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Consecuencias

domingo 19 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
Consecuencias

La primera vez que me encontré con Abelardo Salvatierra, me invitó a pasar una noche juntos.

En lo que inicialmente pensé fue en las consecuencias. La sorpresa vendría después, dándose lentamente como en gotas salpicadas de esas que hacen charcos y dejan marcas en el alma.

Caramba, diría mi amigo Pedro Bonsier, las sorpresas son un balde de agua helada y no tienen nada que ver con el alma. Pero ésta fue así, de a poquito y dulcemente. Además, fue una sorpresa mía y a esta altura de mi vida puedo sorprenderme como quiero; incluso puedo llegar a decir que fue una sorpresa melancólica.

Yo había leído algo de Salvatierra; una novela y creo que dos o tres cuentos. Ahora recuerdo que a la novela me la prestaron diciéndome:

- Leela, es muy buena. Te va a gustar.

Y me gustó.

Me enamoré de Manuel, el protagonista, a medida que desplazaba mis dedos por las letras. Había leído a Ágatha Christie igual que yo en mi adolescencia y su historia me hizo regresar a los policiales que ya casi no consumía. La diferencia que encontraba entre nosotros era que, aparentemente, Manuel prefería a Poirot y yo a Juanita Marple.

De esto pensaba hablar con Salvatierra.

Cuando terminé la historia de Manuel, busqué la manera de contactarme con el autor para hacerle saber lo encantada que estaba con su novela. Encantada, recuerdo que esa fue la palabra que utilicé en la misiva. No me costó mucho ubicarlo y le escribí un mensaje corto en el que le contaba que ya había oído hablar de él como escritor, siempre con muchos elogios, pero que era la primera vez que lo leía y aquí agregaba lo de “encantada”.

Catorce meses después, -si, tal cual, un año y dos meses después- Salvatierra devuelve el mensaje. No puedo decir que me lo contesta ya que no hay una respuesta a lo que yo le decía, ni un gracias, ni:

-Me alegro que te guste, -lo cual hubiese sido lo protocolarmente correcto. No.

Fue así:

- Hola, me gustaría leerte, pero no sé dónde encontrar tus libros.

Días después nos encontramos en un concierto de guitarras al que yo tenía muchas ganas de ir, pero supongo él tan solo utilizó como excusa para verme.

- Vine por vos -me dijo.

Su caballerosa seriedad no dejó esconder la edad que tiene. La manera de moverse y de plantarse en el mundo tampoco. Le cuestan las sonrisas pero cuando surgen son encantadoras -¡Ups!, otra vez yo encantada-.

Había visto la fecha de su nacimiento junto a algunos datos mínimos en la solapa de su novela y sabía que era bastante menor que yo, aunque nunca pensé que aquella ingenua inmadurez se le notara de manera gráfica.

-Tendría que invitarte a cenar para que podamos charlar.

- Dale -respondí con tanta simplicidad como se iba dando cada instante que pasábamos juntos.

Salimos caminando, rozándonos mientras hablábamos de la noche, de nosotros, de la vida. De la vida y de lo bien que se siente mirarte a los ojos; de la vida y de que sería tan bueno que esta noche no terminara nunca. A lo de los ojos y a la elasticidad del tiempo sólo lo pensé yo. Salvatierra no lo dijo. Intuyo y quiero creer que también lo sintió, pero nada más que eso.

Me olvidé de sus libros, de Manuel, de la teoría que tenía sobre su estilo literario y sobre la que pensaba preguntarle en frases que tenía armadas y que me sonaban intelectuales, como para ponerme a la altura de sus libros.

Cenamos cerca del río y la luna llena tenía aquella noche la rareza de no querer ser rara. Se veía bella y romántica como siempre. Yo seguía observando a Abelardo con una atención hechizada; sus ojos ansiosos, irremediablemente juveniles no eran los de Manuel.

El tintineo del celular de Salvatierra interrumpiendo el postre despertó a la Marple que duerme entre bostezos en mí y logró atisbar el mensaje: “Amor, no tardes”.

Algo en el aire comenzó a sonar distinto, algo como el melodramatismo de lo imposible. Las sorpresas muchas veces no nos dan tiempo a asumirlas, a masticarlas, a tenerlas en cuenta y ya están los paradigmas ancestrales girando y el romanticismo deja de existir y las leyes espirituales enseñan a no apegarse mientras las leyes del alma siguen diciendo que la química existe y los seres humanos luchamos contra y con el amor libre en el que todo se esconde, se disfraza y se vuelve finito.

Juanita Marple dio lugar a Vivian Gornick en mis neuróticas divagaciones, ¿estará bien haber leído tanto sobre el amor?, ¿qué hago con Baumann y su felicidad y la culpa líquidas?

Fueron minutos sin necesidad de tiempo. Tiempo inconcluso de una charla inoportuna. Las palabras no sonaban necesarias ni necesariamente reales. Traté de pintarles un halo de casualidad que no sentía. El espacio seguía invadido por los todos, pero mágicamente comenzaba a ser nada más que una realidad secundaria. Nuestras miradas intensas corrían peligro de provocar desmanes y ser confundidas y mezcladas con los abrazos en los que mis piernas se transformarían en lujuriosas herramientas de placer.

El sueño corría vehemente hacia senderos de sábanas llenas. Supongo que fue el contacto con sus labios en el primer beso, que sabía a cascabeles, a urgencias desprevenidas, a sueños y caricias lo que me hizo volver el alma a tierra.

-¿Pasamos la noche juntos?

Sólo pensé en las consecuencias. Y lo sigo pensando con tanta intensidad que ya no puedo, durmiendo, soñar con otra cosa.

Evelin Rucker

Inédito. La autora es docente, crítica literaria, integrante de la Asociación de Escritores de Literatura Infantil de Misiones

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