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Balas de plata

domingo 12 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
Balas de plata

El Sargento Francisco Melo, vio que el carro venía tirado al trote por una yunta de bueyes e intuyó a sus veinte años de servicios algún problema. Efectivamente, el conductor del carro saltó al pie del mismo, sentado en el piso venía otro hombre armado con una escopeta de dos caños calibre 16.

- Meu Saryento, meu Saryento...

Melo salió hacia fuera del destacamento de Gendarmería Nacional e indagó al hombre acerca del suceso.

El agricultor un hombre alto, flaco, desgarbado con los pantalones a media canilla, calzaba un botín sin medias, vestía una camisa color caqui, blanquecina en la espalda por la solidificación de la transpiración de varios días de trabajo en la chacra y con un fuerte olor a cuerpo que no sabe de perfumes. Llevó al gendarme hasta el carro, con sus ojos extremadamente celestes con un brillo que reflejaba el miedo, en una mirada de desesperación, levantó la ponchada, dejando ver el cuerpo inerte de un cerdo que tenía unas dentelladas en el cuello. Preguntó al Gendarme – Veya meu Saryento, que pudo haber acontecido, con este porco-. Melo, primero quiso presumir de sabiendo y dio su veredicto casi con negligencia y aburrimiento – Le atacó un tigre, sentenció-. Fue cuando el colono que estaba sentado en el piso del carro tomó un cuchillo, dando con el varios tajos en los cuartos y paletas del cerdo muerto diciendo, vea Sr. Gendarme, ni una gota de sangre... Con este van tres que encontramos-.

Para eso ya una pequeña multitud se había agolpado en torno al carro. Cada vez que se veía un movimiento cerca del Grupo de Gendarmería del poco poblado “El Cruce”, la gente se acercaba para saber qué había ocurrido.

Melo, se internó dentro del precario edificio de madera y llamó por radio a sus superiores, algo raro estaba pasando en cercanías de El Cruce, vendría un veterinario de la fuerza a ver el chancho muerto dando por finalizado el episodio.

Juan Secundino Peralta era guardabosques, tenía el asiento de sus funciones en la localidad de Dos de Mayo a unos 25 kilómetros de El Cruce. De rasgos criollos netos, cabello negro peinado a la gomina, bigote recortado; alto, fuerte, de cuarenta y cuatro años de edad, con casi 25 de servicios. Usaba un impecable uniforme de guardabosques de la época con un botín acordonado de caña alta, que brillaba al menor toque de luz. Sus bandoleras, el cinto y la funda que albergaba un 357 Mágnun de la Schmit y Wesson lucían del mismo modo. Hombre afable, cordial, correcto, se destacaba en su presentación personal por tener un pesado prendedor de corbata de plata que fuera de su abuelo primero y de su padre luego, ahora él lo había heredado, una joya de gran valor material y personal. Otra joya de gran aprecio era la gran hebilla de plata en el cinto con sus iniciales JSP, en oro. Famoso por no temerle a nadie, capaz de hacer pasar un muy mal momento a cualquiera que intentara sobornarlo era temido por los marginales porque en varios episodios detuvo o ahuyentó a tiros a los ladrones de maderas del fisco que se estaba poblando, gestando una nueva colonia. Hablaba correctamente el castellano y hacía pasar muy malos momentos a los agricultores que, con muchos años de residencia en Argentina, se expresaban en portugués, pues a pesar que entendía correctamente el idioma extranjero, quería inculcar en los inmigrantes el idioma de su patria: la Argentina.

Para realizar las inspecciones de los montes a talarse viajaba en colectivo desde Dos de Mayo a El Cruce, donde en la rudimentaria caballeriza del Grupo de Gendarmería tenía su caballo, un tostado de pelo brillante y gran alzada, que era el asombro y la envidia de los amantes de los equinos. El mismo lo ensillaba con santa paciencia y parodiaba, cuando lo criticaban por esto, el dicho de Napoleón Bonaparte: - ensillo despacio porque estoy apurado-.

Compartió con Melo un mate y este le comentó el episodio del chancho y el miedo de los colonos, se hicieron varias bromas acerca de lo que podría ser. Montó en el caballo saliendo rumbo al Km. 1269 de la Ruta Nacional 14.

