jueves 02 de diciembre de 2021
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La culpa

domingo 14 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
La culpa

Recostado en la cama miraba silenciosamente el ir y venir de la mujer, que arreglaba las míseras pertenencias de ambos. Hacía afuera un día gris y destemplado, con finos ramalazos de llovizna, que cada tanto golpeteaban finamente en las chapas de zinc del techo.

Después de la muerte de Ramírez, Cardoso vivió algunos días sobresaltado, esperando que en cualquier momento la policía vendría a buscarlo. Como no sabía si alguien lo había visto, dudaba sobre si estaba o no fuera de peligro. Por eso mismo no visitó a Olinda, hasta que poco a poco se fue tranquilizando y aventurose a indagar.

Directamente no se atrevía. Todos sabían su enredo con ella y el odio que se profesaban con el muerto, pero Zapata y los hombres que declararon, que durante casi un mes estuvieron presos como sospechosos, para nada habían citado su nombre; y Centurión y los otros dos, temiendo comprometerse, guardaron silencio.

Por fin la justicia, sin poder desenredar el hilo y por falta de pruebas que señalaran al culpable, puso en libertad a los detenidos y nadie se ocupó más del caso. Otros asuntos de mayor interés ocupaban la mente y el tiempo de los funcionarios. No era tan importante al fin, la desaparición de un lagunero paraguayo en pelea de carnaval.

Recordaba el primer día que se decidió a ir a ver a la mujer. Su entusiasmo por ella se había enfriado, pero consideraba peligroso el no hacer la misma vida de siempre... Ya doña Eugenia lo andaba encontrando raro. A lo mejor algo sospechaba y con medias palabras se lo había dado a entender. Por eso una tarde se decidió, cuando la vieja se acercó y le dijo:

-¿Y, muchacho, qué é lo que uté tiene, que anda lo mimo como pollo mojao?

-Nada doña. No ando bien. Tengo dolore por mi cuerpo y a lo mejó me voy por lo de la médica.

La mujer había movido la cabeza dudando. Entonces le anunció:

-Voy salí un ratito... A lo mejó mañana me largo al río.

-Ta güeno, mi hijo... .

Se lavoteó la cara en la vieja palangana y se puso al cuello el pañuelo rojo. Luego salió del rancho y se encaminó al de la Olinda. Cuando llegó traspuso la puerta y saludó:

-Güenas.

-Güenas — contestó ella. Y después: -¿Qué é de su vida tanto tiempo?

-Ando medio embromao. Algo hizo mal por mí y todo éto día, ni salí del rancho, ni fuí al río.

-Ajá...

No mencionaron al muerto. Hablaban con timidez en que los grandes silencios se sucedían.

Olinda simulaba algo que hacer y él volvía a distraerse y a recordar... Lo veía recortarse como una masa oscura, contra la claridad rojiza del kerosene que dibujaba su silueta... Veía la esbeltez y agilidad del hombre... El odio lo envolvía en su oleada, mezclado con la humillación que sentía por haber atacado a traición... Se veía a sí mismo como si estuviese colocado más atrás de la escena, recortado también en la luz... El gran penacho podía ser una dificultad... Pero no... El golpe con la zurda partió velozmente y se encontró con la espalda tensa, que fue atravesada con la misma facilidad que si fuera el pellejo de un tambor... Ahora que veía el golpe como ejecutado por otro, comprobaba con satisfacción que con la misma seguridad y puntería con que clavaba el gancho sobre un pez, había partido el corazón de Ramírez...

La mujer se volvió y lo miró. Silenciosamente fue hasta la humilde cocina y trajo agua caliente y yerba.

Poco a poco se iban tranquilizando. El mate producía un alegre calor en el estómago y animaba. Sin que se lo preguntara, Olinda dijo en voz baja:

-Tuve que andá por la comisaría y por la juzgado. Me preguntaron montone de cosa y también me preguntaron por uté, pero yo dije que no lo conocía a mi marido...

-Ajá...

