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También colabora en un hogar de niños judicializados

Tocó fondo y hoy ayuda a chicos a alejarse de las adicciones

Beto Sánchez es un músico de reggae que en su juventud fue adicto. Con el arte y su historia de vida busca encaminar la vida de jóvenes en Leandro N. Alem

lunes 03 de enero de 2022 | 5:30hs.
Tocó fondo y hoy ayuda a chicos a alejarse de las adicciones
Además tiene una banda de música reggae con letras motivadoras. Foto: Horacio Ortiz
Además tiene una banda de música reggae con letras motivadoras. Foto: Horacio Ortiz

Ayudar. Quizás haya inconmensurable cantidad de formas de ver o sentir esta palabra, disímiles maneras de llevarla a la práctica y no menos definiciones desde la semántica o hasta la etimología. Pero cuando se hace carne en alguien que la ve casi como una necesidad para lograr su paz, toma matices indescriptibles y obtiene resultados que rayan lo utópico.

“Hay que dar menos charlas y hacer más escuchas”, dice Luis Alberto “Beto” Sánchez, un músico de reggae que tocó fondo en su juventud y decidió poner ese infierno de cabeza para no sólo darlo vuelta en su vida, sino también ayudar a cientos desde su fundación ‘Olla, pelota y guitarra’, que en cierta forma define el rumbo de su vida.

Taller
Este hombre llegó a principios de 2018 a la ciudad de Alem con el objetivo de trabajar dentro del Hogar de Niños Norberto Haase, un lugar donde recaen decenas de niños abandonados y judicializados que son atendidos y contenidos por miembros de la iglesia Zion local.

En diálogo con El Territorio, contó que al encontrarse “con tanta tristeza y amargura de muchos” decidió ir más allá y comenzó en septiembre de ese año a dictar los seminarios de Transformadores Sociales junto a profesionales de la psicología que lo acompañaban.

Con algunos de ellos, a los que instruyó y motivó durante varios meses, inició tiempo después el taller Brillarte, en el que se dictan clases de música, canto, arte plástico, ayuda escolar.

Ya son muchos los chicos con problemas de adicción que concurren a un espacio en el que los escuchan, los acompañan, los entienden y los ayudan a buscar a llenar esos vacíos que muchos buscan suplir con sustancias.

Este singular lugar no tiene sustento del Estado, no cobra nada a sus alumnos y es solamente sostenido gracias al aporte voluntario y anónimo de vecinos y empresas que vieron en este músico de profesión y pastor de vocación una forma de ayudar a la comunidad.

Varios jóvenes corroboraron que encontraron allí un lugar donde pudieron plantear su adicción y comenzar su etapa de curación.

Casos de personas que intentaron atentar contra su propia vida también son parte de esta gente “rota” que Beto y su equipo van reparando desde la visión de “los tenemos que escuchar sin juzgar”.

Asimismo, señaló que “hay que ponerle no solamente el corazón, sino también la inteligencia y cuando logramos tener esas dos cosas aprendemos a trabajar en equipo y entendemos que necesitamos del empresario, del albañil, del profesor de música, de distintas personas, y así nos ayudamos”.

En carne propia
Nadie se la contó, él la vivió y quizás desde ese vértice, desde esa veta de su vida que lo golpeó y de dónde pudo salir, es hoy la mejor herramienta para llegar a lo más profundo del corazón de muchos jóvenes y no tanto.

Cantante y amante de la música reggae, su particular estilo y semblante acompañan a su visión disruptiva de la forma de encarar estas grandes problemáticas sociales, ya que lo llevaron a editar discos con su banda ProclamaZion y es un valor agregado incalculable el relato de su propia vida que no teme exponer en cada charla.

Para quien lo quiera escuchar, cuenta que tras haber nacido y vivido hasta los 10 años en Uruguay se mudó junto a su familia a la ciudad de Buenos Aires. Al llegar comenzó a consumir drogas y ya en la adolescencia abandonó su hogar y decidió vivir en la calle.

De la mano de un amigo viajó a Brasil, donde conoció a su actual esposa, Silvia, y con ayuda de ella y la iglesia evangélica a la que se sumó logró dejar las drogas y dedicarse a la música y al trabajo social.

Asentado, formó una familia con cuatro hijos, dos de ellos nacidos en Brasil, hasta que su congregación lo envió de regreso a Buenos Aires. Desde ahí, desembarcó en la provincia de Santiago del Estero donde fundó la ONG ‘Olla, pelota y guitarra’. Entendió que conjugando estas tres cosas podría llegar a los barrios más humildes.

Tiempo después abrió centros educativos, escuelas de música y comedores para niños y jóvenes, ofreciendo asilo y acompañamiento a quienes habían caído en el consumo de drogas y alcohol.

Desde 2018 vive en Alem porque el destino lo trajo para poder tener a su anciana madre y una tía en un hospicio cristiano de la Iglesia de Dios local. Desde ese momento su pasión por ayudar lo llevó a formar personas, abrir este centro y trabajar fuertemente con varias escuelas para acompañar y recuperar chicos adictos.

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