martes 07 de diciembre de 2021
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En el ingenio Primer Misionero

domingo 21 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
En el ingenio Primer Misionero

De Cerro Corá volvimos a Candelaria. Al siguiente día, el señor Jesús Val nos envió caballos para dirigirnos a su establecimiento, el Ingenio Primer Misionero, situado a una legua larga de Candelaria.

Nuestro guía, un negro brasilero, Seu Toledo, al venirnos a buscar había echado mano de sus mejores prendas de ropa. Un gran jaquet negro cubría una camisa de trabajo, haciendo digno pendant con el pantalón negro también, pero arremangado hasta las rodillas, los pies descalzos, cubierta la cabeza con un gran sombrero chambergo y con el machete atravesado por delante.

Seu Toledo desde temprano nos esperaba con los macarrones de la brida, que no pifiaban de impaciencia, como los de novela, sino por el contrario con freno y todo, trataban de aprovechar con dentelladas aquí y allí, las matas del jugoso pasto que tenían a su alcance.

Nos despedimos del señor Bossetti y demás amigos de Candelaria, y precedidos de Seu Toledo, nos dejamos mecer otra vez por el clásico trote misionero.

Por un gran trecho la marcha fue paralela a la costa del Paraná, que al cruzar por las lomadas, divisábamos por sobre la línea de vegetación arbórea de sus orillas.

El trayecto seguía presentando extrema variación, el terreno quebrado en esa parte mostraba aquí y allí, isletas y restingas de bosque de todas dimensiones, colocadas de mil modos diversos, que sobresalían de aquellos campos magníficos, cubiertos densamente de esmaltadas flores.

Más adelante, la restinga de bosque del arroyo San Juan apareció en un gran bajo y como el paso no se hallaba en línea recta, tuvimos que marchar durante un buen rato, por entre su gran bañado, haciendo curvas y viboreos a fin de no alejarnos de una pequeña senda que marcaba las partes secas del mismo, y nos evitaba el empantanar a nuestros animales.

Luego llegamos al paso de San Juan, de muy poca agua, en el cual nos apeamos un rato a dar de beber a los caballos.

¡Qué vista tan deliciosamente espléndida presentaba el arroyo bajo su fresca sombra!

La vegetación de sus orillas saturada de humedad, exuberante al infinito, se inclinaba graciosa sobre las aguas límpidas como cubriéndolas amorosamente.

El sol de la mañana, penetrando por entre el ñandutí de ramas y hojas, llenaba de iridiscencias múltiples aquel cuadro encantador, y en sus esparcidos rayos, insectos a millares revoloteaban sin cesar, mientras innumerables mariposas en grupos compactos, con sus alas cerradas formando extrañas flores, chupaban la humedad sobre las negras rocas de su lecho que sobresalían de las aguas, en las que todo aquel cuadro indescriptible se reflejaba.

Los compañeros no pudieron resistir a tanta belleza, y allí, sobre una piedra, armando la máquina fotográfica, después de mucho titubear en la elección del punto, porque todos eran hermosos, tomaron unas vistas.

Continuamos la marcha, el terreno del otro lado del arroyo San Juan se quebraba más, las lomadas de mayor altura con su cima desprovistas de tierra, que el agua había hecho desaparecer, mostraban a veces el subsuelo de melafira; la vegetación boscosa en esta parte, se pronunciaba con mayor intensidad.

Pronto volvimos a buscar la costa del río, de la cual el San Juan nos había hecho desviar, y a las pocas cuadras empezamos a marchar entre extensos maizales pertenecientes al Ingenio.

Al llegar al establecimiento viejo que se halla cerca del pozo de una antigua mina de cobre, encontramos a Jesús Val y con él bajamos a tomar un mate bajo el corredor del antiguo Ingenio.

Como nos quedaba tan cerca, resolvimos visitar la famosa mina que devoró a su antiguo propietario unos 30.000 $ m/n, y de la cual no sacó producto alguno.