Indudablemente se había salvado por un pelo. Nadie lo había visto y la mujer lo defendió... En vano buscaba dentro de sí la atracción que sintiera por ella y que lo había llevado a matar... Era como tantas chinas, ni mejor ni peor y ahora sin colorete y sin arreglos valía poca cosa... Su pensamiento saltó al río y se vio cuando era feliz sin ningún temor que lo turbara, tirado de espaldas en su canoa mirando volar los cuervos serenos y silenciosos, cruzando en curvas amplias las grandes nubes blancas, viendo girones de cielo azul tan puro y después, al caer la tarde, las bandadas chillonas de loros que volvían del Paraguay, en grupos de tres, parloteando en forma incesante y atolondrada como su mismo vuelo... Y los amaneceres en el río, cuando la masa oscura del Alto Paraná, empezaba a tomar un color blancuzco, que poco a poco iba transformándose en rojizo, mostrando en las pequeñas crestas de las olas trazos sangrientos de bermellón... Y la caricia del sol de la mañana que desentumecía los miembros... ¡Pero ese hijo de perra que lo odiaba!... Nadie tenía la culpa de que la Olinda fuera bailanta. Y si era y el cornudo lo permitía, no se podía evitar que un día u otro se metiera con alguien... Se había metido con él, pero también pudo ser otro... ¡Y con cuántos antes!... ¡Hijo de perra!... Al fin de cuentas estaba bien muerto y se merecía lo que le pasó... Pero fue sin que pudiera defenderse... ¡Bah!, lo mismo los tenía bien puestos para matarlo de frente, pero la ocasión se presentó tan bien... “Cualquiera hubiera hecho lo mimo”, dijo en voz alta, sacudiendo la cabeza.

-¿Qué dice uté?

-No dije nada. Etaba distraído. Últimamente me pasa cosa rara por mi cabeza.

-¡Lo que le pasa é que ya no se acuerda má de mí!

Cardoso no contestó. La mujer estaba en lo cierto. Durante mucho tiempo deseó la muerte del hombre de Olinda, porque pensaba que con ello la mujer le pertenecería por entero y ahora, cuando había desaparecido el odiado obstáculo, su interés decrecía hasta el punto de que si en ese momento estaba visitándola, era más por temor de que la mujer hablara, que por necesidad de verla. De todos modos no se le ocultaba que era conveniente, hasta que todo estuviera olvidado, que lo vieran con ella.

Se levantó y acercándose la agarró de ambos brazos y la atrajo hacia sí, mientras le decía:

-Uté sabe mi negra, que é la única mujé que yo quiero.

Olinda no contestó. Se apretujó cariñosamente contra el hombre y buscó sus labios. Cardoso empujó la puerta que quedó casi cerrada. Las sombras los envolvían con su abrazo...

Por la rendija de la puerta se veía el azul pálido del cielo en la tarde de abril. Algunas estrellas empezaban a parpadear y un silencio lleno de paz descendía sobre la barranca, envolviendo la ciudad. En este silencioso atardecer, sólo algún lejano ladrido de un perro, producía una pequeña turbación, como la que podrían producir en un anchuroso estanque, los círculos concéntricos de una pequeña piedra arrojada por un niño...

Cuando bien entrada la noche Cardoso se iba, la Olinda le dijo:

—¡Lo mejó é que uté se traiga sus cosas por mi rancho!

…….

Hacía como dos meses que Cardoso fuera a vivir con Olinda. Durante ese tiempo se fue operando en él una transformación radical. De hombre trabajador, decidido y alegre, se había convertido en algo totalmente distinto. Empezó a acostumbrarse a no salir del rancho los días de mal tiempo y cansado de ver ir y venir a la mujer, empezó a frecuentar el boliche de don Pérez, en la Bajada Vieja. A veces pasaba las horas muertas, sentado en una silla de madera, viendo la barranca que ascendía más allá, salpicada de casitas de colores, entre el verde de los árboles copudos y los yuyos que apretaban la senda que trepaba hacia arriba. Solamente cuando la necesidad se hacía sentir demasiado, se decidía con desgano y empujaba al amanecer la canoa hacia el río... Hoy era uno de los días que había tenido que salir y después había conseguido vender los dos pacús que pescara. Había dejado unos pesos a la mujer y había reservado otros para poder gastar en el boliche. Sentado pensativo, frente a la mesa, miraba el vaso de caña dorada que tenía en la mano. Su aspecto era de abandono, el pelo le caía sobre la frente y su rostro empezaba a marchitarse. La copa brillaba en su mano y un reflejo de topacio la atravesaba. La mirada de Cardoso quedó prendida a este reflejo maravilloso y se vio de pronto, en su luz amarilla, cuando era un gurí que correteaba todo el santo día a los rayos del sol, en la laguna y por los alrededores del puerto... ¡Era feliz entonces! Con apedrear algún perro y disparar alegremente cuando robaban fruta de algún sitio y el dueño airado los corría... Después se vio crecer en el río, siempre envuelto por el sol que lo acariciaba y le dejaba la piel aun más morena... Todo era una porquería al final... Se sentía ora capaz de todo y otras veces desalentado e indefenso, como cuando era niño y lloraba aterido de frío, con el doloroso apretón de hambre en el estómago... ¡La gran perra! ¿Qué era lo que quería al final?... Él también era una porquería. Siempre había galleado, siempre se había sentido muy hombre y de pronto se le metió aquella obsesión en el alma... ¡A lo mejor era miedo! Sí, eso era. Él le temía al paraguayo... Luego el destino le había presentado una ocasión que no pudo deshechar... Pero no, todo no eran sino aprehensiones suyas. Lo que pasó, pasó.

