jueves 19 de mayo de 2022
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El giboso

domingo 23 de enero de 2022 | 6:00hs.
El giboso

A la vera de un camino abrupto y polvoriento, con barrancas como balcones, se apretujaban un puñado de casas de maderas sobre pilotes. Eran idénticas entre sí: pequeñas galerías, tejuelas grises, chimeneas de latón, tiestos de flores, hornos de barro cocido. Entre pilares y cajones de envases, dormitaban perros, hocicaban cerdos y cacareaban gallinas.

Una de ellas se destacaba de las demás por su disposición cuadrangular y sin aberturas. Era el depósito para el tabaco. Después, el salón de reuniones con una veleta en lo alto, una reducida capilla abierta solamente en domingo y en un claro de la campiña las cruces alineadas del cementerio. Fuera de eso, el camino volvía a ser una curva pedregosa perdida como cuña en el monte.

En temporadas de lluvias, el agua bermeja corría por los zanjones y un olor a pan casero se esparcía por el contorno. Las galerías se abarrotaban de colgajos de prendas multicolores. Los hombres engrasaban los ejes de los carros, o limpiaban las camisas de las lámparas a kerosén, o armaban un cigarrillo despaciosamente, escuchando el rumor de las gotas sobre el tejado.

Los chicos, brincando de contentos, sus rubias cabezas movedizas sobresaliendo del barranco, resbalaban descalzos en el barrial de la pendiente.

La comunidad se desenvolvía en un clima de apacibilidad, de acuerdo a sus costumbres. Al crecer, los varones ayudaban en las chacras y las mujeres en la cocina, o en el chiquero u ordeñando en jarrones espumosas leches tibias. Luego, la colimba y el retorno, y para las señoritas casamiento o buscando nuevos horizontes en la ciudad.

Pese a la paz y monotonía cotidianas, quebradas un par de veces al año por la visita del recaudador de impuestos o del vendedor de lienzos, los habitantes se consideraban desgraciados. No porque sucedieran hechos delictivos o epidemias mortales, sino justamente por ese transcurrir sin visos de trastoque de las condiciones imperantes desde tiempos sin memoria.

Quizás en términos razonables serían incompensados. No había compensación satisfactoria por el fruto de sus esfuerzos, decían. Sencillamente las arrobas eran pesadas por los expertos de la compañía y pagadas en cuotas. Los márgenes eran exiguos, no acordes con la actividad que demandaba el laboreo de la tierra.

Ahí radicaba, llegaron a esa conclusión, el germen del atraso en que estaban sumidos. Además, habría que agregar que desde hacía añares las cosechas habían mermado como consecuencia de insectos depredadores y granizadas y, recientemente, el incendio de uno de los galpones de resguardo determinó la pérdida total de lo acumulado.

Pero, mantenían una fe digna de elogios, sostenida en la esperanza de que tendrían que sobrellevar siete años de fatalidades para que la bonanza se hiciera presente. El problema era que no lograban medir el tiempo justo en que había partido aquel malvivir. Frente a este dilema y al de como revertir la situación con la compañía, estuvieron de acuerdo en que el punto básico para arrancar era la educación. Siempre saldrían jodidos si apenas sabían leer y escribir. Ellos mismos se reían, después de la reunión en el salón, de haber rematado un concepto tan inteligente y que les daba la pauta de que en realidad no eran tan brutos como creían.

Dos canastas repletas de quesos y mieles, les costó la solicitud confeccionada por un oficinista, y otro tanto para un pronto despacho.

Pasó un invierno y al promediar el otro, desde la estafeta avisaron que había un sobre. Ansiosos, oyeron la lectura lacónica de que designaron un maestro de dedicación simple y de nombre Nazario.