Sobre esta mina, el doctor Holmberg en su interesantísimo libro sobre Misiones, trae los siguientes datos:

«El cobre que se encuentra es el nativo o apenas cubierto en la superficie de las masas irregulares subarborescentes, de óxido rojizo no muy bien cristalizado y en parte como carbonato. La veta parece ingrata, porque no es de mucho cuerpo, se interrumpe con frecuencia, a veces se adelgaza hasta hacerse filiforme y puede decirse que, desde que la descubrieron los jesuitas hasta ahora, sólo ha producido algunas toneladas de piedra, que en montones seculares rodean la boca, y varias arrobas de metal que no alcanzarán, ni remotamente, a cubrir los gastos de explotación».

Según los datos que el señor Puck, entonces propietario del ingenio, le suministró, el pozo vertical tendría unos 20 metros de profundidad y la galería horizontal que allí comienza, unos 30 metros.

Entonces, como hoy, la mina se hallaba casi llena de agua, procedente de las lluvias y avenidas del terreno inmediato.

Hablando en San Pedro del Paraná (Paraguay) con el señor Luis Krümmel, ingeniero de minas, establecido transitoriamente allí, sobre una mina que hacía poco se había descubierto cerca de Villa Encarnación, idéntica a la que nos ocupa y más o menos a la misma altura que esta, me dijo que desgraciadamente estas minas no tienen concomitancia con la veta principal. Que dada la proximidad a la que se halla el metal cerca de la superficie del suelo y la pureza del cobre que se extrae, estas minas no son sino lo que en término minero se llaman bombas; es decir, cantidades de metal que han sido arrojadas lejos de la veta al formarse el filón.

Dadas estas razones, creo que todo lo que se haga en el sentido de su explotación es tiempo y trabajo perdido, porque la gran cuestión será hallar la veta, y esta, ¿dónde estará? O mejor, ¿a qué profundidad?

Es cierto que los jesuitas exploraron algunas, pero hay que convenir también que a ellos poco gasto les ocasionaba su laboreo, porque tenían los brazos gratis, y además las cantidades extraídas han sido pocas, las suficientes para la fundición de las campanas de sus reducciones y quizás algún cañón.

El camino entre el ingenio viejo y el nuevo continúa descendiendo paulatinamente, puesto que se marcha en dirección al río Paraná.

Los maizales y cañaverales se extienden en todas las direcciones, como una gran sábana verde amarillenta y movediza a causa de las largas hojas angostas, que se arquean con gracia, al ser mecidas por el viento.

Antes de llegar al río, muy cerca de él, sobre un punto culminante, se eleva un chalet mixto de madera y material, que sirve de vivienda a los dueños del ingenio; a él nos dirigimos.

La familia de don Jesús salió a recibirnos, y desde aquel momento volvimos a experimentar las dulzuras de la hospitalidad misionera.

Ah! ¡La hospitalidad en Misiones! El que no haya sido objeto de ella, nunca podrá hacerse una idea exacta de sus exquisitos halagos.

En Misiones se hace un culto de la hospitalidad; ella es franca, brindada de corazón, sin etiqueta que obligue a fastidiarse, muy al contrario, las horas pasan y aún los días, en aquellos rincones civilizados que representan esos hogares dispersos aquí y allí, casi sin apercibirse, hasta que llegue el día triste de la partida, en que la separación de los nuevos amigos se vuelve dolorosa.

Rara es la casa, rancho, obraje, etc. en Misiones, al cual se llegue y uno no sea bien recibido y agasajado lo mejor posible; eso por allí representa un acontecimiento que siempre se festeja, inmolando más de una víctima de las que habitan el corral.

El ingenio moderno se halla a doscientos metros del chalet, en una parte baja del terreno, ya casi sobre la costa.

Se compone de dos grandes galpones que comunican entre sí; en uno se halla el trapiche todo de madera fabricado allí mismo, por un carpintero suizo; es una obra curiosísima.

