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El chapista

domingo 28 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
El chapista

En estos tiempos de pandemia y encierro tuve el tiempo necesario para revisar viejos papeles. En una desvencijada caja con cuadernos, cartas y amarillos documentos encontré miles de anotaciones. También estaba allí el viejo cuaderno que me sirvió de agenda y a partir del cual comencé a escribir, algo así como un diario, en el colegio de curas al que fui cuando hice el secundario. Entre las anotaciones, estaba el borrador de la siguiente historia que comparto con ustedes.

Fue en el año 1976, cuando lo del golpe militar, llegó, a mediados de marzo, un nuevo compañero al colegio. Las clases ya habían comenzado hace varios días. Nosotros estábamos cursando el cuarto año, Jorge ingresó al quinto, pero enseguida se hizo muy compañeros de los de sexto que era el último curso.

De por si los chicos de quinto nos producían ese respeto y ese temor, que lo veníamos arrastrando desde nuestra incorporación al primer año. En aquel momento nos recibieron entre sobradores y cancheros, pero a su vez amables, aunque con actitudes que dejan en claro su superioridad, modos que casi se superaban en los equipos de trabajo, pero que se hacían carne y violencia en las competencias intercurso de futbol, que se desarrollaban en el mes de agosto.

La llegada de Jorge nos impresionó a todos, al llegar, quince días de haber comenzado las clases, todos lo observamos y la incorporación llamó la atención siendo el comentario en todos los corrillos de los recreos. Era un muchacho tímido, de una cara más adulta de lo que en realidad era, de cuerpo grande y fortachón, ya parecía un hombre entre todos nosotros. De ademanes bien definidos, vestimenta limpia y ordenada, con comentarios cortos y sabios, más bien preguntaba y pedía permiso para hablar y dejaba entrever su sabiduría y conocimiento de la vida. Siempre tenía ese aporte filosófico que redondeaba la conversación con una cita de algún autor o personaje, muchas veces estos aportes tenían un tinte humorístico que nos hacía reír a todos.

Pronto se supo que fue expulsado de alguna institución de la ciudad cercana, tuvo que cambiar de colegio por algún inconveniente y el internado, en el que vivíamos, le servía de puente para terminar su secundario. Claro que para lograr esto debía de haber tenido algún contacto familiar con el instituto o la reputación de su familia.

No supimos mucho más de él, pero a la semana, en el taller de carpintería, alguien comentó que sus padres lo trajeron a este colegio porque había sido descubierto en una relación con la mujer de uno de los altos oficiales del cuerpo del ejército de la ciudad. Parece que había sido amenazado de muerte. De esto se enteró enseguida Manuel, un compañero de nuestro curso. Manuel era un cabecilla nato, era el capitán en los partidos de futbol, el primero en protestar en voz alta, de tal forma que el diacono que estaba a cargo del comedor lo escuchara. Era el que organizaba las fumatas en la caldera, a la noche después de la cena, donde contaba los chistes subidos de tono de los que se reía a carcajadas sueltas y nosotros teníamos que reírnos forzadamente. Por otra parte, contaba aventuras, que sabíamos que las inventaba, donde él era el protagonista de alguna riña, de alguna conquista en su pueblo o de alguna borrachera con sus amigos. Era el que tenía las mejores luces para poner los sobrenombres, todos teníamos uno puesto y usado solamente por él. Estos sobrenombres no los usaba otra persona porque ahí teníamos el derecho a protestar, a enojarnos o a revelarnos. Manuel también era el líder al que debíamos obedecer en todas sus propuestas. Fue el primero en comentar que Jorge no le caía bien y que esta versión de que había salido con la esposa de un alto militar del regimiento de infantería hablaba muy mal de él. Todos adherimos a sus comentarios y nos quedamos con esta imagen negativa de Jorge.

En las tardes, en que debíamos cumplir las dos horas de prácticas en los distintos talleres o en las áreas productivas del colegio, Jorge comenzó a trabajar en el taller de mecánica donde lo pusieron a colaborar con Aureliano de chapista. El profesor de mecánica había desarmado totalmente el viejo tractor Zetor, al que había que hacerle algo en la caja, y la propuesta del Padre González era que, ya que se lo desarmaba, se le hiciera la pintura restaurando la chapería.  Jorge comenzó a trabajar con mucho entusiasmo y en muy poco tiempo demostró su capacidad y su conocimiento en esta área.

Con Manuel nos tocó, en el mes de mayo, trabajar en el taller mecánico. El primer comentario de Manuel fue que iba a demostrar que Jorge era un chanta y que no servía para nada.

