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De cómo los reyes magos se enteraron del nacimiento de Jesús

domingo 26 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
De cómo los reyes magos se enteraron del  nacimiento de Jesús

El único libro que habla de los reyes magos es el evangelio según San Mateo, que nos cuenta que unos sabios del oriente vinieron siguiendo una estrella, según contaron al rey Herodes, para encontrar al niño Jesús en su pesebre. Tuvieron en esta famosa estrella de Belén su guía y su norte, pero en ningún libro, ni en la biblia, ni en alguna biblioteca, he encontrado la información de cómo se enteraron estos sabios del nacimiento de aquel que ha de ser Rey. Según nos cuenta el libro de San Lucas, el médico escritor y cuentista, los primeros en enterarse de la noticia de la natividad del hijo de José y María fueron los pastores, que cuidaban su rebaño en las faldas de algunos cerros en la lejana Belén de Judea. Claro si los pastores se enteraron del glorioso y altisonante anuncio de los ángeles, está claro que las ovejas, cuidadas por los pastores, los perros ovejeros, las liebres y algún zorro malandra, también se dieron por enterados de la noticia.

Para no cambiar verdades, ni realidades de la historia cabe la pregunta de ¿cómo se enteraron los reyes de la natividad del hijo de Dios? Además, ¿Dónde estaban? ¿Quién les iba a avisar de semejante noticia?

Bueno, la respuesta se las voy a relatar en la siguiente historia. Ah, claro, primero debo presentarme soy Azinsky, un chacarero de acá cerquita nomás, tengo una chacra en la ribera del Uruguay, el lugar que me legaron mis padres inmigrantes polacos ellos y, aparte de dedicarme a plantar tabaco y mandioca escribo, leo y me hago preguntas. Descubrir semejantes verdades me hizo viajar por el mundo investigando, pasando mucho tiempo en bibliotecas y universidades, que me ayudaron a contestar estas preguntas. Los fondos para estos viajes salieron del monte de pino, que mi padre había plantado y yo hice cortar para hacer machimbres.

La verdad la descubrí en el medio de la plaza de Estambul, una importante ciudad de Turquía. Tomaba yo café en esta plaza, aunque debo confesar que siempre prefiero tomar el mate por la mañana, pero a falta de yerba, bueno es el café. Se me acercó un vendedor ambulante ofreciéndome antiguos rollos de pergaminos y papiros a un precio que me parecía una locura. Le pregunté si estos documentos están en la biblioteca, lo cual el negó rotundamente, con cierto enojo, ya que si estos documentos estarían en la biblioteca no las andaría ofreciendo por la plaza. Miré, sin mostrar mucha curiosidad, los ancestrales documentos que llevaban los siguientes títulos: “Verdades reveladas por los reyes destronados por Jesús”, “Mentiras en relación al nacimiento del Rey de Reyes” y uno, que me llamó particularmente la atención, llevaba el título de “Verdades de los reyes que adoraron a Jesús”. Después de parlamentar, negociar y asegurarme de comprar un documento autentico, a un precio módico y accesible, me puse a leer el ancestral escrito.

Efectivamente en este documento estaba descripto con lujo de detalles de cómo los sabios de oriente se enteraron del nacimiento y de cómo emprendieron su camino recorriendo la vuelta al mundo en pos de una estrella que insistentemente los iluminaba, los guiaba y dirigía al lugar, que resultó ser un corral de animales, devenido en morada real.

Cuenta que, al compartir los ángeles la buena noticia con los pastores, los perros ovejeros, que son unos animales muy inteligentes, sagaces y atentos, discutieron con las ovejas porque esta noticia recién escuchada por el tropel de pastores debía llegar a oídos de los sabios para que ellos urgentemente trajeran los regalos para el niño. Claro, la noticia debía correr rauda y ligera porque, como todos los niños, este tampoco podía esperar mucho tiempo su regalo sin ponerse caprichoso y largarse a llorar con terribles berrinches que preocuparían a mamá María y a papa José. Así que los perros decidieron que las ovejas disimuladamente les pasaran las noticias a las ligeras cabras, que corriendo a toda velocidad se lo pasaran a las liebres, esto no lo podían hacer los perros ya que las libres huirían, antes de escuchar la importante noticia. Las liebres conscientes de la importancia de la confidencia, para evitar el llanto del niño, pasaron la noticia a las lechuzas, que estaban encaramadas en las altas encinas sobre las alturas del Golán. Como las lechuzas son muy sabias, y tienen grandes ojos de tanto prestar atención, estaban muy enteradas que los sabios no estaban en oriente, si no que estaban en el occidente en un viaje para intercambiar productos.

Cabe aclarar aquí que el mundo de aquella época era conocido en todo su ancho por los sabios que viajaban continuamente para conocer amplias fronteras e intercambiar variedades de alimentos, especias y metales preciosos. Ya habían estado en China y en África, para cambiar telas por valiosas maderas y arroces por granos de trigo con un alto contenido en gluten. Pero ahora estaban en las lejanas tierras guaraníes investigando nuevos productos para mercadear.

