jueves 27 de enero de 2022
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Raúl Barboza estrena el documental 'La Voz del Viento'

Artista sensible, expresión de luces y selva

El ‘ mago del acordeón’ se sumergió en los encantos de la tierra misionera y habló en exclusiva con El Territorio. Recordó los orígenes de su música y agradeció por más de 8 décadas de historia. Hoy a la tarde da una charla gratuita en el Parque de la Cruz previo al estreno del documental

viernes 14 de enero de 2022 | 5:30hs.
Artista sensible, expresión de luces y selva

Narrador nato, Raúl Barboza da lujo de detalles en piezas de relato de su venturosa vida. Describe cada paisaje, cada anécdota, el perfil o la característica de la persona que lo acompañaba en ese devenir que se vuelve carne. Alrededor suyo en los espectadores siempre reina el silencio, ya sea atrapados por su apacible oratoria o por la contundencia de su música.

En medio de un ambiente que parece sentarle de maravillas, verde tupido, incesante canto de aves, silbido de chicharras y el ‘crujir’ de otros insectos, el mago del acordeón está rodeado de magia, no es interrumpido pero sí acompañado por este apabullante sonido que trae la selva consigo.

Y se toma el tiempo de apreciarla, de llevarse un pedacito así sea en la mente, para después buscar recrearla en los sentires de otros vientos, otras latitudes y otras expresiones musicales.

Hermanando la espontaneidad que surge de su acordeón como de su decir, ante la pregunta obligada de qué desafíos avisora hoy, entiende que ‘‘nunca me puse: ‘ahora voy a hacer esto’, la música no se proyecta, nace’’.

‘‘Es como la palabra, cuando uno tiene un verbo y lo puede utilizar, lo utiliza de manera espontánea. Yo no soy un gran poeta ni tuve estudios fuertes en lingüística, pero he leído, me instruyo y trato de utilizar la palabra que es un don de Dios, lo mejor que puedo’’, deslizó sobre su visión instintiva de abordar la vida. Sí, en esa línea, creyente férreo, agradece por la salud tras haber caminado más de 8 décadas y mantiene el cuidarse como rutina. El reto de seguir viviendo y creando a cada paso.

Disfruta la calma de la ciudad de las luces y se le dibuja una sonrisa cuando le nombran un buen asado argentino o lugares que añora como el Santuario de la Virgen de Itatí. ‘‘No es que retrocedo mentalmente, pero sí mis recuerdos más felices están aquí hace unos años atrás’’, retrató con la mirada fija en la selva misionera. Hoy su presente lo tiene en París y aunque la cuarentena lo acercó más a sus diversos y cosmopolitas vecinos para quienes tocó desde el balcón, sabe que ese no es su hogar. ‘‘Estoy bien, extraño mi casa, pero sé que estoy espiritualmente en ella’’, alegó.

La voz del viento
Además de haber estremecido al público posadeño en el anfiteatri Manuel Antonio Ramírez, Barboza dará una masterclass mañana en el Parque Temático de la Cruz y luego proyectará junto al realizador Daniel Gagliano, el nuevo documental sobre su arte. Tal como describió el propio acordeonista, el material fílmico es un ‘collage’ de sus vivencias.

Se enfoca quizás en la característica más perceptible de Barboza que es su relación con la naturaleza, la fuente de su sonoridad.
Su carácter curioso constante le permite admirar el monte nativo, sus raíces guaraníticas o los vaivenes de una ciudad que no duerme, con la misma profundidad.

‘‘Hacía mucho que no veía la selva o una parte de la selva, miro para allá y es tan tupido... es mucho’’, reconoció en la galería del lodge que visitó estos días, en su paso por la Tierra Colorada.

Barboza tiene un andar de alma noble, sin prisa, que presta los respetos a todo ser que se le cruce, sin divismos pero con grandeza.
Con esa honda humildad se ha ganado un lugar en la elite musical del mundo y se ha codeado con los más grandes artistas, desde que Astor Piazzolla lo apadrinó para que se instalara en Francia.

Así, rompe paradigmas constantemente y no sólo exportó la música guaraní -como denomina al chamamé, la polca y más- sino que introdujo un estilo. En la música clásica de complejas y estructuradas partituras como regla, supo acompañar a intérpretes de toda índole, con su propio ‘librito’ sin defraudar en una sola tecla. Improvisando y engalando al entorno.

Es inevitable teletransportarse a ‘la tierra sin mal’ con los sonidos que evoca Barboza. Historias de seguidores ‘casuales’, que hablan de un aliciente para el dolor, lo confirman y aunque ni él mismo busque darle una explicación o sentido, lo movilizan.

‘‘En una oportunidad una señora en Rosario, me dio un papel y se fue. Era una carta y decía que ella estaba enferma, que estaba haciendo quimio pero eso le daba muchos dolores y me dijo: ‘un día escuché un chamamé en la radio y ni bien lo escuché se me fue el dolor. Lo llamé a mi marido y lo mandé a la radio a preguntar qué era y que me consiguiera el disco’. Era La tierra sin mal, no sé como hizo para conseguir el disco pero decía que cada vez que le tocaba hacer la quimio, lo escuchaba y la aliviaba. Está diciendo algo que yo desconozco, yo sé que pasó pero no sé por qué pasa y no sé por que yo’’, contó Barboza, sumergiéndose en el halo de lo místico y misterioso.

La cultura guaraní, no tiene a la naturaleza como algo puntual sino el todo, desde la tierra -Yvy- y el sustento vital hasta lo espiritual, Barboza vibra también a la par de ese sentir.

‘‘Siempre me llamó la atención el canto de los pájaros y el ruido que provoca el viento en algunos árboles’’, reflejó al recordar que de chico el chiflido del viento en las casuarinas le resonaba como un tétrico llanto. ‘‘Después, con los años lo vi como la voz de la vida’’, arguyó. Precisamente La voz del viento se llama una de las canciones del significativo La tierra sin mal, que Gagliano eligió como nombre para su documental.

‘‘Muchos han olvidado que la música es un sonido que nace de quien lo provoca. Ese sonido quieras o no sale del interior y cuando yo provoco un sonido y lo estoy tocando trato inconscientemente de que ese sonido se proyecte’’, dijo acordándose de cómo una maestra mestiza uruguaya le enseñó una técnica especial para proyectar la voz. ‘‘Me apretó una vértebra y exhalé el sonido de una nota en particular, la columna es un instrumento. Ahí yo aprendí que somos un instrumento musical. Cuando nos expresamos, el sonido de nuestra voz, el timbre, cómo articulamos la palabra y cómo desarrollamos el volumen del sonido, es música’’, agregó. Al reconocer que cuando toca el acordeón se abstrae de todo y simplemente siente, insistió en la idea de que la música simplemente surge, nace, que todo finalmente ‘‘expresa lo que somos en el interior’’.

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