Dándose palmadas de aprobación, transformaron la sala comunitaria en aula, fabricaron toscos bancos y, por trueque, una carga del producto por un pizarrón y tizas blancas. El maestro dormiría allí, en un colchón de plumas de patos con mosquitero. Cada familia se las ingeniaría para invitarle a comer, y sabrosos manjares se transmitían las amas de casa. Las chicas soñaban con Nazario. Sería apuesto, elegante, de suaves maneras, como los galanes de las fotonovelas de ajadas revistas. Las madres, viéndose futuras suegras, revolvían pañolones, sedas, collares, miriñaques de los viejos baúles, saltándoles el corazón de dicha al pensar que estarían entre cirios y sahumerios, con la hija pronunciando el sí ante el espigado, cabellos dorados, teutón Nazario. Las cortezas de los árboles estaban grabadas con corazones flechados y Nazario figuraba en todos ellos.

Cuando se enteraron de que él había arribado al pueblo vecino, y que debido a los chaparrones no prosiguió su itinerario, destinaron con premura el mejor carro de llantas de hierro forjado. Terminaron de encalar las fachadas y adornaron la entrada por donde haría su aparición el viajero.

En el trayecto, Nazario mascullaba el arrepentimiento. Porque la inscripción en las vacantes no fue opinión suya, sino de sus padres, ilusionados de que el hijo algún día trabajara. Estaban en una posición acomodada. Sin embargo, deseaban que el primogénito conociera el sudor de una tarea fecunda, para que valorara la riqueza. Larga fue la lucha para que estudiara, hasta que crónico, logró los puntajes mínimos del magisterio. Sumado a esa displicencia, Nazario, enjuto, de baja estatura, nariz prominente y ojos juntitos que daban la sensación de estrábicos, era muy adepto a las bromas. Víctimas de sus cachadas fueron las fámulas de la mansión, sus compañeros y profesores.

Cuando supo que el carretón polaco de llantas lustrosas, parado frente a la fonda donde se hospedaba, era el que lo transportaría, se escabulló por uno de los pasillos, y en un descuido desenganchó el caballo y lo ató atrás.

Con un saco negro que se ensanchaba cubriendo una prominencia en las espaldas, protegido del radiante sol por una sombrilla floreada, hablaba con voz chillona, mientras los cascos golpeteaban rítmicamente la alfombra rojiza de las picadas.

Le contaba al carrero, para quien aquel hombrecillo no tenía ni por asomo la pinta que ellos imaginaban, que en el colectivo tuvo un percance, feliz por cierto. Resulta que el pasaje estaba repleto, y él se acomodaba lo mejor que podía en el asiento de madera. Al vehículo seguían subiendo pasajeros, con un ventarrón que se avecinaba. En determinado momento tuvo que ceder su lugar a una señora, y el conductor le invitó a viajar arriba, entre el equipaje, donde iría más cómodo. No teniendo nada que perder, salvo si se desatara un chubasco, subió por la escalerilla del costado y, con bolsones y valijas, se dispuso a respirar el aire puro del monte. También vio que había un féretro, seguramente para algún fallecido notable, cuyos familiares hacían traer desde la capital. Como empezó a llover, se guarneció en el cajón dejando una rendija. Al rato, el rodado paró, voces y alguien trepó por la escalerita. Él simplemente abrió la tapa, y cortésmente preguntó si había dejado de llover. No tuvo intenciones de asustarlo. Mas el otro, creyendo se trataba de un finado que revivió, se tiró desde allí con un alarido aterrador. Al final, lo recogieron con el susto todavía pintado en el rostro. No pasó nada. Pura jarana.

A los barquinazos por el cerro, y en el recodo arcos gigantes de palmeras y los acordes de una improvisada banda. Aglomerados en pose de fotografía. Cuando se apeó, la música disminuyó lentamente hasta cesar. El nombrado para el discurso no articuló palabra. Únicamente se adelantó hacia la figura encorvada que mantenía una sombrilla y un maletín, y agachándose estrechó las manos frías del huésped.

Qué desencanto. Todas las plagas juntas. Encima un jorobado para completar, pensaban.

Resignados, se esmeraron en atender servicialmente a aquel quien sería el educador. Con asombro observaron que masticaba con la servilleta metida en el nudo de la corbata, salpicándose con restos de bocados que se escapaban por las comisuras. Hasta altas horas de la noche habló sobre la poesía de Leopardi a quien admiraba.

