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Los paraísos

domingo 05 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
Los paraísos

“Los Paraísos” con ese nombre de mito y sueño, y además en plural, llegó como llegaron a otros lugares de destino en los que los hechos no fueron como los pensó Colombo. O tal vez sí fueron, pero su afán era siempre mayor y había que seguir el impulso aventurero. Por otra parte, él jamás se desanimaba, le encontraba el lado bueno a las situaciones más desesperantes.

El nombre no auguraba las delicias reminiscentes de Adán y Eva, al menos para Jacinta, que con la larga experiencia de ir mudándose cada tanto a instancias del marido nómade insatisfecho no se hacía ilusiones y sospechaba falsedades con cada traslado. Sin embargo, su amor por las plantas y su “buena mano” para hacerlas crecer hicieron que ese nombre le cayera simpático: traía la sugerencia del perfume intenso de las flores del paraíso, arracimadas en lila, luego frutitas amarillas y después buena sombra para el verano. De modo que una cierta simpatía empezó a entrar por sus poros. Los Paraísos. Antes de verlo, lo soñó a su modo.

Llegar a Los Paraísos les costó bastante. La travesía en carro llevaría casi todo el día. Habían malvendido la mayoría de los enseres domésticos en el pueblo, se quedaron con lo que cabía en el carro.

Habría que parar la marcha cuando el sol se pusiera de fuego y las mejillas del menor de los chicos, Milo, todavía un bebé, se colorearan demasiado y ardieran. En algún arroyo harían campamento. Podrían refrescarse en las correderas, metiéndose con ropa y todo, total después se les iría secando al calor rajante del verano.

-Mirá Jacinta, este arroyo nos va a quedar cerca, ya me dijo don Bado…

-Picó…

Así fue hasta que llegaron. Una tranquera con su guardaganado un poco precario. Pasaron. Nadie los esperaba. El dueño, don Elías Bado, que aconsejó no perder tiempo, brillaba por su ausencia. Una casa casi en ruinas, rodeada de yuyales, era la cómoda vivienda anunciada por aquel. Habría que trabajar duro para ponerla en condiciones. Jacinta, resignada, no decía nada. Los chicos empezaron a correr a un perro escuálido que apareció de entre un montón de palos apilados. Eugenio, el mayor, poco más que adolescente, mordía la punta de una paja, displicente y silencioso. Presentía lo que les esperaba, una vez más. No era la primera vez que habían viajado tras el señuelo del paraíso. Elisa, que lo seguía en años, suspiraba. Tan buena hija, tan devota de su papá, pero acá ¿qué futuro, a sus dieciséis años? ¿Qué sería del festejante que había conocido en los últimos carnavales? ¿Lo volvería a ver? Pero estos pensamientos eran solamente para ella. Tenía que abrirse paso a la desolación que adivinaba como siempre en su madre, en su hermano, luego de cada mudanza. Olvidarse de ella. Ayudar a papá. Que era el único animado: Colombo iba de un lugar a otro tratando de acondicionar estas visiones presentes con sus siempre desaforadas ansias de paraísos terrenales con forma de chacra.

-Jacinta, mirá, esta tierra es buena, todo lo que se planta produce, mirá…

-¡Es posible!

Jacinta iba dándose cuenta de la distancia entre su sueño y esta realidad que empezaba a mostrársele. Miraba para otro lado y suspiraba. Sí, Jacinta siempre suspiraba, suspiros de resignación de mujer paraguaya a ese destino de estar unida a un soñador incorregible. Resignación a dejarlo todo y emprender cada vez una nueva marcha con rumbo a una “tierra sin mal”. Ella apenas murmuraba, y en guaraní desconocido y hasta cierto punto aborrecida por el celo de su marido, que pese a amar al Paraguay hasta un punto increíble, jamás había aprendido esa lengua y no gustaba sentirse excluido: ponía cara larga toda vez que ella circunstancialmente lo hablaba con alguna comadre o parienta.