Dos muchachones raídos con caras viciosas jugaban al billar. El dueño sentado detrás del mostrador fumaba un pucho de hoja, que masticaba, a la vez que salivaba sobre el piso de ladrillo. Las otras dos mesas que en la habitación completaban el mobiliario, todavía no estaban ocupadas por ningún parroquiano. El muchacho más joven, que estaba por tirar agachado en postura simiesca, trataba de hacer puntería. Cuando golpeó con el taco, las bolas salieron disparadas para el lugar opuesto, lo que divirtió a Cardoso... El otro jugador se rió y el que errara, largó una puteada en guaraní...

Él mismo no se entendía bien. Recordaba que cuando fue a vivir con la Olinda, la mujer casi no le interesaba. Ella le buscaba continuamente y se quejaba de su desapego... Una vez tuvo que cruzarle la cara porque le dijo que no era hombre... Después pasaron los días y ella, que primero vivía triste y asustada, empezó a tener mejor aspecto, volvió a peinarse y a ponerse colorete... ¡Pero la cara de Pérez era cómica! Con la nariz de ventanas peludas y arrepolladas, los ojillos como dos rayas y la trompa enorme y llena de pelos tiesos. Se regocijó pensando que parecía estar escondido detrás de un erizo... ¿Pero por qué se arreglaba tanto la Olinda. últimamente?... Él hacía como que no le importaba... Por dentro sentía una mezcla de rencor y de piedad de sí mismo... Ahora era él el que andaba atrás y ella parecía no darse cuenta. La vida entre ambos era difícil. La mujer siempre estaba a la distancia, aun en los momentos en que parecía que no podría ser así... ¡Pero ese perro pulguiento! ¡No tenía otra cosa que hacer que andar cazando moscas!... Esos perros eran notables... Recordó uno que tuvo cuando era chico, que andaba en dos patas sin que nadie le hubiera enseñado y que movía la cabeza de costado, mirando con un solo ojo... Algún hombre debía haber de por medio. Una mujer no tiene tan buen aspecto si no hay algo raro... Y luego, esa indiferencia con él, que al fin de cuentas había... ¿Pero por qué carajo abría la boca de ese modo ese estúpido para tirar la carambola? Le dieron ganas de arrojarle la botella de caña... ¿Y ese pañuelo nuevo floreado, de dónde salió? Recordaba bien las flores. Eran rojas y azules sobre un fondo amarillo. El borde tenía figuras que no recordaba bien, pero era azul... El cielo también era azul, pero qué tranquilidad en el río!... Los golpes de las pequeñas olas en el casco de la canoa, le hacían sentir como si fueran el latido de la nave, que era como algo de sí mismo; y el reflejo del sol saltando sobre las olas que levantaban los barcos grandes y el sabor del pan y del pedazo de asado frío, rociado con un trago de caña que llevaba el sol hasta el estómago... A lo mejor la mujer se la andaba pegando y si eso era así!... ¿Por qué sería que la luz se quebraba en la copa de caña y salían esos rayitos parecidos a los de los anuncios de las lámparas de kerosén?... Ya se podía atar bien los calzones si quería cuernearlo a él...

Sentía la cabeza un poco pesada. Levantó la copa y la vació despacio, mientras miraba con ojos cansados la mugre de este boliche, donde ahora pasaba la mayor parte de su tiempo...

