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Teoría de la relatividad

domingo 16 de enero de 2022 | 6:00hs.
Teoría de la relatividad

Lentamente avanzaba el sol desde la madrugada en la vida de don Oscar Barile, viejo y fervoroso peronista, que se ufanaba de haber baleado a los aviones de la armada argentina que bombardearon a los civiles en Plaza de Mayo, durante los aciagos días de septiembre del año 1955, con un poderoso Smith & Wesson, calibre 38 de caño largo, que lo acompañaría toda su brava vida de militante en un país cuya historia no perdonaba a los débiles y que, habiendo depuesto la otrora furia de antaño contra la injusticia y la desigualdad, la cual lo llevó a cometer barbaridades varias, lo hizo finalmente anclar en un amargo escepticismo sobre las bondades de la existencia humana ayudado por la defección de compañeros de ruta que, llegados al poder, de los cambios que prometieron hacer, sólo cambiaron por el lujo la modesta vida de otrora.

Con más verdaderos amigos, de esos que son tan pocos, idos ya de este mundo más por el salvajismo de la intolerancia política que de muerte natural, asediado por la vida en variopintas dolencias, esa misma vida le otorgó, como un precioso obsequio y como una burla a sus indigestas proclamas, en este tramo de sus últimos años, la incorruptible amistad de Claudio.

Porque Claudio Ponce, fue toda su existencia un leal y convencido radical, amante de los llamados de su partido a la exaltación de los valores republicanos que también entrando en la década de los ochenta años, sin dejar de lado su ideario, lo exasperaba el rumbo del mundo y ni que hablar de los fines y propósitos de su centenario partido.

Y es que la profundidad de una amistad, ni se la busca ni se la construye. Sólo es un toque de magia que, como el amor, crea un canal magnético en el que fluyen los mejores sentimientos.

Para dejar constancia, es necesario decir que una mutua desconfianza los fue acercando muy despacio y poquito a poco. Primero para recordar y discutir el frondoso historial de dos personas que retrataban a medio siglo de historia argentina. Luego, afirmándose en el conocimiento de la honestidad del otro, fueron saltando vallas, rompiendo cercos.

La amistad, ese tónico vital para el espíritu humano, se fue afianzando sin dejar de lado las acervas rencillas, casi domésticas, que por limitados tiempos los separaba y, como si tuviesen un imán que no podían eludir los juntaba nuevamente en idílicas reconciliaciones, como si fuesen dos viejos amantes.

-Cruzar esta maldita calle para venir a verte -dijo Claudio a modo de buenos días- es una tarea de alto riesgo. Las motos parecen platos voladores. Por más que mirés a uno y otro lado antes de bajar de la vereda, te llegan a cien kilómetros por hora cuando has llegado a la mitad de la calzada. Y encima, te insultan, cuando no, y peor, se te ríen en la cara. Bueno, dejemos de hablar de locos en este mundo de locos. Y vos, ¿Cómo andan tus piernas?

Desde la hamaca en que últimamente se pasaba la mayor parte del día, Oscar acomodó un almohadón detrás de su cabeza para enfocar mejor la cara de su amigo antes de responder.

-Mejor. Aunque como dice el antiguo proverbio chino: “Estoy cruzando el río sintiendo las piedras del fondo”. A lo que yo agregaría: “No por placer, sino por precaución”.

Estaban en la galería del fondo de la casa de Oscar, a la que sin preámbulo accedía Claudio después de abrir con las llaves que, hacía años ya, en un gesto de confianza el dueño de casa le había entregado. Era apenas pasada las ocho de la mañana y el sol de Iguazú empezaba a dar sus primeros sopapos de calor.

Se veían siempre a la mañana y a la tardecita y aunque nunca faltaba tema de charlas y peleas, el silencio acompañado tampoco incomodaba. Sentirse cerca alcanzaba para cortar con un mundo de soledades.

-Hay algo que he notado y de lo cual quería anoticiarte -prosiguió Oscar- El sol, a esta altura del año, no llegaba nunca con sus rayos a ese rincón donde pongo la cabecera de la hamaca.

-Bueno. ¡Allá vamos! -respondió Claudio- Estoy cansado de escuchar absurdas conjeturas sobre el cambio de los astros, el cambio climático y las mareas de los océanos. La tierra, desde que era una bola de fuego hace millones de años atrás, siempre cambia.

-Pero en este caso, es el sol.

-¿Vos insinúas que está cambiando el sistema solar? No te andás con cosas chiquitas, ¡he! Y decime, astrónomo de pacotilla, ¿Cuáles son tus cálculos? -Los únicos cálculos que tengo son los renales. Así que dejá de joder con tus conocimientos. Ya sabemos que conocés de física cuántica, astronomía, economía y como se debe plantar una papa para que crezca más grande.

-La papa te la voy a poner en la boca para que no hablés más gansadas -dijo Claudio con una sonrisa-. De paso, quien te dice, por ahí empezás a hablar como lo hace la gente culta y adinerada. De viejo, oligarca. Ya te podrías morir tranquilo.

Hubo un frío silencio, pero corto. El tema parecía sabroso. Y ninguno tenía la intención de dejarlo. Uno porque quería ordenar sus ideas antes de hablar. El otro, saboreando de antemano una burla que podía alegrarle el día.