El volante tiene 4 metros de diámetro y da 150 revoluciones por minuto; las maderas que se han empleado para su fabricación son el urunday, el lapacho, y la cañafístola.

Los cusinetes son de urunday y han dado un espléndido resultado, según me comunicó don Jesús Val.

El trapiche es horizontal y movido por medio de un motor a vapor que se halla instalado cerca de él.

El motor se aprovecha también para hacer mover por medio de juegos de poleas de transmisión una serie de sierras diversas, circulares y verticales, tornos con los que se han empezado a fabricar cajones de cedro, para bebidas, etc., industria que podrá desarrollarse con ventaja, dada la abundancia de madera que allí existe.

Otra industria que a no dudarlo también será importantísima es la fabricación de cascos, barriles y demás objetos de tonelería. En el ingenio tuve ocasión de ver unos barriles fabricados de madera de guatambú, muy bien concluidos, los que se estaban ensayando para ver el resultado que darían.

En otro aserradero ensayaban para cascos la cañafístola, y se hallaban muy satisfechos del resultado que habían obtenido.

Todos estos ensayos y esfuerzos indudablemente tienen que dar un resultado satisfactorio y esperemos que pronto pueda para Misiones, la tonelería, ser una de sus industrias principales que merecerá con justicia cualquier protección, puesto que ella beneficiará nuestros productos naturales.

Ya hay que pensar seriamente en la conveniencia de desparramar nuestra población industrial, para que las riquezas naturales se elaboren en el lugar de su producción, a fin de sacar no sólo el mejor partido posible de ellas, sino también, economizar los fletes con que la materia prima se recarga hasta llegar a nuestros mercados que hoy se elaboran, razón por la cual hasta ahora no puede competir ventajosamente, con la que importamos del extranjero.

El Gobierno que tanto empeño ha puesto en el desarrollo de nuestra industria nacional debería tomar en cuenta estas observaciones y conforme ha creado primas y ha facilitado la implantación de industrias, etc. debería tratar de fomentar por los medios que tiene a su alcance, las industrias que pueden implantarse en nuestros territorios, como ser ingenios, aserraderos, etc. que están llamados a ser los focos de futuras poblaciones, las que tendrán así bases positivas de vida y de progreso.

¿Qué beneficio importan a Misiones los múltiples obrajes de madera que a cada paso se hallan sobre la costa del Alto Paraná o Uruguay?

Fuera del capital que entra a Misiones a cambio de la madera que exporta, representado por las mercaderías que importa, ninguno.

El lugar ocupado por un obraje después del corte es abandonado, la vegetación vuelve a cubrir con su manto salvaje las picadas, planchadas, etc. y el tigre y el tateto vuelven a pasearse por donde ayer el hombre derramó su sudor descortinando el bosque, y labrando toscamente las vigas, que en inmensas balsas marcharon aguas abajo.

La peonada abandona sus ranchos y vuelve a Posadas a divertirse, después de ocho meses de trabajo, para tornar al Alto Paraná dos meses después, y empezar en otro punto el mismo trabajo que debe concluir del mismo modo.

Ahora bien: si en vez de exportarse de Misiones las vigas labradas simplemente a hacha, se exportaran transformadas en tablones, tablas, cajones, barriles, etc., ¿no aumentaría el capital que hoy por las vigas brutas se importa?

Esto, está fuera de discusión.

Además, alrededor de los aserraderos ya fijos valdría entonces la pena hacer extensos rozados y plantaciones para el consumo del personal y peonada, y de ese modo la población agricultora podría arraigarse a su vez, dedicándose al mismo tiempo a la cría de animales diversos, principalmente cerdos, los que proporcionarían en abundancia otro artículo caro y necesario por allá, como la grasa.

