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El ángel de la Navidad

domingo 26 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
El ángel de la Navidad

Através de la desvencijada ventana, su mirada se perdía en el infinito de un tiempo de agobio y desesperanza. A lo lejos, en la sierra más alta de ese paisaje misionero, se alzaba la imponente Cruz de Santa Ana, receptora de sus ruegos y oraciones. A pesar de tanta belleza, los ojos de María se llenaban de nada mientras buscaba respuestas en el interior de su ajetreado corazón.

Su mente, escondida detrás de una danza de fotografías del ayer, intentaba disimular la pesada realidad que la embargaba.

Sobrepasada y con el alma llena de angustias recordaba el día en que lo esperaron con tanta ilusión allá en las otras sierras de su Córdoba natal. Luego, la vida y sus vicisitudes los había traído a estos lares.

En un momento se estremece evocando las palabras del médico cuando les daba la noticia, insinuándoles la interrupción de la gestación y que junto a su Raúl decidieran continuar. Se siente mal cuando piensa que quizás debió seguir la sugerencia del doctor. Un suspiro profundo brota de su alma, es que la imagen del día del nacimiento era recurrente. Habían soñado a un bebé sano que creciera feliz, poder acompañarlo a la escuela y verlo jugar con sus pares, sueños que pronto se desvanecieron en una realidad diferente.

El ruido de la puerta la despertó del aletargado momento. Allí, con su sonrisa habitual, la dificultad para caminar y aún en pijamas, la miraba sin entender su tristeza. El niño balbuceó un sonido inentendible que ella respondió con el saludo. Lo abrazó y sintió el baboseo de sus besos.

Lo ayudó a asearse, a cambiarse y a desayunar, no podía hacerlo solo. Luego vendrían los trabajos para ejercitar su motricidad, luego… luego la vitalidad de sus años jóvenes se escapaba a borbotones, a cada instante de todos los días.

Apenas aparecieron las primeras dificultades en la crianza, su compañero la abandonó. Al principio le enviaba alguna ayuda, pero desde hacía un par de años no tenía noticias de él.

Luego del desayuno se sentó a su lado y ambos comenzaron a recortar los adornos para una nueva Navidad. Varias figuras quedaban inutilizadas por la torpeza de sus recortes. Con las que podía rescatar armaba guirnaldas que con pinceladas inseguras él las pintaba. En la mesa, los restos de témpera que escapaban de las figuras, se transformaban en miles de duendes multicolores que los miraban con amor.

Una nueva Navidad solos. Sus amigas y parte de la familia se fueron alejando, nadie los invitaba y cuando ella lo hacía, distintas excusas justificaban las ausencias.

¿Cuál era su culpa para que le haya tocado un hijo así? ¿Cuál fue su pecado para merecer esa cruz? ¿Dónde fueron a parar sus sueños de juventud? Lo amaba, pero era muy duro criarlo sola. Nunca pudo rehacer su vida, ser una bella mujer no alcanzaba, los pretendientes desaparecían al conocer a Daniel.

Debió dejar su trabajo para dedicarse a él y sobrevivía con la venta de panes y pasteles, además del plan que un político conocido le consiguió.

En el pueblo lo habían atendido médicos y psicopedagogas, pero nada en concreto. No había institución a la que pudiera llevarlo un rato y poder descansar. Así, ya habían pasado nueve largos años y las dificultades que él presentaba, crecían con su edad.

La llegada de la Navidad despertó en ella nuevas esperanzas. Con elementos reciclados y los viejos adornos que guardaba en una caja arriba del ropero comenzó a ornamentar el hogar. Las lucecitas de años anteriores no se encendieron más, ello no le importó mucho, en realidad sería un gasto menos en la factura de energía.

Daniel la miraba sonriente, cada vez que intentaba ayudar, algo rompía o salía mal. Y allí ella, con su santa paciencia para hablarle y corregirle con amor y resignación.

Esa noche esperó que se duerma y se ubicó nuevamente junto a la ventana. Miles de luces de colores se encendían y apagaban en las casas vecinas.