Al paso de su corcel, Juan Secundino, pensaba que un hombre a caballo valía en la pelea por cinco o más a pie, el caballo para él era su castillo, su amigo, su otra parte, una prolongación de su cuerpo, una simbiosis que convertían al bruto y su jinete en centauro. A la altura del Km. 1269 tomó una picada y luego un trillo para ir a la casa de Roberto Rockenbach, un alemán fuerte como un toro que quería comercializar unos árboles para mejorar su situación económica y agrandar su casa. Junto al alemán recorrieron, a caballo siempre, los lugares del monte, donde marcó los troncos que se talarían, completó su informe, dio al colono el monto del aforo y se quedó a compartir con aquel hombre el resto del día, charlando sobre temas muy diversos y en especial sobre la Alemania nazi, aspecto que le fascinaba a Juan Secundino. Cuando el sol terminaba de esconderse tras los montes, en el modo que le era habitual ensilló el tostado y al paso salió a buscar la picada principal, para luego llegar hasta la ruta 14, estimó que a las 22 hs. estaría llegando al Grupo de Gendarmería, donde dejaría el caballo y se hospedaría en la pensión de Guillermo Campos.

Hombre acostumbrado al peligro, venía pensativo cuando el tostado se plantó en seco, lanzando unos bufidos, al mismo tiempo a Juan Secundino se le pararon los pelos de la nuca y presintió el peligro, pues no solo sentía “algo raro” en el ambiente sino un fuerte olor fétido, agrio, penetrante que no podía discernir. Pasado el susto, en escasos segundos recobró la sangre fría, con la mano izquierda tomó la linterna de cinco elementos que en una funda especial colgaba a la izquierda de la montura y con la derecha sacó la carabina Winchester 44-40 de la funda del lado derecho de la silla. Se colocó las riendas en la boca, se acostó sobre el lomo del caballo y al mismo tiempo encendió la linterna, soltó la rienda de entre los dientes, azuzó al tostado clavándole las espuelas en los ijares. Fiel a la intención del amo, el tostado saltó hacía adelante y el círculo amarillo de la luz hizo un agujero en la oscuridad descubriendo solo por unos instantes la figura atroz, peligrosa, indefinida de una existencia que no supo discernir si era animal o humano: pelo negro liso y duro, ojos como brasas en la oscuridad, dientes blancos y brillantes a la luz de la luna y aquel hedor hiriente. Atronó el “Winche” en la oscuridad, dando destellos de muerte, el monstruo se apartó y el tostado arreció en su galope, hecho uno con su amo en el miedo. Al llegar a un claro de monte en el tope del cerro, Juan Secundino apagó la linterna y efectuó varios disparos al aire, para que fuera lo que fuera lo que estaba en el camino se asustara y para darse un poco de calma.

Llegó al pueblo, en la pensión comentó con algunos el episodio. Una vieja india de edad indefinida le comentó – Mirá Juan, lo que vos viste es un chupasangre- Juan, no se rió y le preguntó a la mujer - ¿Qué es un chupasangre?, la india se sentó en cuclillas al lado de la mesa, las luces de los lampiones le daban sombras fantasmagóricas a sus rasgos guaraníticos y comentó: -en realidad nadie lo vio todavía y nadie que lo viera está vivo-. Juan se puso de pie y exclamó –Yo lo vi carajo y estoy vivo-. – Entonces, contestó la vieja, cuidá tus pertenencias el chupasangre de alguna manera se cobra venganza, nadie que lo haya visto está vivo-.

Algunos parroquianos jugaban a las cartas, otros bebían, quienes no charlaban, un grupo de tareferos que formaban parte de una cuadrilla, todos se callaron al escuchar la conversación. – Tené cuidado, Juan-, le repitió la india y todos se fueron a dormir en silencio, cada cual con sus miedos.