—Fuaaa, nos tocó trabajar con “El Chapista”, ya le vamos a enseñar lo que es trabajar, (risas) ¡Che ojito con las mujeres casadas de acá, que los profesores no se andan con vueltas eh!!! —Fue la primera frase que Manuel largo al aire, como hablando al techo, lo cual produjo la carcajada de casi todos los presentes.

Jorge no reaccionó, siguió lijando con las lijas al agua la chapa en la que estaba entretenido, ni siquiera levantó la vista, no, perdón, miro de reojo a Aureliano como pidiendo disculpas. Manuel no perdió oportunidad de hacer comentarios, en cuanto podía, sobre el tema de meterse con otras parejas, que ahora en las fiestas vamos a tener que cuidar a nuestras hermanas y ni que hablar de nuestras madres.

Al terminar la hora de práctica nos retirábamos a la cancha para ir a jugar al futbol o al básquet, al patio interno. Aureliano y Jorge se quedaban charlando con el padre González o seguían trabajando un rato más, ya que urgía la terminación de la chapería del Zetor.

Pasaron varios días en que Manuel buscaba motivos de desencuentros con Jorge, pero este no le daba oportunidad. Un viernes a la noche pudimos cocinar algunas gallinas viejas, con permiso del gordo preceptor y las íbamos a asar en el fogón del secadero de yerba que tenía el instituto. Eso lo podíamos hacer de vez en cuando, en época de tarefa, cuando el secadero trabajaba a full. Lo que hacíamos era llevar las gallinas a la tarde, el diácono siempre nos daba las más viejas, esta vez íbamos a hervirlas con arroz. Para ello contábamos con la venia de los trabajadores del secadero, que nos facilitaban alguna olla. Los cubiertos los traíamos del comedor, sin permiso del petiso encargado de la despensa, que siempre ponía cara cuando sacábamos cosas del comedor. De la panadería, el que estaba de turno, se encargaba de traer algunas galletas.

Todo iba bien, como era un fin de semana largo éramos pocos los que permanecíamos en el colegio, entre ellos Manuel, algunos de quinto y sexto, entre ellos Jorge. Nos juntamos unos ocho alumnos en total, para carnear las gallinas, en lo que Jorge mostraba una habilidad sorprendente. Don Sosa, jefe de turno en la boca del fogón, trajo una olla de hierro, esas negras de tres patas de unos cuatro o cinco litros.  Como al pasar, Sosa también trajo unas botellas de vino tinto, al que apuramos con hielo que conseguimos gracias a las gestiones en el comedor.  Manuel había llegado tarde y comenzó a tomar vino de inmediato, su primer comentario fue:

—¿Che y las gallinas estaban casadas? ojo que acá pueden conseguir novio, “y de chapa” —y se largó a las carcajadas.

No todos lo festejamos, ya que el ambiente que se había creado hasta el momento era de suma apacibilidad, cosa que ocurría solamente en estos fines de semanas cuando éramos pocos de cada curso y se armaba una camaradería. Don Sosa, que estaba cuidando la boca del fogón del secadero, y nos ayudaba a cocinar el arroz, puso su palabra sabia.

—Che Manuel, deja de joder ahora que estamos tranquilos, si quieren camorra háganlo allá en el comedor con los curas ¿sí?... —Se hizo un silencio, Manuel siguió tomando vino y apenas pudo se fue. Jorge también se despidió temprano y no tomó vino alguno.

Cuando llegamos a los dormitorios Manuel estaba durmiendo y Jorge leyendo su libro con una pequeña lamparita instalada en su cama.

—Me revisaron la mesita de luz, —comento al momento en que llegábamos. —Seguro que fue Jorge… —fue la conclusión de todos.

El revuelo se armó el domingo a la mañana, fuimos despertados, tomamos el desayuno y participamos de la misa. Jorge ya no estaba en el dormitorio, tampoco apareció para el desayuno, pero lo encontramos en la misa, donde para sorpresa nuestra, estaba participando del grupo de liturgia empuñando la guitarra del profesor de música, que siempre dirigía la liturgia. El padre Estrada, que tenía a cargo la homilía, nos habló de integración y de respeto por las cosas de nuestros compañeros. ¿Se habrá enterado de que alguien estuvo hurgando en la mesa de luz del Chapista?

