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Jaha katu a Colonia del Sacramento

miércoles 19 de enero de 2022 | 6:05hs.
Jaha katu a Colonia del Sacramento

En la segunda quincena del mes de enero de 1680, el portugués Manuel Lobos, gobernador de Río de Janeiro, como un adelantado más, fundó la Nova Colonia do SantíssimoSacramento, constituyendo el primer asentamiento europeo y la primera ciudad en lo que hoy esla República del Uruguay. Recibió la orden del príncipe Pedro IIdePortugal para crear un puntodedefensa y actividades comerciales sobre la costa este del Ríodela Plata, y tratar de continuar con la expansión conquistadora. Fundar una colonia en ese lugar fue una real avivada del reino de Portugal, pues por el tratado de Tordesillas, esas tierras pertenecían al reino de España. Y por ese tratado, ambos reinos, se repartieron las nuevas tierras conquistadas como una torta dividida en dos mitades, incluyendo a los originarios. Y los “protoporteños”, ni lerdos ni perezosos, impedidos de comerciar sus frutos con otros países -solamente podían hacerlo con el monopolio español-, aprovecharon la volada para contrabandear sus productos, dando inicio a la tan mentada viveza criolla.

Advertido el gobernador de Buenos Aires José Garro de esta tránsfugada bagayera y del peligro eminente de una invasión a Buenos Aires por parte de Portugal, alrededor del fuerte recién comenzaban con la excavación de fosos protectores, y sin fuerzas de combate para defenderla, tuvo la necesidad urgente de pedir socorro al tiempo que se preguntaba ¿a quién pedir?, si la España no contaba con ejército disponible, ni tan siquiera con soldadesca necesaria para evitar cualquier intento de invasión. Por tal razón, no tuvo más remedio que recurrir indefectiblemente al ejército de las Misiones Jesuitas, vencedor de la batalla de Mbororé, la primera lucha anfibia que se libró en esta parte del continente sobre el río Uruguay, el río de los pájaros.

En aquella batalla épica, un ejército de cuatro mil hermanos del guarán fuertemente armados y preparados previamente por los curas guerreros enviados exprofeso para adiestrarlos, vencieron brutalmente a ocho mil hombres del ejército luso-bandeirante dispuestos a esclavizar humanos y conquistar tierras hasta el Potosí, por gula de sus ricas minas. Previendo estos sucesos, Antonio Ruiz de Montoya viajó a España para convencer al rey de lo que se avecinaba. Al rey no le importaba la pérdida de nativos, le importaban las tierras que perdía y el Potosí. Convencido, envió a los curas guerreros -duchos en la guerra contra el moro- armas y un cañón que emplazaron en lo alto del cerro Mbororé. Después de la batalla ganada, todo el pueblo misionero y el ejército vencedor concurrieron a la santa misa y escucharon la homilía del capellán del ejército: “Hermanos de la Nación Misionera y Guaraní, eternamente los territorios de la Mesopotamia, de la Banda Oriental, del Paraguay y del Alto Perú le deberán agradecimiento por evitar que cayeran en manos del Imperio Lusitano. Ruego a Dios que los futuros habitantes de la raza blanca, o de la nueva raza morena, os protejan y os traten como a héroes”.

En la Misión de Concepción se reunieron los Mburuvichá, los Tuvichá y los curas guerreros para organizar la partida y escuchar la orden del gran Mburuvichá Nicolás Ñeenguirú: jaha katu (vamos pues) a Colonia del Sacramento.

La avanzada lusitana. Como cáncer en el mapa. Con la intención de expandirse. A la Banda Oriental llegaron.

Y en menos que canta un gallo. Sin mediar preaviso alguno. Fundaron en territorio español. La Colonia del Sacramento.

El porteño gobernador. De las Provincias Unidas. Se llevó un julepe flor. Y enseguida pidió socorro.

Por favor manden soldados. Pues yo no tengo defensa. Les dijo a los curas guerreros. De la Nación Misionera.

Vengan antes que arrasen. Nuestra porteña ciudad. Con el ejército indiano. Del virreinato el Goliat.

A la orden de a la carga. En un ataque potente. Los hermanos destruyeron. La Colonia allí fundada.

En tanto quedaron tendidos. Ciento setenta cadáveres. Desparramados en el suelo. De la Colonia fundada.

Y ciento setenta cruces. Se levantaron enhiestas. En el primer campo santo. De la Colonia fundada.

La noche del seis de agosto- con fuerza brutal superior- dio comienzo a la invasión- en desolada región.

Como marabunta hambrienta cayó el ejército indiano sobre la población medrosa de la Colonia fundada.

Los defensores escudados - en miserables defensas- aguantaron un suspiro- la embestida feroz- en la pobrísima Troya.

Aterraba la visión -pues en tan reducido espacio- se esparcían los cadáveres- y sonaban lastimeros- los ayes del dolor- y el llanto de las mujeres.

En el centro de la escena -una mujer abrazaba- el cuerpo de un oficial muy joven- tirado en tierra encharcada- por la sangre derramada.

Los brazos del herido -correspondiendo a la vez- se aferraban a la mujer- de largo y negros cabellos.

El hombre de cara al cielo -con los ojos ya sin ver- convulsionaba de a ratos- mientras se le iba la vida.

La espalda de la mujer -mestiza de ojos verdosos- mostraba flechas clavadas- y orificios de balazos.

Y el vestido antes beige -que primoroso luciera- tenía cubierto de manchas- de color rojo escarlata.

En actitud solidaria -la mujer pretendió cubrir- con su cuerpo el cuerpo del amado- tendido en el suelo inerme- de la ilusoria Colonia.

La tragedia llegó a su fin -cuando estos seres unidos- exhalaron postrer suspiros- en el solar devastado- de la quimera Colonia.

Así los cuerpos sin vidas- de los infaustos amantes- dejaron libres sus almas- que etéreas se elevaron- hacia la tierra Sin Mal- Edén del hombre inmortal.

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