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Los reyes magos

domingo 21 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
Los reyes magos

M
elchor, Gaspar y Baltasar van a venir- Dijo mamá y corrimos a buscar nuestro calzado para colocarlo en la ventana del rancho.

  ¡Ese año me había portado más que bien y, creía merecer la visita de los Reyes Magos!

   Mis alpargatas estaban rotas en el lateral derecho. Las remendé con puntadas ligeras y desprolijas con hilo blanco y una oxidada aguja. Finalmente, pensé que no se notaría mucho en el azul desteñido por el uso y el lavado.

  - Reyes, tráiganme una pelota de cuero redonda y blanca porque la armada con arpillera está sucia y deformada. Por ende el Jacinto no quiere jugar conmigo. Prefiere la de Ramón, regalo del padrino el mes pasado. Yo no tengo padrino. Papá fue a trabajar, hace mucho tiempo, a Buenos Aires y no volvió. Mamá lloró un tiempo, luego se fue a trabajar a lo del viejo Tomás y, desde entonces, las cosas mejoraron para mí y mi hermanita.

  Las últimas palabras de la extensa carta que escribí salieron feas porque me puse nervioso y lloré un instante. Mamá siempre dijo que debemos ser fuertes; entonces, pasé el dorso de la mano sobre los ojos. Con mucho esfuerzo traté de colocar el calzado en la ventana que, por cierto, no tenía marco haciendo difícil la tarea. Tenía que lograr el cometido a como fuere; las alpargatas deberían caber allí, para albergar el tan ansiado balón.

   Traspiré mucho en mi afán. El sol veraniego se hacía sentir más que nunca en la colonia. Finalmente até con un alambre, hice un ganchillo y colgué, en uno de los orificios que tenía la ventana de lata, las alpargatas azules. Miré la obra de arte lograda y, satisfecho, esperé y esperé. Cada tanto mis ojos recorrían, como un centinela, la zona para comprobar alguna presencia extraña. Pero nada ocurrió.

  Todos los días nos acostábamos a las ocho de la noche porque había que madrugar al día siguiente. Mamá partía rumbo al trabajo a las seis, no sin antes recomendarme las tareas de la casa y el cuidado de Rosa, y regresaba al atardecer molida de la cabeza a los pies. ¡Me daba pena! Pero qué podía hacer yo, con ocho años  cumplidos, que no sea lavar, limpiar y cuidar de mi hermanita para aliviarle un poco.

¡Mamá era hermosa! Cuando se ponía el vestido rojo parecía una princesa de los cuentos de hada, mi princesa. Me prometí cuidarla y protegerla cuando sea grande.

   Ni bien puse mi cabeza sobre la raída almohada quedé completamente dormido por el cansancio y la emoción de la espera.

   Cuando desperté, a la mañana siguiente, corrí a la ventana y, a pesar de que no era blanca ni de cuero, amé con el alma a mi primera pelota de plástico amarilla.

El relato forma parte de la Antología “El escritor y su laberinto” Editorial Dunken, Bs. As. Argentina. Farina es profesora en Lengua y Literatura. Reside en Colonia Liebig, Corrientes. Tiene publicados los libros: “Relatos y poemas de ayer de hoy y de la vida” y Mejunje de cuentos y relatos de la abuela.

Alicia Farina

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