciosos y, por todos lados, las gentes de servicio apuradas llevan su carga tanto más preciosa cuanto que han debido formarla en el Mercado.

Aquí es donde se da cita todo lo que hay de bullanguero y travieso, de compadre y entrometido.

Jaula de loros de todos los tintes, de todo plumaje, gritando los unos, cantando los otros, silbando aquellos, vociferando los más, renegando los mismos, dialogando en guaraní la mayor parte, desatendiendo al comprador para llamar la atención del ché caraí tubischá que pasa aturdido... aquello es un infierno.

Poco a poco las calles van quedando desiertas. El ruido chillón e insoportable de las carretas con los ejes hambrientos de grasa se hace más perceptible e incómodo; el canto de la Cigarra silbadora es más penetrante; los chirridos de las Golondrinas se vuelven más escasos y los Naucleros que despliegan sus grandes alas en el aire azul, dejan caer desde la altura su nota de cristal, para alejarse luego a comarcas más fecundas.

Los comensales retardados del Gran Hotel llegan silenciosos y se retiran lo mismo, mientras Curzio lanza el último yámbico agonizante para confiar a la almohada el reservado troqueo. Se siente algo como sedimentos superpuestos en la atmósfera no agitada; en uno de 30 grados se entremezcla poco a poco el de 35; y los rayos del sol, como dardos finísimos, como chispazos de un diamante incandescente, despiertan en el suelo caldeado las tremulantes ondas de refracción, esos latidos del aire inferior cuyas sonoridades se pierden para nuestros tímpanos y que sin duda escuchan agitados los Pómpilos, Hormigas y Mutilas.

Las puertas están cerradas. Allí, allí cerca, ha cesado el golpe sordo de un martillo sobre la suela informe y el artífice, con los brazos caídos, entorna poco a poco los párpados que daban paso al examen de su obra; la tijera entreabierta descansa sobre el paño sin cortar; las brisas fugaces pasan indiferentes ante el cuadro y las sombras de los aposentos se pueblan de sonoros ronquidos.

Más allá, la imaginaria del cuartel refleja en sus vaivenes el rayo de luz quebrado por el fusil y busca en la garita encendida la sombra sin frescuras.

Las flores destilan aromas ardientes y las hojas, incapaces de compensar sus pérdidas, se doblan marchitas, mustias, como rendidas por el sol; mientras que los Naranjos y Bananeros, acariciados por el incendio del aire, le devuelven en reverberaciones de colores todo el triunfo de sus esmeraldas tropicales.

De cuando en cuando una carambola perdida rompe el letargo del perro que sueña con el Tigre o el Mborebí de la selva virgen, o gruñe al Tateto imaginario cuya figura se confunde entre los vástagos intrincados del Tacuarembó, entrelazado con Pasionarias de fruto dorado.

Las Palmeras levantan su penacho recortado y, al verlas inmóviles, se diría que parecen un capricho de metal.

Nadie cruza las calles solitarias sino los forasteros para quienes aquellas comarcas tienen su encanto y atractivo en verano, como los tiene la Rusia con el sudario hiemal; pero esos no están siempre allí.

Durante las horas de mayor calor se duerme y se duerme seriamente, a puerta cerrada.

Por mi parte nunca he sentido la necesidad de la siesta, sin duda porque he experimentado la del tiempo y ya fuera en Tucumán, en Salta, en el Chaco o en Misiones, siempre me ha perseguido la idea de que no valía la pena ir tan lejos con semejante objeto; antes, por el contrario, he hallado placer en recibir todo el sol a esas horas, no tanto porque, mientras corren, abundan las presas que más he buscado, sino por algo que debo atribuir a una necesidad de sol; cuando me siento bañado por aquellos rayos casi tropicales me parece que pasa por la imaginación algo semejante a la voluptuosidad de las golondrinas cuando llegan en la primavera; se diría que sus alas son pequeñas para bañarse en el aire tibio y que todas las actitudes de sus cuerpos no alcanzan a satisfacer su apetito de sol.

Conversando cierto día con Francisco Fernández respecto de la siesta, particularmente por la cantidad de horas que se pierde, me dijo: «Yo también pensaba lo mismo cuando llegué a Misiones. Necesitaba sol, luz, tiempo; resistí un año, pero me rendí al segundo. Tú vienes de paso a estudiar esta tierra, a recoger los productos del sol cuando quema; al segundo año te rendirías también. El fenómeno es general y el que no duerme se enferma».

Sea lo que fuere, no puedo argüir en contra, porque me falta experiencia.

Pero la siesta aletarga el espíritu y Fernández mismo es un ejemplo. Nadie que le conozca negará que es una de nuestras inteligencias más activas. Y bien: en los cuatro años que lleva en Misiones, no ha producido más que una obra, sólo una. Es una hija ardiente del sol tropical, un trabajo que tiene toda la pompa nativa y toda la grandeza que puede comunicarle un espíritu que elabora su creación en un clima de fuego y la perfecciona y acaricia en la soledad, en el aislamiento de las leguas que le separan de los centros bulliciosos.

Vira-cocha, la obra maestra de Fernández, no es la creación de un poeta entusiasmado por el secreto estético de los problemas sociales; no hay en ella un soplo de sus dramas simbólicos ni las explosiones de un corazón generoso que llora en estrofas hirientes las injusticias humanas y los desequilibrios jerárquicos. Vira-cocha es una epopeya incana, llevada a cabo con toda la prolijidad de un arqueólogo y toda la delicadeza de un psicologista empírico. Destinado el trabajo para libreto de una ópera, se me ocurre que orquestada por Berón causaría una verdadera sorpresa en nuestro mundo musical porque tiene bellezas de un carácter propio del estro grandioso del olvidado maestro argentino.