Al otro día Juan Secundino y el sargento Francisco Melo llegaron hasta el lugar donde la noche anterior tuviera lugar el incidente, lo hicieron en un jeep de la Gendarmería, no se bajaron del auto, que era descapotable, Melo tenía una metralleta calibre 45 sobre el regazo y permaneció sentado al volante, Juan Secundino parado sobre el asiento, miraba el lugar cuando vio las manchas de sangre – Mirá Compadre, le acerté el tiro al bicho-. No terminó de decirlo cuando sintió el mismo olor de la noche anterior, el mismo temor, y aquella sensación de pelea, manoteó el revólver y siguiendo el rastro de sangre apuntó a la floresta lanzando un insulto, no lo hubiera hecho. Desde el monte salió el monstruo con un bramido y lo vio más inmenso que a la noche, más terrible, mitad animal, mitad humano, el 357 atronaba el monte y repercutía sus impactos en la selva, Melo atinó a disparar la metralleta, las balas poderosas del 45 parecieron darle al monstruo, pero no lo detuvieron, de un solo zarpazo lo hirió de gravedad en el lado derecho de la cara, los párpados del ojo, le partió el lóbulo de la nariz, el labio y el mentón, como si fuera un rayo, volvió a la selva. Juan dejó de disparar, corrió a Melo al asiento del acompañante arrancó el jeep y lo sacó a la carrera hacia el pueblo.

Cuando Juan Secundino llegó a alta velocidad al Grupo de Gendarmería gritando – Melo está herido, lo llevo a la Sala- la gente salió corriendo a ver enterándose del suceso.

En la Sala de Primeros Auxilios el doctor Martínez, vio la herida y preguntó -¿A este que le pasó?-, Juan prefirió ocultar al facultativo el motivo de la lastimadura diciendo - nos atacó un tigre, doctor-. El Médico volvió a mirar las heridas y comentó. – Sino te conociera Juan diría que a Melo lo hirieron con un cuchillo o una navaja muy filosa, la herida es nítida, no hay desgarros, es a filo de acero, no de garra- Juan Secundino se encogió de hombros. Se fue mascullando su bronca e impotencia. Cavilaba: - el bicho no muere a bala. Ya que lo herí en la primera noche, Melo le acertó varios tiros con la metralleta y esto me da la espina que es un bicho del diablo y al diablo solo lo vence Dios-. Fue a la iglesia, donde estaba el joven cura, le pidió agua bendita, con la que llenó su caramayola. Fue luego a ver al joyero y le preguntó -¿cuántos gramos de plata necesitás para hacerme unas balas del 357 Mágnun, tirando un proyectil del poderoso revólver sobre la mesa y otras para el 22-. Ya que Juan Secundino era precavido y tenía como arma de complemento un revólver Calibre 22 Rossi, que le había regalado un compadre que vino de Brasil. Se sacó el enorme prendedor de corbata de plata, abrió las alforjas de su cabalgadura, tomó una bombilla del mismo noble metal, luego sacó la hebilla de su propio cinto y se las dio al joyero para que las fundiera e hiciera las balas de plata.

Mientras tanto, en el monte el chupasangre, se recostó contra un árbol, con sus manos lisas en la parte interna, se tocaba sus heridas y se lamentaba: - no me muero cuando el plomo me hiere, pero las heridas me duelen y mutilan. Aunque más le temo a las heridas de armas blancas que me deforman el cuerpo y las dentelladas de los perros. Sin embargo todos me temen, ¿quien será ese hombre que me persigue y no me teme? No sabe acaso que mi destino es matar y huir, huir, siempre huir. Si acaso alguien pudiera matarme, dejaría de sufrir. No se lo que soy, si bestia o humano, todos me temen y me soslayan...- Lamiéndose sus heridas, se durmió contra el árbol.

Juan Secundino pasó a ver a su compadre Melo y le comentó, - mañana voy a verle al alemán, es luna llena y cuando vuelva por la noche, tendré un duelo definitivo con el chupasangre, será él o yo-. Melo que casi no podía hablar por la sutura que tenía en los labios le dijo: -Juan no jodás, con el bicho. Hacé tu trabajo y no vuelvas por allá-.

