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La navidad y el árbol del abuelo escritor

domingo 19 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
La navidad y el árbol  del abuelo escritor

Sin prisa pero sin pausa la tarde ha ido llegando al ocaso. Es el momento del revoloteo de cientos de pájaros, chillando, gorjeando algunos, por un rato hasta que por arte de magia o de un impulso compartido desaparecen entre el follaje del árbol.

La noche se acerca y con ella la llegada de otras visitas: las chicharras. Tal vez comienzan su concierto al unísono sólo después que los pájaros se han alojado entre las ramas, ya que saben que cualquiera de ellas sería una deliciosa cena para alguno de sus emplumados vecinos.

Detrás de la ventana el viejo escritor contempla y oye lo que ocurre, allí a pocos metros de su reducto, donde la computadora se ha convertido en un confesionario y en una mágica manera de sentirse vivo.

No puede dejar de recordar al árbol como en aquellos primeros veranos en este sitio, cuando casi al final de la primavera enormes racimos de áureas flores aparecían alegrando su vista y atrayendo a abejas y otros volátiles clientes a esa fuente de alimentación para las aves y los insectos polinizadores.

Tampoco olvida esa mañana en que vecinos molestos por que las flores iban cayendo frente a sus puertas, en la pequeña vereda de nadie pero de todos, la que quedaba “sucia”, cubierta por las amarillas flores.

Y lo podaron.

Dejaron sólo el tronco y dos ramas trozadas como dos muñones de lo que fuera la hermosa y florida copa.

Una profunda tristeza embargó entonces al anciano, al ver la planta mutilada, tras el festejo de la Navidad de ese año. Y en aquel tiempo fue cuando empezó a notar la falta de los aleteos y altisonantes piares de las aves inquilinas de “su” árbol. Y las tardes se le hicieron largas aún más cuando notó que apenas una despistada cigarra llegó a posarse en las desnudas ramas.

Sin embargo cuando se agitaron los élitros del insecto proyectando al espacio su silbo monocorde e intenso, se notó un cambio en las actitudes del hombre de la ventana.

Un poco de felicidad le había dado ya ver que muchos pámpanos esmeraldinos brotaban donde luego de la poda había quedado sólo una amputada rama.

Pronto el “lluvia de oro” (que así se los llama a esos ejemplares que abundan en las calles y jardines misioneros), ya estaría totalmente verde y sus racimos colmados de bellas y doradas corolas.

Oyó entonces, cuando la modorra iba ganando sus sentidos, que una jovencita de largos y rubios cabellos, le decía… “hola abuelo” y lo abrazaba como se abraza a quienes se quiere pero hace largo tiempo no se los tiene cerca.

Rápida y fluidamente, el abuelo le relató todo acerca del árbol, la poda, las flores, y hasta sumó una descripción con sonidos y todo de la entrada y salida de los pájaros y, en cuanto a las chicharras recordó para su nieta la fábula de la cigarra y la hormiga. De pronto se dio cuenta de algo y preguntó, “¿qué haces aquí sola?”

“La abuela fue con mis hermanas y mi mamá a comprar las cosas para la Navidad. Me encargaron de Ud. ya que cuando salieron dormía profundamente y roncaba como un aserradero. Y yo esperé que se despierte y le preparé un mate… ¿le parece bien”.

El abuelo, en tanto reía feliz y miraba a “su” árbol. Miríadas de abejitas y avispas mieleras” revoloteaban no ya sobre magníficos racimos de amarillas flores, sino en torno a largas y renegridas y perfumadas vainas, preñadas de millares de semillas, que se destacaban notoriamente entre las hojas verdes. Muy verdes. De entre esa ramazón había partido un par de horas antes una bandada de pájaros de varias especies a su labor diaria de conseguir comida.

Sorbió el mate e hizo chasquear los labios como se suele hacer cuando está bien cebado. La chica, mientras cebaba el mate, en sus pensamientos, sentía la llegada de la fecha tan hermosa del 24 de diciembre repitiendo eso de “esta noche es noche buena y mañana Navidad”, por su parte el abuelo comenzó a escribir algo en su PC, “la mejor poda es la que no se hace”, decía, aclarando que la frase era de un señor de nombre Alberto Roth, a quien había conocido en sus viajes al interior de Misiones.

Demás está decir que esa cena navideña fue una de las más felices para él y para la familia, y que la abuela entre servir la comida y preparar las copas para el brindis, les explicaba a los hijos y nietos y nueras que … “él me hizo conocer el amor a los árboles y a los animales. Él mismo es un apasionado de las plantas, los pájaros. Habrá soñado que le cortaron el lluvia de oro y nunca lo podaron”.

“Es que la visión de esa planta desde la ventana le sugería a él poemas y cuentos, le daba momentos de vida distinta a la rutina de una persona que trabaja escribiendo. El ama su árbol, sus escritos y hasta las hormigas que trepan el tronco. Hoy está contento por tenernos a todos para Navidad. ¡Y está feliz porque su mente borró el recuerdo de una poda que nunca existió!”.

Como si hubiera estado oyendo, el viejo entró al comedor cantando un conocido villancico y con una copa en la mano en alto propuso brindar por la Navidad “y por quienes aman los árboles” y la naturaleza.

Esteban Abad

Abad es periodista y escritor. El presente relato pertenece a su nuevo libro “Cuentos de Misiones la hermosa”, en proceso de edición.

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