-Fijate -dijo por fin Oscar- hace por lo menos tres o cuatro años que paso una buena parte del día en la hamaca por el problema de las piernas y la cintura y nunca, escuchame bien, nunca vi que el sol llegara a ese rincón, adonde está colgado el termómetro. Que lo puse justamente ahí, para que, al no darle el sol, me marcara la temperatura a la sombra, como debe ser.

La escéptica mirada de Claudio lo cohibió un poco, aunque igual siguió diciendo.

-Cuando me canso de leer y escribir mis memorias, vos sabés, me entretengo viendo como el sol cambia su itinerario de acuerdo al cambio de las estaciones. Y con él, la sombra en la galería. Tanto a la mañana como a la tarde. Así que puedo aseverar que ahí, el sol nunca alumbró así como lo hace ahora.

-Oscar, a nuestra edad, hay muchas cosas que nos parecen ciertas pero que no son reales. Sólo viven en nuestros anhelos y fantasías. Los defectuosos recuerdos que guardamos nos juegan en contra y nos llevan a callejones sin salida. Sumale a eso la perspectiva personal que tenemos de los fenómenos físicos a los cuales les damos una singularidad que, en realidad, no tienen. ¿Te acordás cuando te expliqué la teoría de la relatividad?

-Sí, me acuerdo. También de la broma macabra que me hiciste.

-Te pido sinceramente perdón -compungidamente dijo Claudio.

Los dos ancianos retrotrajeron imágenes y palabras de aquel suceso en que Claudio, después de intentar varias veces hacerle entender la teoría de la relatividad a un empecinado Oscar en no comprenderla, logrando con gran esfuerzo en cada nueva explicación simplificarla, haciéndola cada vez más y más sencilla, hasta un punto en que su atribulado amigo dijo que por fin la entendía y entonces llevado por su cansancio, sarcásticamente mencionarle.

-Me alegro que por fin sepas. Pero quiero aclararte que lo que acabas de comprender, a fuerza de simplificarla, ya no es la teoría de la relatividad.

El presente irrumpió en las cavilaciones de ambos con las palabras de Oscar.

-En nombre de tu sincero arrepentimiento, debo decirte que, en verdad, aquella vez no la entendí bien. Y si no te lo dije, fue porque ya me daba no se qué los cambios de color en tu cara y tuve miedo de que te enfermaras de rabia. Se miraron en silencio, ambos comprendiendo que hay un tiempo para decir verdades que no duelan. Y si se quiere no herir, no hay que apresurarlo.

-Dejame decirte algo. Para tu tranquilidad no voy a hablar de masa ni de la velocidad de la luz. Sólo imaginate que estás viendo pasar un tren en marcha a una velocidad de sesenta kilómetros por hora. En un vagón hay dos personas jugando al ping-pong. Vos verías dos cosas. La primera, cómo la pelota salta tirada por uno y otro oponente. La segunda demostración que tendrías, es que la pelota también se traslada en el espacio, junto con el tren, los jugadores y las cosas que van dentro de él. Pero si estuvieras al lado de la mesa, sólo verías a la pelota rebotar de un lado al otro de la mesa. Eso te da una idea de la relatividad en que vemos suceder los fenómenos físicos, dados desde nuestra mirada y posición en el espacio.

-En el fenómeno del que te hablo no hay dos posiciones. Mi ángulo de visión no ha cambiado, pues la hamaca ha estado siempre en el mismo lugar.

-Lo que de seguro no cambia es tu testarudez.

-Y no va a cambiar hasta que me demuestres lo contrario.

-Oscar, voy a proponerte algo en lo que seguro estaremos de acuerdo. Iré a la cocina a preparar unos mates que nos servirán para distendernos, porque si la seguimos, aparte de enojados, nos vamos a quedar sin mateada -dijo Claudio levantándose prestamente, como no dando lugar a réplica.

- ¡Aprobado por unanimidad!

Las palabras de Oscar lo alcanzaron en marcha ya hacia su objetivo, sacudiéndolo ese grito de pasadas asambleas partidarias.

Lejos, muy lejos de ahí, al otro lado del mundo, en la ciudad de Ginebra, Suiza, en las antípodas de la calidez humana que anidaba en esa galería misionera, levantada en los bordes de la ciudad de Puerto Iguazú en donde la selva malamente peleaba su supervivencia en un trance que ya los expertos daban por perdido, los representantes del Cónclave Mundial de Físicos y Astrónomos, llegaban a la conclusión de que, inevitablemente, el sistema solar iba a ser succionado por la inesperada aparición de un agujero negro en el espacio interestelar que hasta el presente había estado “dormido”.

Lo extraordinario del suceso había quedado irremediablemente demostrado y sólo quedaban por hacer hipotéticos cálculos con respecto a qué velocidad desaparecería el mundo conocido.

Las enormes sequías e inundaciones que ocurrían por doquier, así como la persistente desaparición del casquete polar, ya anunciaban la inminencia de un desastre ecológico irrefrenable. Aun así, ni a los peores agoreros se les ocurría pensar en un fin de esta naturaleza, a pesar de ser un fenómeno común que con frecuencia ocurre en todo el universo.

Sería tarea de las distintas sociedades prepararse para el magno fin.

Cruz Omar Pomilio

El relato es parte del libro Cuentos Misioneros, Parte IV. Pomilio reside en Puerto Iguazú y ha publicado Cicatrices del alma (poesía), La licorera y otros cuentos y Los 33, (novela), entre otros.

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