Había amanecido lindo en la mañana de Julio, Juan Secundino como era su costumbre ensilló el tostado, se colgó en bandolera la caramañola con agua bendita, recargó totalmente el “Winche”, bajo la carona revisó si estaba su machete, le puso pilas nuevas a la linterna y cargó los dos revólveres, el 357 Mágnun, primero con tres balas de plomo, luego con tres balas de plata, después roció los tambores de municiones con agua bendita. Lo mismo hizo con el pequeño veintidós que colocó en el bolsillo interno de la chaqueta, se colgó el crucifijo a la vista y montó el tostado. Cuando se disponía a salir la india le dijo: -Juan Secundino, nadie que vio al chupasangre está vivo, y sino te va a quitar cosas muy queridas, no vayas a su encuentro, cambiá de camino. Pero Juan se ajustó el sombrero con el escudo de bronce de la Flamante Provincia de Misiones y se encaminó a su sino.

El chupasangre, reconoció de inmediato el trote del tostado, se puso al lado del camino, escondido detrás de un enorme árbol, y a través de la cortina roja de sus ojos tintos en sangre vio al Juan Secundino de día, estimó que era un buen hombre, sano y fuerte ¿por qué lo enfrentaba? y no huía como lo hacían todos.

Erguido en el caballo Juan Secundino presintió la presencia del monstruo, pero fingió indiferencia, haciendo gala de un recio coraje pasó al paso por el lugar, que estaba ya muy manchado de sangre. Fue a ver al alemán, hizo su rutina y por la noche cuando la luna alumbraba fuerte dando tanta claridad que parecía ser de día, Juan Secundino ensilló al tostado, saludó al alemán y su familia, poniendo rumbo a su destino. Iría al encuentro del chupasangre.

El tostado se clavó en el trillo, resopló asustado y se atravesó en el camino, negándose a seguir la marcha, la luna iluminó a un hombre vestido de blanco, luciendo traje y sombrero, su cara parecía tan blanca como la misma luna que señoreaba en la noche misionera. Habló - ¿Por qué me perseguís Juan?- A Juan Secundino se le erizaron los pelos de todo el cuerpo, manoteó el revólver con la diestra, mientras que con su mano izquierda aferró las riendas. No contestó, pero sintió el olor nauseabundo, y vio en la cara blanca los ojos de brasas dándose cuenta que eran lo mismo el chupasangre y aquel espectro que le hablaba.

Como era su costumbre cuando iba a dar pelea, Juan Secundino hizo retroceder al tostado unos quince metros, el hombre seguía allí parado, azuzó el caballo y por sobre el cuello le disparó el primer tiro con bala de plomo, el hombre de blanco ni se inmutó pero se vio claramente la mancha roja de sangre a la altura del estómago, Juan Secundino volvió a disparar, el tostado a cada tiro caracoleaba, yendo y volviendo, la segunda bala también dio en el blanco, otra mancha roja más arriba y una tercera. El Hombre de blanco echó a reír alocadamente, entonces el guardabosques le disparó la primera bala de plata, a la altura del pecho, y la otra y la tercera... El hombre dio un alarido estremecedor que fue escuchado hasta por el alemán que venía varios kilómetros detrás de Juan Secundino para ver el desenlace y saltó como un tigre herido hacia arriba, pero ya no tuvo risa, se puso de pie y gritando dijo – Me muero feliz Juan Secundino-. De un zarpazo hirió de muerte al tostado en el cuello. El noble bruto se desplomó, con un relincho ahogado, Juan Secundino cayó parado pero titubeante, sin embargo no miró mucho al monstruo herido sino, al tostado que daba las últimas boqueadas. El alemán llegó al trote de su caballo, miró el cuadro que iluminaba la luna: Juan Secundino abrazado al caballo muerto y al lado suyo el cuerpo desnudo de un hombre que presentaba graves mutilaciones: heridas de balas, de armas blancas, mordeduras de perros, pero un rostro sereno. Pálido, tan pálido, que no pareciera jamás que fuera el chupasangre. Y Juan recordó a la india, realmente el chupasangre le llevó cosas tan queridas: su prendedor, su bombilla, su hebilla, queridas joyas de plata y al tostado.

Diego Luján Sartori

Sartori es abogado y docente. Reside en San Vicente. Tiene publicado 14 libros, entre testimoniales, de poemas y cuentos. Ha participado en más de 20 Antologías internacionales, nacionales, provinciales y locales. Prepara su nuevo libro: Semblanzas.

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