Mañana sería Nochebuena y otra vez la soledad los uniría. Los estruendos de algunos desalmados no lo dejarían dormir tranquilo y ella tendría que calmarlo.

Encerrada en sus pensamientos, tardó en ver el resplandor que venía desde el patio. Al reaccionar, la imagen luminosa de un ángel le hacía señas con sus manos. Temerosa, abrió la ventana y la habitación se llenó de luces y flores que la envolvieron. Sintió un fuerte aroma de rosas y una inmensa paz la invadió.

- No temas María. Soy el ángel de la Navidad.

Su corazón latía extrañamente y sin poder reaccionar se dejó caer sobre un sillón, maravillada por esa visión que la extasiaba.

- Dios no abandona y ha visto en ti a la persona capaz de cuidar y acompañar a uno de sus hijos más queridos. Te traigo la entereza y el amor para que cumplas tu misión. Yo te ayudaré, Él me asignó para que te acompañe en los momentos difíciles. Solo te pido una cosa: no tengas resentimientos en tu corazón y ama, ama sin medidas, pues en el amor encontrarás la paz que buscas. No estás sola, muchas familias están contigo en esta misión. Mañana, luego de la Misa de Gallo, acércate con Daniel y regala a las familias que salen del templo lo mejor que sabes hacer acompañado de un mensaje de Navidad.

En ese momento sintió que la sacudían. Abrió los ojos y allí estaba Daniel sin entender qué hacía su madre dormida en el sillón. Se abrazaron un largo rato.

La ventana estaba abierta y aún le parecía percibir el aroma de rosas.

¿Había sido un sueño? ¿Y si Dios le habló a través del ángel?

Y comenzó a preparar los pequeños panes dulces con confites que les salían muy ricos y a escribir frases de Navidad para adornarlos. Al anochecer, vistió a Daniel con sus mejores ropas y ayudado por la vieja silla de ruedas, se ubicaron en el atrio. Las estrofas de “Noche de paz, noche de amor…” entonadas por el coro sonaban en la noche mágica, la gente salía y se encontraba con el regalo. Algunos pasaban sin mirar, pero la mayoría agradecía el presente.

Aún le sobraba un pan y ya nadie salía, por lo que se dispuso a regresar a su hogar. Sintió un repentino deseo de entrar y hacer una oración al niño de Belén para que todas las familias con un hijo como el de ella sean bendecidas. En ese momento, un hombre sale del templo y la ayuda con la silla del niño. Al querer agradecer la amabilidad y obsequiarle el último pan lo reconoció:

- ¡Raúl!... ¿Qué haces aquí? - y se puso a llorar.

- Tenía vergüenza de volver. Anoche un ángel me apareció en sueños y me habló de ustedes y sus necesidades… y no dudé en venir. Perdónenme ¡Quiero ayudarlos! -Y se abrazaron en medio de sollozos.

En el suelo, de una tarjetita caída de un pan dulce se leía: “Ama sin medidas, pues en el amor entenderás que Dios te da la cruz que sabe puedes cargar”.

Las luces de Navidad se encendían y apagaban rítmicamente. La figura de los tres se fue perdiendo en la Nochebuena. Un adorno con forma de ángel les hacía guiños de luces. María había reencontrado una ayuda y Daniel recuperaba a su papá…Ya habría tiempo para hablar de las heridas abiertas del pasado. Navidad es un tiempo para ser feliz haciendo feliz al otro. ¡FELIZ NAVIDAD!


(Este cuento quiere rendir homenaje a aquellos hombres y mujeres a los que Dios eligió para la difícil misión de cuidar a sus hijos más necesitados y queridos, aquellos con las más diversas capacidades diferentes, físicas o psíquicas. Ellos también se merecen una Navidad digna.)

José Pereyra

Inédito. Pereyra es docente jubilado y reside en Virasoro, Corrientes. Tiene publicado los libros Ramos Generales y Mboyeré, editado en 2020

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