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Ñande Reko Rapyta (Nuestras raíces)

Las Navidades de la abuela Benja

viernes 24 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
Las Navidades de la abuela Benja

Como muchos, soy producto del mestizaje argentino, mi familia materna tenía una fuerte impronta italiana y fenotipo muy criollo, mayormente.

La matriarca era Benjamina Pereyra casada con José Mitidiero, mis abuelos, juntos tuvieron seis hijos, más dos que aportó ella de un “matrimonio anterior”, cuando fue cocinera de una estancia en Tatutí - en el límite entre las provincias de Corrientes y Entre Ríos -; por alguna razón la mayoría de ellos fueron bautizados con nombres “homenaje” – Fornarina, Felisa, Josefa, Deogracia, Pascuala - que los hizo acreedores de sobrenombres como Maruca, Beba, Negra, Mina - se salvaron de la costumbre los varones, Antonio Ramón y José Cayetano, a los que llamábamos Toto y Tito, y mi mamá Sara.

Fue un matriarcado estricto y despótico, pero al ser lo único que conocimos como familia estaba bien, crecimos en medio de mujeres fuertes y machistas, tuvimos “cinco madres” y la abuela porque todas opinaban y decidían todo sobre nosotros los niños; desde un corte de pelo hasta una amistad, pasando por el traje de un acto escolar era aprobado por las seis mujeres “a lo tano”, es decir apasionada y vehementemente.

Una de las fechas más esperadas era la Nochebuena; en medio de esta familia donde el rito de la comida era el factor aglutinante, los preparativos empezaban, más o menos, el 8 de diciembre por ser el día de la Inmaculada Concepción - nunca entendí por qué -; cada año era la misma escena, la abuela preguntaba qué se iba a comer “el 24” y empezaba la discusión, pastas, asado, rusa, mixta, vitel toné, etcétera, etcétera y después de unos días la resolución era la misma: entrada de vitel toné y/o ananá con jamón, plato principal asado con ensaladas - mixta, rusa, papas con huevos - y de postre ensalada de frutas; no recuerdo disputas por las bebidas, en ese punto había consenso.

Parientes directos éramos veintinueve, más los novios y novias “formales”, algún amigo que aparecía -con o sin familia- y uno que otro “desorejado” decía la abuela Benja que no tenía donde pasar la festividad, al final la cuenta cerraba en, más o menos, cuarenta o cuarenta y cinco personas, sin excepción.

Las compras se realizaban el día 23 muy temprano, en el barrio nomás, don Romano -el almacenero- siempre cumplió con los pedidos a tiempo; mi papá era el asador, empezaba a preparar la carne al mediodía del día 24 secundado por el abuelo Nicolás, costillas por allá, vacío bien salado, pollo prolijamente abierto y condimentado, tripas rellenas con fariña, todo tipo de achuras, montañas de leña y nada de carbón, a eso de las cinco de la tarde encendía el fuego y comenzaba “la cosa”; desde media mañana las tías y mamá preparaban las entradas, las ensaladas y el postre; nadie preparaba el vitel toné como la tía Beba, nadie hacía la ensalada rusa como la tía Mina y nunca nadie más volvió a preparar la ensalada de frutas de la tía Negra… que en realidad era clericó; todo bajo la mirada implacable de la abuela.

Cuando la carne tocaba la parrilla, nos mandaban a bañar a los chicos, cada cual a su casa -vivíamos casi todos en la misma manzana-, una de las costumbres era estrenar ropa y zapatos… siempre; todos los tíos eran comerciantes, sus negocios cerraban las puertas a eso de las 18, ya que debíamos estar preparados para asistir a la “misa de gallo” en la catedral, interminable, aburrida, sofocante, pero no se aceptaba ninguna inasistencia, salvo de “los herejes” del abuelo y papá, que con la excusa del asado nunca “cumplieron con Dios”.

En la casa de la abuela Benja se dejaba todo preparado, en la mesa redonda de mármol con sus bancos en forma de banana -el juego de patio, en definitiva- se disponía la “mesa para los chicos”, tablones y varios caballetes daban forma a la “mesa de los grandes”, a lo largo de la parralera, siempre faltaba un mantel y un par de sillas que se traía de alguna de nuestras casas; ambas debían estar “bien puestas” y de etiqueta -no se concebía otra manera-.

Al regresar de la misa, en tropel, nos sentábamos en nuestros respectivos lugares -que ya conocíamos, la abuela tenía la picardía de ubicar a aquellos que estaban disgustados entre sí, enfrentados, porque “era tiempo de paz”- salvo quienes iban a servir, y arrancaba la fiesta, digo la cena; entraba el vitel toné, seguido del ananá con jamón -no se repetía este plato- y empezaba a correr la cerveza, vino, gaseosas, a gusto; a continuación, llegaba el asado, achuras, pollo, cerdo, embutidos y las ensaladas, bien salado y condimentado todo y casi sin querer, un rato después, desde la cabecera de la mesa principal la abuela y alguna de las tías hacían la cuenta regresiva y ¡Feliz Navidad!.

Cohetes, cañitas voladoras, estrellitas…de los vecinos, nosotros no éramos de esas cosas, brindis y más brindis con sidra y con lo “que estaba tomando” luego, se cortaban los panes dulces y se seguía comiendo; afuera, en la calle, el baile empezaba a tomar forma, los primos más grandes iban acercándose al portón despacio pero entonces, tía Negra a viva voz comunicaba “llegó el clericó” y todos regresábamos a la mesa… principio del fin de fiesta que se daba muy de madrugada, con un par de tíos dormidos en los sillones “porque estaban cansados” nunca borrachos y algunas de las tías más sonrientes que de costumbre.

Casi con el sol del 25 cada familia retornaba a su casa, a eso de las 9 de la mañana arrancaba de nuevo; todos a la casa de la abuela Benja, los mayores a tomar mate con pan dulce o budín y la gurisada chocolatada con el mismo acompañamiento, después se lavaba la vajilla, el patio, la vereda  y… se volvían a tender las dos mesas con los restos de la noche anterior y de nuevo a comer.

En la sala de la casa el arbolito de casi dos metros era lo único que recordaba el “espíritu de la Navidad”, aunque alguna vez, cuando una de las tías innovó con pequeñas velas encendidas en sus ramas, el incendio que se generó fue un gran susto; los regalos eran traídos por el Niño Dios que, a pesar de “las cartitas” traía lo que se le antojaba –o lo que nuestros padres podían pagar, en realidad-.

Tenía alrededor de diez años cuando mi abuela murió, al poco tiempo también el abuelo y “las fiestas” se fueron diluyendo, no las añoro, son un lindo recuerdo de infancia.

¡Hasta el próximo viernes!

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