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Guayabas

domingo 14 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
Guayabas

A cada regla que se menciona, mi cabeza se remonta a una posible excepción. Para cada generalización que se evoca, yo invoco la particularidad; contra lo singular, opongo lo corriente. Esto me sucede de manera automática, sin premeditación ni alevosía, cada vez que se exponen algunos de esos dogmas acuñados por vaya uno a saber quién y que, con un sentido del humor impecable, establece normas y fija patrones (físicos o de conducta) que acaban transformándose en refrán, con esa fuerza y esa capacidad de transmisión de “vox pópuli, vox dei”. Así, pues, nacimos y nos criamos absorbiendo, junto con la leche materna, la sabiduría indiscutible de que “todos los santiagueños son haraganes”, “los chilenos son todos chorros”, “los judíos son amarretes hasta el colmo”, “no hay gente más disciplinada que los japoneses”, “si es rubia es tonta”. Todo debidamente documentado y justificado con ejemplos y anécdotas, sin dejar un resquicio para la duda.

Existe un postulado, un teorema, que disfruto echando por tierra más que cualquier otro y es el que habla de la “buena onda de los brasileros”. Al regreso de las vacaciones, todo argentino tiene una historia que contar, el relato más o menos emocionado sobre algún episodio que tiene que ver con la generosidad, con la solidaridad, con la riqueza espiritual del pueblo brasilero. Que tendrá virtudes, no lo dudo, mas no las suficientes como para derramarse y abarcar la totalidad de tan grande población, algunos deben quedar afuera del virtuoso baño.

Entonces les cuento una historia cortita: Durante cierto tiempo frecuenté un bar en Brasil, en una ciudad que no necesito mencionar. Un bar de mala muerte, es verdad, un sucucho de tres por tres donde se despachan esos mejunjes imprecisos cuyo componente básico es la cachaça: Batidas de maracujá, de abacaxi, de pintangueira y de guaco, de morango, de louro y hasta de amendoim. Y nada más que eso, la comida puede esperar y esa espera, siempre, resulta en vano.

No voy a decir que trabé amistad con el dueño del “boteco”, aunque llegamos a cultivar esa peculiar relación que se da entre el regente del establecimiento y el parroquiano, charlas que oscilaban entre las contingencias del clima y los antecedentes, desarrollo y consecuencias de la Guerra de la Triple Alianza. El tipo era un negro descomunal que apenas cabía dentro de su negocio pero resultó ser más bueno que la avena, Orcante se llamaba.

El tiempo pasó, como siempre lo hace, y el azar me llevó a otras playas, a frecuentar otros bares, mejores o peores que el de Seu Orcante pero con la misma oferta espirituosa, siempre. Hasta que las vueltas de la vida y las mías propias, me situaron otra vez frente al mostrador del barcito de tablas y clientes en ojotas. Nada había cambiado del mobiliario ni de los aromas del local y Orcante seguía con su camiseta del Palmeiras encarnada en el cuerpo de cachalote.

Pero esta vez no me llevó hasta ahí el deseo de tomarme un trago, sino la visión y la fragancia de unas guayabas inmensas, grandes como pomelos, amarillas y saludables, que curvaban los gajos de esa planta joven, crecida por propia voluntad a un lado del establecimiento.

Pensando que Orcante se acordaría de mí, de mis horas transcurridas acodado en la barra, de las charlas que si no llegaban a ser metafísicas, pisaban esa frontera y, por qué no, de mis modestas contribuciones al engrandecimiento de su etílica empresa. Y además, que esos supuestos recuerdos, si no buenos, por lo menos no serían malos, aventuré el pedido de esas frutas edénicas, un pedido cargado con la humildad del nómade que solicita un refrigerio para el camino. La respuesta llegó antes de lo esperado, con esa voz en proporción directa con el tamaño de quien la emite: “Prefiero que se las coman los pajaritos antes que dárselas a vagabundos como vos”.

De balde esperé el remate, la risa franca significando que esa fue una broma, que podía pasar y servirme cuantas guayabas quisiera.

Sus ojos grandes, hinchados, saliéndose de las órbitas como un camaleón, me miraron hasta el fondo del alma como diciendo “Y qué”.

Irrefutable. Así fue su respuesta, no me dio ni el tiempo ni el espacio siquiera para humillarme y suplicar, sólo una sonrisa me cupo en la cara. Me fui de allí entero, con la dignidad intacta, como si llevase colgada del brazo una cesta repleta de guayabas y recordando aquel verso de una canción de Charly García, “La alegría no es solo brasilera”.

Inédito. Vogler tiene publicado la trilogía Delincuentos (El Narco, El Sicario y El Candidato). Es autor además de Esperanza y la muerte (novela). Email: [email protected]

Mano Vogler

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