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El jesuita Marangatú, santo caminante

miércoles 29 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
El jesuita Marangatú, santo caminante

Eran las seis de la tarde de un 24 de diciembre cuando Andrés se despidió de su gran amigo Juan en la puerta del convento. Pero acicateado por un raro impulso no tardó un par de horas en ir a buscarlo. De esta manera se presentó sin previo aviso al seminario donde Juan cursaba los estudios clericales, aunque todavía no comprendía qué lo había determinado a insistir en la entrevista. Andrés lo halló a Juan en la iglesia junto al resto de los seminaristas en pleno preparativo de la Misa de Gallo. Saludó a todos cordialmente y luego ambos se retiraron del recinto sagrado por una puerta lateral que conectaba con el patio central cubierto de césped y aljibe en el medio. Andrés se conmovió con la serena quietud del entorno que invitaba a la plática y, tanto uno como el otro, se despacharon sueltamente contando sus cuitas y dichas pasadas alternando con risas festivas. Recorrieron así los anchos y largos corredores en forma de U que rodeaban el inmenso patio, en cuyo frente la majestuosa iglesia separaba aquel lugar ameno del mundo exterior. Pasaron por las aulas, la biblioteca, que años después llegaría a erigirse en la más importante del Nuevo Mundo, y por la sala capitular donde el superior daba lectura a los reglamentos de la orden dictaminados en más de cincuenta capítulos; de paso señalaba las faltas más comunes cometidas por frailes y seminaristas. Aunque estuviera restringido para las visitas, Juan invitó a Andrés a conocer la planta alta de similar figura arquitectónica, pero con arcos más reducidos. En los corredores estaban dispuestas las celdas con puertas de una hoja y pequeña mirilla. De esa forma Andrés, junto a su amigo, iba conociendo el limitado mundo de los clérigos y seminaristas encerrados en el complejo considerado como un pequeño Estado, cuyo basamento esencial se asentaba en la estricta organización del orden jerárquico y en la eficacia del autoconsumo programado.

-Toda mi comunicación con el mundo sublime está allá arriba -expresó Juan, apoyado en el balcón de una de las arcadas y mirando el cielo.

-De día observo las nubes en movimiento, el límpido firmamento y el sol, algunas veces tapado por las nubes; otras, por lluvias. De igual modo, admiro las noches estrelladas y de luna. Para mí –prosiguió-, este reducido espacio es suficiente. No necesito más para contemplar y acercarme al Espíritu Divino. Este es el cauce mediante el cual me comunico, único y etéreo, porque en definitiva la abstracción de la vida monástica consiste en saber comunicarse con Dios Nuestro Señor por medio de la oración y de la contemplación, manera equilibrada de alejarse de los deseos terrenales.

Andrés escuchaba en silencio y no emitió opinión alguna cuando Juan terminó su explicación. Cosa rara en él, acostumbrado a emitir sus pareceres frente a cualquier concepto. Llegada la hora de la despedida se dieron un abrazo con fuertes palmadas y deseándose buenos augurios navideños. Ya en la calle, mientras se perdía por sinuosas veredas, Andrés no podía apartar de la mente las últimas palabras de Juan sobre la abstracción y la contemplación, que se entremezclaban con el coro de la iglesia que ensayaba villancicos en español y cantos gregorianos en latín, convertidos en esa ocasión en un sistemático runrún que iba y venía cual latiguillo de su pensamiento. Nunca imaginó que entraría y recorrería el complejo edilicio preparado exclusivamente para servir a Dios y para la formación de futuros sacerdotes; que visitaría aquel lugar donde sus habitantes practicaban un riguroso régimen de estricta y de abnegada fidelidad. Al parecer, todo aquello había calado hondo en su espíritu pues, pasados varios días, otro extraño impulso lo incitó a visitar a Juan. Era enero, el día santoral de los Reyes. Inquieto después de aquella conversación navideña, había comenzado a sentir que revulsivos cambios interiores lo agobiaban. Su espíritu ya no era el mismo, se sentía oprimido y pensaba constantemente en las palabras de su amigo sobre los alcances del misterio del éxtasis y de la contemplación; palabras que lo rebotaban constantemente, aún dormido, a tal punto que cierta madrugada se despertó bañado en sudor escuchando voces que le decían que hacía una vida extraviada en el lugar equivocado. Juan, complacido por la visita, escuchaba con serena tranquilidad las palabras de Andrés, quien le transmitía sus sentimientos y los cambios de ánimo que había experimentado respecto del ambiente social y mundano en el que se creía feliz. Parecíale a Andrés que todas las exquisiteces que la diosa fortuna le había otorgado en vida y la confortabilidad recibida ya no le resultaban placenteras. Por eso, interpretando Juan que más allá de un relato su amigo se estaba confesando, intentó no influenciarlo acorde con su posición de futuro sacerdote, pero sí buscó darle una contestación que lo reencauzara en el camino de aquella paz perdida.

-Mi querido amigo, sé que tu relación con Dios no es de las mejores, pero, aun así, te aconsejo que reces. En la oración encontrarás la paz interior y tu verdadero camino-

El 15 de marzo, Idus de los romanos, con escaso equipaje entraba Andrés al monasterio de la Basílica Menor y Convento de San Pedro en Lima, edificada por la Compañía de Jesús en el siglo XVI, para dedicarse a la vida clerical.

Cuenta la leyenda que allá por el Guaira en 1612, llegaron Antonio Ruiz de Montoya y doce discípulos con la misión de catequizar a los originarios guaraníes. Entre ellos dos amigos entrañables: Andrés, muchacho de rica familia, y Juan, el menor de los hermanos de un hogar humilde pero digno. Ninguno de los dos por motivo alguno abandonaron la selva desde que llegaron y, del grupo de los doce, el último en morir fue Juan, ya muy viejito. Después, decían con veneración que el Marangatú, Santo Caminante, se había ido a la Tierra Sin Mal.

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