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Una manuelada

domingo 02 de enero de 2022 | 6:00hs.
Una manuelada

Para mentiras y cuentos, ninguno como mi pueblo – dijo la Manuela que nos había caído como peludo de regalo, según mi tío Chirulo que no se llevaba muy bien con su hermana, por no sé qué historia de buscar la leche, cuando eran chicos y parece que siempre le tocaba a él.

Ya vas a salir con una de tus manueladas – dijo el tío mirando de costado y de reojo, sin sacar la pipa de la boca.

-¡Pero si hasta yo misma me lo creí!- dijo la Manuela, que juraba haber visto víboras con pelos.

Porque parece que el monstruo de dos cabezas comenzó siendo un decir, un me pareció haber visto, un saben que la otra noche. Y cuando se dieron cuenta el chisme se vendía por metros.

Y es que en el valle, de pronto, los jueves, más precisamente entre las diez y las once de la noche y más, más precisamente en uno de los badenes de la ruta hacia el valle, justo los jueves, se aparecía el monstruo de dos cabezas.

¡Pero si hasta yo misma me lo creí! – volvió a insistir la Manuela que, cuando se ponía a contar, enganchaba el rabo de uno con las orejas de otro y había que decirle como mi tío Chirulo: “Pará Manuela, que ya estás contando una manuelada”. Y ella que sí, que lo había visto con sus propios ojos sin lentes – que ni falta le hacían aunque ya sumaba ochenta y tres pirulos -, caso raro, ¿no?

Digo, el del monstruo de dos cabezas. Aunque a lo mejor, quién te dice, por ahí resultaba que eran monstruitos gemelos siameses como vi en una figura de tiras cómicas.

Pero parece que no. Que el monstruo – y ya eran muchas las personas que lo habían visto y lo nombraban santiguándose – que tenía forma de animal cuadrúpedo, con perdón de la palabra, y ojos de fuego; capaz que era el diablo disfrazado asustando a los pecadores almas herejes que ni a misa iban los domingos.

Pero no. Porque uno más corajudo le mostró una cruz bendecida y nada.

El monstruo allí en el medio mirando fijo y después, como quien no tiene apuro, cruzó el campo y desapareció.

-Claro, se evaporó como el agua de la acequia. Se lo llevó el viento Zonda, la Difunta Correa...

¡No confundas gordura con hinchazón! – se enojó la Manuela, que cuando se enojaba le hervía la españolada en la sangre -. Y no estaba zondeando, por si quieres saber – le espetó a mi tío Chirulo, su hermano y para colmo menor.

El caso es que el monstruo de dos cabezas tenía atemorizados a todos los afincados y peones. Y nadie quería ir al boliche después que entraba el sol; que no entraba nada, se escondía nomás en el horizonte.

Y con doble vuelta de llave, trancas y pasadores la gente quietita en su casa, hablando en voz baja y atenta a cuanto ruido viniera de por allá.

Hasta que el monstruo de dos cabezas se le cruzó a un ómnibus de turismo.

- ¡Menos mal, porque el bolichero se estaba fundiendo y la gente comenzó a vender sus fincas con viñedo, olivares y plantaciones de espárragos por miedo al monstruo!

Pará, Manuela, pará. Que no sería para tanto, mujer – dijo mi tío Chirulo con la pipa hacia el otro costado de la boca.

El que paró fue el colectivo, y encandilando al monstruo bajó el chofer y dos o tres cristianos descreídos y enfrentaron al pobre animalito de Dios que resultó ser un toro “aleyado” de Don Matías que después contó – muerto de risa por la superchería de la gente ignorante- cómo el toro, perseguido por un puma, saltó un alambrado y casi se degolló, cuando era torito; pero se salvó por milagro y desde entonces le creció como una giba al costado y así andaba por el mundo, la cabezota de un lado y la protuberancia del otro, asustando a cuando cristiano creyente había por ahí.

Y menos mal que la Manuela había venido con una buena provisión de aceitunas, dulce de cayote en hebras, membrillo en casquitos, berenjenas en escabeche y hasta una pieza de jamón crudo hecho por sus propias manos, que si no...

¿Que si no, qué?

Yo no hubiera podido contar esta manuelada

Del libro “Las naranjas como globos que flotaban” Coquena Grupo Editor 1992. Escalada Salvo ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.

Rosita Escalada Salvo

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