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El suicidio de Alem, Borges, Jauretche y el peronismo

miércoles 15 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
El suicidio de Alem, Borges,  Jauretche y el peronismo

Jorge Luis Borges, a quien admiro, fue famoso antiperonista. De él se invoca aquella frase “Los peronistas no son buenos ni malos, son incorregibles”. Otro más más urticante fue cuando Borges, debido a su ceguera, esperaba cruzar la avenida Nueve de Julio. En ese momento se acerca un joven y se ofrece a ayudarlo. En mitad de la avenida el joven le dice «disculpe maestro, pero le tengo que decir, soy peronista, «¡No se preocupe! respondió, yo también soy ciego». 

Es decir, Borges siendo antiperonista, definió en forma sarcástica y con buen sentido del humor a los peronistas. Del mismo modo, siendo él partidario de la Unión Cívica Radical, pues presidió el comité de apoyo junto a los muchachos de Forja (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) a la candidatura de presidente de la Nación de Hipólito Irigoyen en 1928, los peronistas pueden criticar sarcásticamente y con humor a los partidarios del centenario partido. Y al punto dicen: los radicales no se rompen, se doblan o desdoblan por aquella famosa frase del fundador de la UCR Leandro Nicéforo Alem: “Que se rompa pero que no se doble”. Porque en verdad, Alem nunca se dobló. Pero un día se rompió, cuando el 1 de julio de 1896 se suicidó a los 54 años de edad. El mismo Raúl Alfonsín utilizaba esta frase como grito de guerra contra la hipocresía y contra los oportunistas. Por eso, a los doblegados en la era de la democracia reconquistada los execraría y no titubearía, con dolor en el alma, señalar a su hijo Ricardo, a Leopoldo Moreau y, de paso, al congresista Losteau genuflexo por ambición.

Lo curioso de Alem es que nació portando el apellido de su padre Alen, pero al enterarse que su progenitor fuera mazorquero de Juan Manuel de Rosas, trocó la N final por la M, dejando para la historia el viejo apellido. No así la mazorca, revivida por una novel diputada de la Nación cuando juró por la Santa Federación, faltándole agregar “mueran los salvajes unitarios”, para que la grieta entre argentinos se ensanche un poco más.

Arturo Jauretche fue un nacionalista de “hacha y tiza” e Irigoyenista de alma. Fue fundador y último presidente de Forja en la época dura de la década infame de los años 30 del siglo pasado. En su organización estuvieron hombres insignes: Gabriel del Mazo, Scalabrini Ortiz y Homero Manzi, con quién escribió la letra de la milonga Puente Alsina. En 1993 acompañó al alzamiento armado del coronel misionero Gregorio Pomar con la intención de reponer al presidente derrocado Hipólito Irigoyen. Jauretche estuvo en la columna formada en Brasil a las órdenes del coronel Roberto Bosch. La prensa relata que, a la hora más serena de la noche del 29 de diciembre de 1933, la tropa de radicales yrigoyenistas cruza el río Uruguay desde Brasil para tomar la localidad correntina de Paso de los Libres.

La patriada civil (expresión borgiana, porque si fueran milicos sería cuartelazo) fracasó, y preso Jauretche tras la derrota, relató la asonada en el poema ‘El Paso de los Libres’, con prólogo del otrora irigoyenista Jorge Luis Borges. Eran amigos y la política los distanció, cuando Jauretche se unió a la causa Peronista.

“Así anda el pueblo de pobre / como milico en derrota / le dicen que sea patriota / que no se baje del pingo / pero ellos con oro gringo / se están poniendo las botas / A la Patria se la llevan /con yanquis y con ingleses / al pueblo mal le parece / pero se hacen los que no oyen / desde que falta Yrigoyen / la han sacado de sus trece”. JLB.

Sobre suicidas relato en un ensayo, pero sin explicar el motivo que los indujo a realizar ese desenlace fatal ubicado en los escondrijos de la mente humana. Como no soy psiquiatra, tampoco puedo dar explicaciones en lo que corresponde al mundo de la psicología. Sí, me limito a expresar lo que para algunos representa la cobardía de no tratar de enfrentar los designios futuros de la vida. Al contrario, para otros, es la valentía expuesta por quienes desean saber lo que se ignora, qué hay después de la muerte, sabiendo que jamás se regresa.

El primer suicida de la Historia fue Periandro (siglo VI a.C.). Era uno de los Siete Sabios griegos y, además, tirano de Corintio. El hombre quería evitar a toda costa que sus enemigos descuartizaran su cuerpo cuando se quitara la vida. Para llevar a cabo el suicidio, trazó un plan eligiendo un lugar apartado en el bosque y encargó a dos jóvenes militares que le asesinaran y enterraran allí mismo. Pero al mismo tiempo había encargado a otros dos hombres que siguieran a sus asesinos por encargo, les mataran y sepultaran un poco más lejos. Así hasta un número desconocido de muertos. La leyenda relata que el suicidio terminó realmente en masacre colectiva.

Doña Eulalia, la curandera que vivía detrás del barrio del Regimiento, ante el suceso de un ahorcado que la conmovió profundamente, razonaba que sería el producto de aquellos seres que aparentemente son fuertes y al contrario son débiles y no toleran la agresividad manifiesta del mundo. Individuos que sintiéndose inferiores, luchan por ser queridos y traen en sus alforjas añejas frustraciones que no se visualizan y que al final eclosionan si no son superadas.

En perspectiva podrá conocerse la semiología de los males que abruman al individuo, pero jamás la etiología desencadenante del drástico final. Como expresara Alexis Carrel en la Incógnita del hombre: “Revelándonos el misterio de la constitución de las propiedades de la materia, nos han dado el dominio de casi todo lo que se encuentra en la superficie de la tierra, con excepción de nosotros mismos”.

Y doña Eulalia, en su simpleza de mujer observadora que ha sabido contemplar en su vida valores y miserias, concluía que la primera bienaventuranza estaba dedicados a los suicidas, cuando Jesús declara en el sermón de la montaña: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

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