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Maqueta no devuelta

miércoles 17 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
Maqueta no devuelta

En la sesión del 21 de junio de 2012, la diputada Lilia Marchesini hace referencia del proyecto de comunicación presentado por la Cámara de Representantes de la Provincia, revelando que la maqueta del general indio Andrés Guacurarí en manos del periodista César “Fuma” Sánchez Bonifato, y que este entregara a la Asociación Flor del Desierto, pertenece al Museo Aníbal Cambas, cuyo depositario es la Junta de Estudios Históricos de Misiones.

La historia comienza cuando don Julio César Sánchez Ratti, padre de Fuma, siendo miembro de la Junta, traslada esa maqueta a su casa particular a fin de resguardarla luego del golpe de Estado del año 76. Como no fuera devuelta, la Cámara de Representantes comunica al Poder Ejecutivo que gestione su restitución, obra realizada en 1939 por el artista plástico Luis Perlotti, a pedido la Junta.

En realidad, fueron tres las maquetas pergeñadas con sus manos. La primera confeccionada en estuco, una segunda en porcelana policromada y la última en aleación metálica basada en bronce. Es la que sirvió de modelo para levantar el monumento de Andrés Guacurarí oteando el horizonte en los altos del peñón de Garupá. De las tres, una se encuentra en el Museo de la escultura de la ciudad de Buenos Aires. Otra fue obsequiada por el artista a don Aníbal Cambas, quien en vida fuera uno de los precursores de la Junta y su primer presidente; cuya descendencia donó la maqueta a esta Institución.

La obra cuestionada de aleación metálica, permaneció en el Museo durante la dictadura militar. Cuando se reactiva la actividad en 1983, ésta ya no estaba. Sin embargo, por distintos medios (entre ellos El Territorio del 10-06-2012) se informa que la misma fue entregada en custodia por quien la poseía, Sánchez Bonifato, a la Asociación Flor del Desierto. Y como esta no fuera devuelta, (hasta hoy día) surge el proyecto de comunicación de La Cámara de Diputados cuando expresa en forma clara y contundente: “Mencionar al Comandante General Andrés Guacurarí es remitirnos al capítulo más caro de nuestros sentimientos en la Historia de la Provincia de Misiones: en efecto, ningún otro natural de esta tierra encarna tanto los valores de coraje, humildad, entrega y sacrificio en pos de una causa: la libertad.  Estamos inmersos en un proceso de reinscribir la verdadera historia, no la escrita por el centralismo porteño, para restituir a los protagonistas de nuestras raíces el sitial que se merecen”. 

Más adelante señala. “No caben dudas de que las maquetas mencionadas integran el patrimonio histórico y cultural de todos los misioneros y es necesario su restitución al lugar de sus orígenes. En este contexto, es procedente mencionar que la provincia cuenta con la legislación relativa a la protección de nuestro patrimonio cultural según lo dispuesto en la ley Vl-Nº143, extensivo a todo objeto, libro, manuscrito, dibujo, documento, ilustración, grabado, proclama, obras literarias, objeto de arte y todo otro bien mueble que lleve intrínsecamente por su origen un valor histórico cultural para la Provincia de Misiones. Los dominios de los bienes presentados en la presente tienen carácter imprescriptible, inembargable e inenajenable”. Y agrega: “Todo pueblo que se respete así mismo y defienda su identidad e idiosincrasia no debe olvidar su Historia, sino por el contrario, debe defender con vehemencia su patrimonio cultural, cuidar de sus monumentos y obras que reflejen su identidad como tal y los gobiernos tienen la absoluta responsabilidad de proteger, conservar y preservar este legado para las generaciones futuras”.

Teniendo en cuenta estos preceptos valorativos, como integrante de la Junta de Estudios Históricos de Misiones, solicito por este medio que la Asociación Flor de Ceibo, restituya la maqueta en su poder que pertenece sin duda alguna al Museo Aníbal Cambas para deleite de todos los misioneros, no para un grupo de elite.

NUESTRO ANDRÉS: Era una siesta de mucho calor en el destacamento militar de Candelaria, y el general Belgrano pasaba revista al grupo de nativos que por propia voluntad se acoplaría al Ejército que rumbeaba hacia la Banda Oriental. El general ya había recibido la orden de que se volviera de la fracasada expedición al Paraguay y asumiera la comandancia para sitiar a Montevideo, ciudad que seguía fiel al rey de España.

El general, parado bajo la sombra de un sarandí, dio la orden de formar la tropa de reclutas a pocos metros del noble árbol. A cada uno de los aspirantes en posición de firme le preguntaba su nombre y de qué pago provenía, con la sana intención de conocerlos y entablar un trato amistoso. 

Tal vez por ser católico practicante, de entre todos ellos le llamó la atención un mestizo “medio petizón” por tener colgado del cuello el Santo Rosario como si fuera un amuleto. Era el único, y se trataba de un joven con el rostro picado de añeja viruela, pero exhibía contundente aspecto físico y exuberante musculatura que al momento de responder la pregunta contestó:

- “Me llamo Andrés Guacurarí, mi general, provengo de Santo Tomé de las Misiones y soy de la aguerrida estirpe de los Ñaró”.

La fluidez de sus palabras y la buena pronunciación del castellano sorprendió al general, por tal razón le preguntó:

- ¿Sabes leer y escribir?

- ¡Sí, señor! - fue la contestación, -además hablo el portugués y sé algo de latín. Fui educado por los franciscanos que sustituyeron a los jesuitas después de la expulsión.

-Has dicho con orgullo que desciendes de la estirpe de los Ñaró, supongo que ha de ser una línea de hombres valerosos.

-Así es, mi general. Precisamente, ñaró en avañe-é quiere decir bravo, pues nuestra raza no recula ante ningún peligro jamás de los jamases-.

Belgrano, sopesando la bravura de su interlocutor, dio por terminado el diálogo con el escueto:

-Subordinación y valor, soldado. Puede retirarse.

-Como usted ordene, mi general-, dando la media vuelta se retiró Andrés con la cabeza bien erguida. Era el exponente altivo de la nueva raza americana.

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