Se miró distraídamente la mano izquierda, que estaba posada sobre la mesa. La mano, fina y nerviosa con dedos un poco abultados en las articulaciones, tenía una distinción no muy común entre gente de su clase. Sintió una especie de satisfacción con ello y ladeó la cabeza en otra dirección, pero un repentino temor de algo extraño le asaltó... Miró otra vez su mano y el terror le recorrió el espinazo, haciéndole parar el vello. Uno de los dedos, el mayor… era un gusano grande y blancuzco que se movía… La blancura se adivinaba a través de una piel fina como una mucosa, que dejaba ver la circulación de un líquido por debajo.

Su razón se defendía diciendo que era falso lo que veía... Pero seguía viéndolo y lo miraba fascinado, moverse blandamente hacia los costados!... Quería golpearlo, arrancárselo de la mano... Los ojos se le salían de las órbitas y al fin, dando un alarido, golpeó con todas sus fuerzas sobre la mesa, haciendo caer con estrépito la botella y la mesa misma.

Uno de los muchachos, que en ese momento se disponía a tirar la carambola, dio un gran salto y cuerpeó ágilmente como si esquivara una puñalada, a la vez que emitía un agudo grito. El otro, con las piernas separadas, miraba a Cardoso con la boca abierta. Asombrado el dueño, salió de su somnolencia con sobresalto y alcanzó a divisar a Cardoso, que rápidamente salía.

-¡Que lo tiró! ¡Tarado añá membuy! — dijo con voz aguda y gangosa.

Una vez en la calle, corrió velozmente cuesta abajo en dirección al río. Llegó al codo en donde dobla el camino que pasa frente a la Subprefectura, pero siguió derecho, descendiendo al lecho del Paraná, que dejaba unos doscientos metros al descubierto por la gran bajante. Sumido en la oscuridad acercó sus manos a la cara, moviendo los dedos y las vio normales, iluminadas por el leve resplandor que venía de la inmensa bóveda... El viento le refrescó la cara y la cabeza y sonrió del miedo reciente. Había sido sin duda una “idea”, provocada por la roñosa caña de Pérez... Un gusano... Casi tuvo ganas de lanzar una carcajada, pero le invadió cierto temor de hacerlo y con ello romper el silencio que le rodeaba...

El río era una oscura masa que se extendía ante él. A lo lejos veía parpadear las luces de Encarnación y a su derecha se destacaba la torre del puerto. La brisa del río que seguía dándole en el rostro le aclaró completamente las ideas. Encontraba lo sucedido completamente absurdo. Debía ser que estaba débil, porque últimamente andaba chupando mucho y no comía lo suficiente... Ya sabría lo que tendría que hacer. Volvería al río, a su oficio de pescador que andaba tan descuidado; y el sol y el alimento le pondrían igual que antes... Así, cuando lo viera como antes era, la Olinda volvería a él y todo se arreglaría.

Todavía estuvo un largo rato soñando frente al río; después penosamente se levantó y caminó en dirección a su rancho...

Remontó lentamente la Bajada Vieja. Con las manos en los bolsillos del pantalón y la cabeza gacha, empujaba el cuerpo hacia adelante. Le costaba trabajo el subir. Las piernas eran flojas, como de trapo y la respiración era dificultosa. Se sonrió pensando en cómo había declinado su vigor físico... Cuando era chico podía subir a la carrera por una barranca casi vertical y ahora... Pero esto era sin duda alguna, pasajero, porque hasta hace poco tiempo, menos de dos meses, la agilidad de sus piernas y de su cuerpo le permitía hacer lo que le diera la gana... Ya pasaría todo esto, cuando arreglara su vida de una vez por todas...

