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La lavandera

domingo 19 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
La lavandera

Era cosa acostumbrada encontrar por la picada a doña Isabel, con un gran atado de ropa ajena para lavar. Siempre iba acompañada de Laura y José, sus nietos. Los lunes y viernes lavaba para la familia Ibáñez y los martes y jueves para la señora Ana, directora de la escuela.

Doña Isabel jugaba apuestas con el lucero, casi siempre le ganaba y se levantaba antes. Cuando este aparecía ella ya estaba mateando al lado del fogón mientras lentamente preparaba el reviro de todos los días para ella y sus dos nietitos.

El día a veces se le hacía largo en el arroyo. Mucho trabajo. Mucha rutina. Y una expresión en el rostro que solo puede ser causada por un dolor que anida en lo más profundo del alma.

Anciana sí, pero con mucho vigor aún; humilde sí, pero con un corazón tan generoso que no admitía la desigualdad ni el rencor.

Hacía muchos años había enviudado. De su matrimonio nació una hija, una sola hija que se convirtió en su gran desafío. Pero su hija un día se enamoró. Se enamoró de un imposible. De un joven que ya tenía dueña.

Como toda muchacha acostumbrada a la rusticidad y a los trabajos rurales, Julia pagó muy caro su ingenuidad. Su corazón quedó prendido por la pasión y el falso novio, convertido ahora en tierno amante hizo de Julia una mujer dependiente e incapaz de valerse por si misma. Así nació Laura y doce meses más tarde José.

Las rutinarias visitas del amante que se producían al anochecer hasta cerca de las once de la noche, luego de la aparición del segundo hijo, comenzaron a hacerse menos frecuentes.

Una de tantas tardes, Julia, esperando en la puerta, miraba el horizonte que comenzaba a alejarse cada vez más para dar lugar a las primeras estrellas, tuvo un feo presentimiento.

Sin ninguna explicación el amante no vino esa tarde, ni la siguiente. Y así, sin previo aviso, no volvió nunca más.

A la mañana siguiente Julia se ofreció para buscar la ropa ajena para lavar. De ese modo pudo obtener noticias en el pueblo. Su apasionado amante había pedido su traslado definitivamente a Posadas y el pedido le había sido otorgado por razones familiares. Debía atender a su esposa, a quien se le habría detectado una terrible enfermedad.

Una mañana cuando la lavandera se levantó como todos los días se encontró con una carta sobre la mesa. Era de la hija. La única hija. Era una carta muy triste.

Revelaba un gran desengaño amoroso. Decía que era una decisión firme, que se iba a trabajar a Posadas y que en cuanto pudiera vendría por los niños.

Pasaron seis largos años pero Julia no volvía.

Tampoco llegaba ni una sola carta. La anciana cada vez más débil albergaba la ilusión de que su hija estaba bien y esperaba todos los días el regreso. Pero pasaba el tiempo y los niños crecían. Laura empezó a concurrir a la escuela.

Un atardecer, cuando el sol intentaba esconderse tras el monte de paraíso, la lavandera que acababa de llegar del arroyo con su gran atado de ropa ajena lavada, escuchó por la picada el ruido de un motor. ¡Que curioso! Nadie transitaba por ella con vehículo. Los niños corrieron a ver y la anciana los siguió con paso más lento. Allí estaba, parada al lado de un Renault 12 rojo, su hija Julia.

Los niños no pudieron evitar la emoción, se hicieron presentes las lágrimas y la vieja lavandera creyó recuperar a la hija nuevamente. Pero ahora se hicieron presentes también las explicaciones

“Me casé muy bien mamá, mi marido es muy rico pero no sabe nada de la existencia de Laura y José. Al principio pensaba contarle, pero después, desconfiando de mi mala suerte preferí callarlo. Te dejo este dinero. Por un buen tiempo te va a servir… eso si, no quiero que sigas lavando ropa ajena. Yo cada mes te voy a mandar plata para vos y los chicos”.

Esa noche Julia volvió a encontrarse con su niñez, su adolescencia. Su cama estaba tendida como esperándola allí, en silencio. La patilarga con cabello de lana que su madre le había hecho para el día de su cumpleaños permanecía colgada en la pared. Fueron miles los recuerdos que volvieron, algunos para devolverle los momentos felices de su niñez y otros, solamente para atormentarla.

Muy de mañana doña Isabel se levantó ilusionada y penetró en el cuarto de Julia para despertarla. Pero estaba vacío, solo encontró como hacía muchos años una nota en la mesa que decía, “No te preocupes viejita, cada mes te voy a mandar plata, pero por favor no laves más ropa ajena”.

Pasaron tres años más, largos y agobiantes. Por suerte la lavandera guiada por un impulso no dejó de lavar ropa ajena en el arroyo, pero los viajes al correo los martes y los viernes se convirtieron en una rutina. Y la carta nunca llegó.

El sol estaba alto esa mañana. Laura se despertó sobresaltada, más que nunca le costó despertar a José. “¡Qué raro no me llamó la abuela para ir a la escuela!”, pensó y sin saber por que las fuerzas comenzaron a abandonarla y las piernas casi no la podían sostener. Con su hermano de la mano, penetraron en el cuarto de la abuela. Se pararon en la puerta. La vieja lavandera estaba acostada, mirando el techo con los ojos muy abiertos. Una palidez mortal cubría su rostro frío y las manos heladas colgaban del catre. A su lado los niños parados estaban muy asustados. Se negaban a aceptar lo que sus ojos veían hasta que un sonoro y tembloroso grito que brotó de la garganta de Laura los volvió a la realidad.

No sabía que hacer ni que decir, hasta que una frase quedó franqueando su voz. Ya era media mañana pero a Laura una leve oscuridad la fue cubriendo, a pesar de ser verano, un chucho de frío se apoderó de su cuerpo. Y se cayó, rodando por el suelo en estado tembloroso. Se quedó un largo rato en esa fase convulsiva. No podía mirar, ni hablar, ni llorar ni gritar. Tampoco podía respirar. Su vida se extinguía rápidamente, se escurría entre el silencio y la rutina.

Ahora ya estaba otra vez junto a su abuela. La había acompañado siempre en su vida y ahora lo hacía también en su muerte.

El último estertor agónico de Laura, volvió a la realidad a José. Estaba preso de pánico y un escalofriante estado cobraba espacio en su vida ahora vacía. Miró todo lo que ocurría a su alrededor y de pronto notó la soledad. Allí estaba parada, mirándola y sonriendo, dejando ver una boca desdentada de la que fluía un hilo de baba espesa y sanguinolenta.

José estaba ahora preso de pánico, el silencio lo iba envolviendo poco a poco. Fue entonces que casi por impulso, sin saber bien por qué se dispuso a correr el riesgo. En su impotencia, abatido, agobiado y con el pecho oprimido clamó “¡Abuela! ¡Abuelita! ¡Laura! “Lauritaaaa, Abu, ¿dónde está el reviro? ¡Abuela! ¡Abuelaaaaa!

El grito sonoro del niño quedó flotando en el aire. Estaba solo. Completamente solo. Su abuela nunca más volvería a lavar ropa ajena. Laura jamás volvería a la escuela. Ambas habían dejado de respirar.

Lelis Duarte

La autora es oriunda de Mártires. Cantante, actriz y directora de teatro. Tiene publicado más de ocho libros. Ilustración: La lavandera, obra de Mandové Pedrozo

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