Las lechuzas rápidamente les pasaron la información a las cigüeñas, que en su largo peregrinar, la llevaron a los delfines del mediterráneo, que vertiginosamente pasaron por el canal de Gibraltar para entregarle la información a los tiburones que se las dieron a los pulpos y estos a las tortugas, que justamente salían en su largo viaje para desovar en las costas de la amazonia.

Pero como no estaban seguras de la ubicación de los reyes, la información debía entrar por el río Amazonas, pero también por el río De la plata, para que cunda, se desparrame y llegue a todos los confines de esta tierra que luego Colón descubriría y finalmente recalar a los oídos de los reyes.

Por el Amazonas unos delfines rosados fueron los primeros en tomar la posta, luego unos veloces sábalos y, por último, las anguilas, que fueron llegando a las vertientes de los distintos arroyos, pero no encontraron a los reyes, aunque transmitieron la noticia a los monos y a los gatos de monte que había en la zona. En cambio, por el Paraná, también fueron primero los delfines del Río de la Plata los que tomaron la posta y pasándosela a los surubíes y a los dorados, que fueron llevando la noticia hasta las mismas cataratas, hoy llamadas del Iguazú. Allí fueron los vencejos los que continuaron con su misión de correo, luego los coatíes, las urracas y las golondrinas, que casualmente estaban en este verano descansando junto a las aguas grandes.

Ya entrada la noche, cuando Yasy morotí, la blanca luna, salió a mirar y a controlar que todos estuvieran bien dormidos, los llevadores de las misivas se enteraron que muy cerca de este lugar estaban reunidos los tres caciques más grandes de toda la región, con los tres sabios de oriente.

En una choza, bajo un gran chivato estaban, Kuaraháy, el bravo jefe de las tribus que habitaban la selva misionera y el Paraguay, Kenchó, que reinaba sobre la selva paranaense desde los límites del Paraná hasta el mismo Amazonas, y Sayaní, el rey Inca de toda la extensión en que se encontraban las altas cumbre y la cordillera de los andes. Estaban celebrando el cierre de una ambiciosa permuta, ya que intercambiaron yerba mate por mirra, piedras de amatistas por oro y ricos perfumes de canela, extraída de frondosos árboles de la selva, por el incienso que traían los reyes.

—¡Tenemos buenas noticias! — gritó el colibrí, Mainumby Punzó, mientras libaba el néctar de una flor.

—¡Urgente, hay que ir a saludarlo y a celebrar su nacimiento! ¡Nacimiento! ¡Nacimiento! —gritaba el benteveo.

—¿Qué? ¿Cuándo nació? ¿Dónde? —preguntaron los sabios.

En estos momentos una gran estrella pasaba desde oriente hacia occidente, primero por sobre el río Uruguay, luego por la selva misionera y, por último, sobre las brillosas y escamadas aguas del río Paraná. Todos miraban boquiabiertos al lumínico signo que surcaba el oscuro cielo.

—El Rey de Reyes ha nacido, debemos ir a adorarlo…

Los sabios partieron junto a Sayaní hacia el oeste, rumbo a la cordillera de los Andes, y con la guía de valientes y expertos caminantes las cruzaron utilizando los caminos de piedra preparados varios milenios antes. Al llegar al pacifico unos audaces marineros los ayudaron a construir una balsa, que con una amplia vela y utilizando las corrientes marinas los llevo a las islas del pacifico sur. Allí, debido a sus buenas relaciones construidas en viajes anteriores, lograron cruzar en veloces embarcaciones con velas de junco manejadas por expertos chinos hasta Arabia por el Mar Rojo. En una rápida caravana pasaron a saludar al rey Herodes, que justamente estaba celebrando su larga vida como rey, muy seguro de que nadie lo destronaría, siempre guiados por la brillante estrella llegaron a Belén.

La gran sorpresa de María y José fue cuando recibieron los regalos, de los sabios que llegaron a saludar al niño. En vez de mirra, recibió yerba mate para que su vida esté acompañada de esta fortificante bebida y ser un rey muy despierto y perspicaz. En vez de oro recibió piedras de amatista, que iban a lograr efectos saludables y tranquilizadores en el niño rey, y por último, le entregaron las astillas de canela para que María las usara, siempre que las necesitara, como un saludable remedio.

Una vez más, gracias a la efectividad, a la velocidad y al compromiso de muchos animales, los productos misioneros hacían parte de los elementos, recibidos por un rey, de los grandes sabios del universo. Los animales se quedaron celebrando y cantando con los ángeles toda la noche para alegrarle la vida al niñito recién nacido. Gustoso, el chacarero Azinsky.

Waldemar Oscar von Hof

Von Hof ha publicado los libros De letras y tierra roja, Siesta en el río de los pájaros, De letras chicas y anotaciones al margen, entre otros.

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