Después de misa nos juntamos en corrillo en el patio interno, hacía frío para salir a hacer caminatas, como lo solíamos hacer en las épocas de temperaturas más cálidas. No quedaba otra, que hacer tiempo hasta el almuerzo. Jorge estaba sentado con un libro, creo que estaba leyendo Cien Años de Soledad de un tal Márquez, a quien ninguno de nosotros conocía, en uno de los corredores. Desde el grupo en el que estábamos, Manuel hizo un comentario:

 —¿Leyendo, o haciendo cómo? Se hizo silencio entre nosotros, Abel planteó que podríamos jugar al básquet, en eso Manuel volvió a decir en voz alta:

—¿Estamos leyendo un libro o las cartas de Patricia? ¿Será casada también la tal Patricia? —Quedó en evidencia que fue Manuel el que había estado hurgando en la mesa de luz de Jorge, en eso comenta otra vez en voz muy alta.

—Escribe bonito la Patricia, ¿Será esposa de algún milico quizás? —El silencio y el tiempo se trasformó en hielo.

En eso vemos que Jorge se levanta despacito, apoya su libro en el suelo, toma la silla de madera y viene caminando lentamente hacia nosotros, nos abrimos y quedaron enfrentados Jorge con Manuel. El primero levantó lentamente la silla, poniéndola a la altura de sus hombros. Todos ya veíamos esa silla partida en miles de pedazos contra la sien de Manuel. Por momentos parecía que Manuel iba a reaccionar, que se iba a defender, que iba a disculparse, pero no dijo nada. Nadie atinó a decir nada, ni siquiera el padre Estrada que quedó atornillado al dintel de la puerta de la sacristía de la que estaba saliendo.

—Bueno Chapista… —atinó a decir Manuel.

—Chapista las pelotas, tengo nombre y apellido.

Los pies de Manuel comenzaron a temblar, bajó lentamente los brazos, en eso el chapista estrelló la silla contra el mástil y la despedazó en miles de astillas. Esa explosión retumbó en el patio interno haciendo incluso vibrar los vidrios de las pequeñas ventanas de la capilla y sus postigos.

Manuel seguía parado en el mismo lugar en el que había estado unos instantes antes del estruendo provocado por la silla. Su cara blanca, lívida sudaba finas gotas. Jorge había desaparecido, nos imaginamos que hubiera ido al baño. La campana que llamaba al comedor interrumpió el momento al cual nadie le dedicó un solo comentario durante el tradicional almuerzo de los domingos con asado al horno.

La tarde invitó a jugar al futbol y nos volvimos a bañar temprano, tomándonos el tiempo para caldear bien el agua en las calderas a base de leña y colillas de cigarrillos. La cena nos volvió a encontrar, después de que miramos una película de Tarzán, en blanco y negro, en el televisor recién adquirido en la sala de televisión que armaron con butacas traídas de vaya saber qué cine.

Manuel no hablaba y Jorge no apareció. El libro había quedado ahí donde él lo había dejado, alguno de los compañeros lo recogió al salir de la cena. Entre los sacerdotes, y los diáconos presentes, se comentó con preocupación la desaparición de Jorge. En el devocional de cierre fuimos preguntados si alguien lo vio, pero nadie supo nada de él. Los sacerdotes armaron una salida de búsqueda en los alrededores y el padre Bonifacio partió con dos empleados y dos alumnos al pueblo, donde preguntaron a algunos habitantes sobre el camino, si habían visto pasar a Jorge. Preguntaron en las casas de las familias de los profesores y empleados, por ningún lado aparecía el buscado. El grupo de los que se habían ido durante el fin de semana, fue llegando desde sus casas. Después de un breve recreo fuimos enviados a dormir, a las diez de la noche, como era costumbre, pero no nos podíamos dormir por el movimiento de autos que volvían y regresaban a salir. A las doce de la noche volvieron los de sexto que estaban ayudando en la búsqueda, comentaban en voz baja que no había noticias de Jorge.

El lunes, a las seis y media, fuimos despertados, ya varios estábamos despiertos. La llegada de los patrulleros del pueblo y de la ciudad cercana nos dieron la pauta que el caso de Jorge había trascendido. Cuando nos presentamos al comedor el diácono nos dio la noticia: Jorge fue encontrado a las cinco de la mañana por el profesor Clavero y Don Soto flotando en la laguna. Nunca se supo si había caído o si el mismo se arrojó a nuestro lugar de baño en las calurosas tardes de verano. La policía y los referentes judiciales volvieron una y otra vez al colegio en los siguientes días, hasta que el caso se fue olvidando lentamente. Manuel estuvo entre nosotros hasta las vacaciones de julio, después no volvió. El caso lo fuimos olvidando hasta que en estos días volvió a mi realidad gracias a los papeles guardados en esta desvencijada caja.

Inédito. Von Hof publicó los libros De letras y tierra roja, Siesta en el río de los pájaros, De letras chicas y anotaciones al margen, entre otros.

Waldemar Oscar von Hof

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