A partir de aquel día todos cenaban con corbatas y servilletones adosados, y recitaban las lúgrubes estrofas en los trillos y en los baños, en un portuñol que Nazario detestaba, enseñándoles con objetos a la vista el correcto empleo en castellano.

El propio Nazario silabeaba en portugués adentrándose en las equivalencias gramáticas castellanas. Más tarde, fueron los mayores sentados en los pupitres de la novel escuela. Sorprendido por la animalidad que manifestaban en sus actos, Nazario tuvo compasión por ellos, y una corriente de cariño inundó su alma. Desechando la idea primigenia de hacer lo indecible para hacerse echar, se empecinó en volcar sus conocimientos en aquellas gentes, haciendo causa común con la desgracia que permanentemente los perseguía. Realizaba los más variados menesteres. Era juez en algunos casos, mediando ante causas pendientes; médico en otros, rememorando los primeros auxilios; veterinario curando las uras de los bueyes; cantor de cuna para los bebés que se negaban a dormir y relator de historias rosas para las adolescentes desengañadas.

Notaban ellos, que un nuevo aire soplaba desde la venida del maestro. Por lo menos ahora sabían que el mundo gira sobre sí mismo y que una docena de huevos cabían en el cuenco del sombrero. Convencidos de que el signo distintivo de tanta sapiencia evidenciada por el maestro, era su giba, se mostraron un día ante los ojos de Nazario con disimuladas protuberancias hechas con pelotas de trapos.

Vanos fueron los ruegos de Nazario para que suprimieran la de formación que, incluso, les decía, les deformaría la personalidad. No hubo, en ese sentido, más que sonrisas, pues era eso lo que querían: cambiar la personalidad.

La visita del turco que vendía géneros, habría de producir un vuelco en los designios del paraje. Alelado, el comerciante creyó que el anís ingerido le hacía ver jorobas en cada ser que caminaba y se movía delante de él. No, le tranquilizaron, las nuestras son artificiales. La verdadera es la del maestro. Al tanto de lo que realmente pasaba, quiso conocerle y al verle, refregó su frente por el bulto, con grandes reverencias. Pues, según explicó, para tener suerte hay que apoyar la cabeza así, y si la Diosa Fortuna fuera esquiva, automáticamente se pone de nuestro lado.

Los lugareños no se animaban a debatir lo que para ellos era una ofensa. Pero Nazario, prestándose a lo que consideraba un juego, permitió que le sobaran la corcova al anochecer antes de las oraciones. Sentado en la penumbra del salón, Nazario fue tocado suavemente por los otros jorobados.

Las predicciones del turco fueron certeras. Al finalizar el año, la cosecha fue abundante, con vientos cálidos y sin sobresaltos. Amenguaron las tormentas y el granizo castigaba otras zonas. Las orugas caían muertas de las plantas. Las langostas desviaban su devastador vuelo. Las vacas parían mellizos y las mazorcas brotaban por doquier de las cagaditas de los pájaros.

Nazario se deleitaba al ver que la felicidad renacía. Ellos se olvidaron de las vicisitudes pasadas e, inclusive, fueron sacándose los apósitos.

Y más aún se alegraba Nazario, con grititos de gozo, al ir a acostarse, y en el silencio de la colonia, desprenderse el atado de esparadrapos. Hasta mañana gibita, decía, y se dormía.

Raúl Novau

Del libro 10 cuentistas de la Mesopotamia (antología) Colección Autores de hoy. Novau es autor de Cuentos Culpables, Ed. SADEM, 1985. La espera bajo los naranjos en flor, cuentos, Ed. SADEM, 1986. Loba en Tobuna, novela, Ed. Provincia de Misiones, 1991. Diadema de Metacarpos, Novela, Ed. Universitaria, UNAM, 1993 y Cuentos Animalarios, Ed. Del Autor, 2000, entre otros

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