Entonces, con todos estos factores reunidos, fácil es darse cuenta de cómo en poco tiempo sobre la enorme zona de leguas de costa argentina, que incultas existen sobre el río Alto Paraná y las otras tantas más o menos que se hallan en las mismas condiciones sobre el río Alto Uruguay, podrían levantarse una serie de pueblos con vida propia, que transformarían en civilizada aquella región salvaje, atrayendo y absorbiendo la población semisedentaria que se halla viviendo frente al territorio argentino, en el perteneciente a las repúblicas del Paraguay y Brasil.

Tres días pasamos en el Ingenio Primer Misionero, que aprovechamos para hacer colecciones interesantísimas de zoología, siendo al mismo tiempo objeto de mil finas atenciones por parte del señor Val y su distinguida señora.

En nuestra tarea de coleccionar, nos ayudaban los hijos del señor Val que se contagiaron muy pronto con nuestro entusiasmo y a ellos debemos algunas piezas interesantes.

Una de las pesquisas curiosas que llevamos a cabo fue en los nidos de barro que fabrican las avispas alfareras (Pelopeus figulus) muy abundantes allí.

Dentro de los nidos que numerosos hallábamos pegados en la parte externa del balcón del chalet, se encontraban almacenadas muchas arañas, no muertas, sino aletargadas por el veneno del aguijón punzante de las avispas.

Estas arañas fueron extraídas y conservadas en un frasco de aguardiente para entregarlas al regreso a nuestro amigo el doctor Eduardo L. Holmberg, distinguido aracnólogo, quien se encargará de estudiarlas.

En la inacabable lucha por la vida, sucede un fenómeno curioso de compensación entre los insectos y los arácnidos.

Los primeros son, en general, las víctimas de los segundos, cuyas redes complicadas se tienden por doquier, y entre cuyas mallas tenues, pero formidables, dejan la vida innumerables insectos dípteros, coleópteros, lepidópteros, hemípteros, ortópteros y aún himenópteros.

En cambio las arañas a su vez ceden a los insectos un número considerable de víctimas, no para alimento de ellos, sino para el de sus crías; y las avispas, gracias a su terrible aguijón y a la agilidad que les proporciona su cuerpo esbelto, empeñan combates continuos en los que las mandíbulas de las arañas no desempeñan sino un papel pasivo de simple ostentación defensiva, que no llega a evitar el lancetazo envenenado que, como el curare de los indios, las deja paralíticas y aptas para ser transportadas en rápido vuelo, hasta el nido común donde son depositadas.

Es curioso observar las cantidades de arañas que los Pelopeus acumulan en sus nidos arcillosos, y si se tiene en cuenta que cada una representa un combate y una pesada carga, se tendrá una idea del inmenso trabajo que representan, amén de la fabricación del nido que por sí solo es otra obra de largo aliento, de modo que estas avispas pueden considerarse como ejemplo del trabajo unido a la belicosidad; cosa rara e inconcebible en los hombres, pero perfectamente cierta en estos humildes albañiles hexápodos.

Junto al chalet anidaban innumerables palomas cuya cría proporcionaba a la dueña de casa uno de sus pasatiempos predilectos, y sus pichones, más de una variante en la mesa cotidiana.

El revoloteo de tanto ser alado alrededor del chalet le daba un carácter de civilización tan pronunciado, que hacía olvidar por momentos el ambiente subtropical y salvaje entre el cual se encontraba, y cuando llegaba el momento de tirarles un poco de maíz, la nube alada que formaban, junto a su mansedumbre, que llegaba hasta posarse sobre los hombros y cabeza de la señora o los chiquilines, parecía un pedazo de la plaza de San Marcos de Venecia, transportado en medio de la selva virgen.

Del libro Tercer viaje a Misiones 1896. Ambrosetti fue uno de los primeros en recorrer esta región y dejar testimonio de lo que vio, escuchó y pudo experimentar. Autor de innumerables trabajos, folklorólogo, historiador, etnólogo, dedicado a la arqueología y antropología del Alto Paraná

Juan Bautista Ambrosetti

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