Lo que pasa en el caso que he citado, ocurre con los demás habitantes de Misiones. No hay gusto para el trabajo continuado y hasta cierto punto monótono del escritor que, mientras puebla su cerebro de movimiento y de colores, de contornos y de imágenes, relacionando unas cosas con otras para elaborar la reflexión, debe someterse a un reposo casi completo del resto de su cuerpo.

De aquí que la conversación sea un desahogo para las acumulaciones mentales. Y por cierto que no faltan algunos conversadores de prima potencia que dejarían muy atrás a algunos maestros que yo conozco; pero también es verdad que ninguno alcanza a dominar a su auditorio como sucedía con don Domingo de Oro, esa «palabra viva» como le llamó Sarmiento; pero es que Oro sabía escuchar y si es seguro que una vez que él tomaba la palabra no la dejaba ya, era porque sus oyentes, magnetizados por las sutilezas de su elocuencia, se abstenían de interrumpirle para no perderle un momento.

En el mismo Gran Hotel San Martín había un Club Social, cuya existencia bastante ambigua se parece a las cosas que no existen. Sin embargo, allí se dio una tertulia el día 7 de febrero (en honor nuestro, según nos dijeron Fernández y otros caballeros, lo que siempre hemos aceptado como una simple galantería comparable al efecto de los cazadores para quienes se dijo: Tirer sa poudre aux moineaux) [en la que] pudimos observar la muy heterogénea composición del bello sexo posadeño, como que hay allí damas y señoritas de diversas provincias argentinas y aun paraguayas y brasileñas.

Por lo demás, la vida es allí completamente doméstica.

Fuera de la Iglesia, que trae bastante concurrencia de devotos y de curiosos, no hay otro teatro de reunión.

Un habitante de Posadas me invitó una tarde a asistir a la Iglesia; pero el muy pobre aspecto de ésta, la escasa luz de los candiles y la voz del cura que, desde el púlpito, enseñaba oraciones a los fieles arrodillados, haciendo honor a la memoria de éstos a quienes sólo entregaba, en monótono ritmo, grupos de dos o tres palabras, ahuyentaron mi persona del templo, como que por otra parte faltan allí las lianas y las abejas, no así las avispas, que pueblan el techo con sus innumerables nidos de cartón.

Todas las tardes la banda del Batallón (2do del 3ro) sale a la plaza y los ejercicios doctrinarios y la música suelen llamar alguna concurrencia. Como casi siempre sucedía esto a horas en que me encontraba lejos del pueblito en las excursiones y al regreso estaba más cansado que curioso, no he prestado grande atención al punto.

Las piezas de la banda son trozos generalmente elegidos de las óperas italianas, que los músicos, casi todos criollos, ejecutan bastante bien. El repertorio es variado y por lo mismo sus sinfonías atraen más bien que ahuyentan el auditorio.

En los días que permanecí en Posadas tuve ocasión de oír un vals compuesto por uno de los capitanes del Batallón, Medardo Latorre, hábil guitarrista discípulo de Alais. Aquel distinguido amigo, nacido en Salta, no ha podido, al crear, sustraerse a la influencia musical de la raza poderosa que dominó su provincia nativa en los siglos pasados y La vida militar (que así se llama su trabajo) evoca, en los que hemos oído en el norte andino los cantos de los Quichuas, esa melancolía dulce y plañidera del yaraví. Latorre no olvidará jamás los tristes y vidalitas de los valles y de las sierras, que oyó tantas veces en su primeros años y, en más de una ocasión, al escuchar las hermosas piezas que con maestría ejecuta se me ha ocurrido que existe en nuestro pueblo un elemento musical propio, que podrá ser efecto de una fusión de razas tan variadas como la sangre quichua, pampa, charrúa, árabe, guaraní, negra y blanca que forma la matriz étnica del país, pero que existe como una entidad en evolución, digna de ser llevada a mayor desarrollo por los Berón, los Rojas, los Gutiérrez y tantos otros compatriotas de distinguida escuela.

Como ejecutante, jamás he notado un individuo que se desenvuelva con más pasión que Latorre y aunque carece de la mímica y entusiasmos de Dalmiro Costa, ese energúmeno que ha conseguido hacer del piano un instrumento superior, tiene en cambio manifestaciones reconcentradas que no pueden escapar al observador atento. Entra quizá por mucho en esto el carácter natural de los hijos de las provincias a que ambos pertenecen. Pretender que un salteño no sea reposado y enemigo de la gran mímica, es lo mismo que exigir lo contrario a un porteño, a un cordobés, o a un entrerriano.

Por ejemplo, es de gran mímica invitar al amable lector a pasar a otro capítulo sin música.

Eduardo L. Holmberg

Del libro Viaje a Misiones. Holmberg, nació en Buenos Aires en 1852 y falleció en noviembre de 1937, fue un médico, naturalista y escritor argentino. Hijo del aficionado a la botánica Eduardo Wenceslao Holmberg y nieto del barón de Holmberg que acompañara en sus campañas a Manuel Belgrano.

Imagen: Fotograma de la película Hamaca paraguaya de la directora Paz Encina.

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