Los “plagueos” de Jacinta tenían como receptora a la hija mayor, claro, Elisa era su paño de lágrimas. Elisa la callada, la sufrida, la dispuesta a todo. Como en ese momento.

De pronto, unas aceleradas anunciaron a don Bado que llegaba raudo. Todos quedaron expectantes. Tal vez ese no era el destino señalado. Tal vez Los Paraísos estaba en otro lugar, sí, y ellos habían errado el camino.

-¿Vio, don Colombo? Aquí tiene de todo. Apenas limpie un poco estos yuyitos, crecidos porque el casero anterior se fue hace un mes. Pero aquí van a estar bien. Esta es la llave del candado. Mire señora, la yegüita es guapa, con ella pueden ir al pueblo, pueden repartir la leche, porque sí, les dejo la vaca que está con su cría y da muy buena leche, y al fondo tienen naranjales y alguna mandarina, pronto llegará el tiempo, si acá tienen de todo. Los Paraísos les da la bienvenida.

Era un reguero de palabras, untuoso y monologal, rociando un solo entusiasmo, el de Colombo. Como tal, se extinguió, sin dar lugar a réplica alguna, y ya era el Plymouth negro cruzando de nuevo el guardaganado. Quedaron solos. La boca de Jacinta era un rictus, más que de amargura, de burla al marido crédulo y porfiado:

-Coa picó Colombo, la paraíso…

-Ya vas a ver, Jacinta. Esto se va a poner lindo…

-Jeh…Coa nico peteí taperé…

-Ya Colombo, mirando para otro lado, se alejaba.

Dos vacas pastaban a lo lejos. En un rudimentario corral, la yegua única. Elisa tuvo la intuición de que su vida de ahí en más iba a estar ligada a los caballos. Algo nuevo se le presentaba. Porque ¿quién si no ella tendría que ir al pueblo a repartir leche, a comprar forraje? No su padre, cuyos cincuenta años entonces lo hacía aparecer como de edad provecta para todo, menos para su vagabundeo incorregible.

Sí, ella tendría que montar la yegua, ella, que de jineteadas no sabía ni paso ni galope. Haría de tripas corazón y se subiría al animal recién ensillado y, dándole rebencazos tal como alguna vez había visto hacer antes, se volvería una experta.

Los años y el esfuerzo crearon o devolvieron verdor y orden a la chacra. Elisa había tomado las riendas de la casa y de la huerta. Comandaba las tareas de sus hermanos, acunaba al rubicundo Milo como una verdadera madrecita, preparaba los remedios de yuyos para doña Jacinta, siempre presa de alguna de sus dolencias y más con su pronto embarazo. Elisa hasta ayudó a nacer a la que sería la menor de la familia, la pequeña Angelita, niña regalo que le dio Los Paraísos.

Cuando todo estuvo bien, cuando las cosas parecían marchar y hasta un molino casero habían instalado en el arroyo para la provisión de agua, apareció otro “mapa del tesoro escondido”, otro itinerario que los llevaría, como siempre, al Paraíso, que tendría tal vez otro nombre.

La historia, circular se repetiría.

-Esta vez sí que la tierra, mirá Jacinta, la tierra, ya vas a verla, es especial.

-Picó…

-Y para más, me dijeron que se puede plantar soja, la soja es el cultivo del futuro. Se gana mucho plantando soja…

-¿Es posible, Colombo!?

Y con un suspiro, allá estaban de nuevo. Ya no en carro. Ahora una brillante chatita, armada pieza por pieza por la mano maestra y artesana de Colombo en estos años de lucha, y pintada a dos colores, los esperaba para empezar a hacer una mudanza más.

Que, tal vez, no sería la última.

Olga Zamboni

El cuento es parte del libro “Relatos Sencillos” edición 2005. Zamboni fue miembro de la Academia Argentina de Letras con extensa obra publicada en el género lírico, narrativo y dramático. Fotografía: Natalia Guerrero

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