Un claro aullido apagado y lento, flotó en la noche haciéndole estremecer. Cardoso fijó la vista acostumbrada a la oscuridad en esa dirección y vio, entre dos ranchos situados a su derecha, esconderse la sombra del perro. Toda su tranquilidad de hacía unos instantes desapareció. La angustia y el terror de lo desconocido, lo envolvían... Él no había visto nunca al Lobisón, pero sabía de muchos que se habían encontrado con él y siempre les había sucedido alguna desgracia... Recordó de pronto que era viernes; y los viernes por la noche salen a judear los lobisones... Sin ir más lejos, a Contreras le había pasado algo terrible... Una noche, de vuelta a su rancho, se le cruzó el Lobisón... Cuando llegó le hizo saber a su concubina lo que había visto y atrancaron la puerta por dentro. Apagaron la luz y durante horas lo sintieron rondar el rancho. Al fin se acostaron y él dejó su cuchillo al lado, sobre la silla... Se durmió y de pronto se despertó sobresaltado por un grito; cuando pudo prender una luz, encontró en el suelo a su mujer, sin conocimiento y con el cuchillo clavado en el vientre. Salió a la calle y poco después el rancho se llenó de gente y un policía se lo llevó, mientras la mujer era llevada al Hospital Regional, donde pudo declarar la inocencia de su hombre, ya que al tratar de salir en la oscuridad para ir al fondo, tropezó con la silla, produciéndose el accidente. La mujer murió y él recobró la libertad, pero la primera noche que volvió a su rancho, sintió el aullido del Lobisón y los pasos del hombre perro, rondando hasta el amanecer...

Le castañeteaban los dientes y apresuró el paso todo lo que pudo. Sudaba copiosamente y tenía las mandíbulas apretadas, como si estuviesen soldadas. En sus oídos resonaban las pisadas apagadas de la bestia y cada tanto se volvía, pero no alcanzaba a ver bien en esa noche oscura... Sólo formas imprecisas y por eso más terribles, que dibujaba su miedo. Ni siquiera pensaba en defenderse; su cuchillo le era en este momento completamente inservible y sólo la huida tenía una finalidad, porque no habría salvación enfrentando al Lobisón a quien sabía perfectamente que no entraba bala ni puñal...

Subió la barranca por cuya senda serpenteante, antes de llegar a la cima, debía doblar para llegar al rancho de Olinda. Iba mirando al suelo para no tropezar, sin atreverse a mirar atrás ni a los costados. Su andar era silencioso bajo sus pies calzados con alpargatas. Un perro gruñó al pasar al lado de uno de los ranchos y ya no se pudo contener más y corrió locamente. Cuando llegó al lugar donde debía cruzar, vio salir un bulto negro, enorme, y lo desvió de un salto, sin poder evitar el rozarlo. El hombre dio también un salto hacia atrás y, rápidamente, extrajo un revólver apuntando a Cardoso:

-¡La gran puta, qué carajo pasa! — dijo con voz alterada.

-Disculpá ché patrón - artículo trabajosamente Cardoso, sobreponiéndose a los locos golpes de su corazón.

-Borracho de porquería!...

Con cuidado, sin dar la espalda, el hombre empezó a bajar la cuesta. Cardoso sólo atinó a ver que era un hombre grande y un poco gordo y por la voz, le pareció que se trataba de un hombre joven... Pero su cabeza no estaba para pensar en nada y caminando a tropezones, llegó hasta el rancho, entrando en él como quien huye de un peligro y cerrando la puerta de golpe.

Había luz y la mujer estaba despierta, con las ropas y el pelo en desorden. Al ver entrar a Cardoso, el terror se pintó en sus ojos y por unos momentos no habló nada. Él, por su parte, no se daba cuenta del miedo de la mujer, ni de la extraña circunstancia en que la encontraba. Sólo atinaba a apretar fuertemente la puerta para mantenerla cerrada. Su mirada vagaba a través de la habitación, con ojos de alucinado.

Ella creyó que estaba borracho, pero poco a poco se convenció de que algo le pasaba y dijo:

 -¿Qué le pasa chamigo? ¡Ni que hubiera visto al diablo!

-¡El Lobisón! -contestó mirando fijamente al techo ...Andaba má acá del depósito. Lo ví meterse atrá de un rancho. Dimpué se vino detrá de mí....

Olinda respiró tranquila. Aunque también creía en el Lobisón, ése era un peligro incierto. Trató de tranquilizar al hombre y poniéndole el brazo sobre el hombro, le dirigió en guaraní palabras de aliento. Él, como un niño asustado, se dejó llevar y se tiró vestido sobre la cama, donde bebió ávidamente un vaso grande de caña que ella le alcanzara y que al poco rato le hacía roncar...

La mujer sentía a su lado la respiración agitada de él. Seguramente tendría una pesadilla. Estaba desvelada y pensaba que no podía seguir viviendo al lado de este inservible, de este borracho que cualquier día podía matarla...

Capítulos X y XI de la novela Bajada Vieja. Areu Crespo fue pintor, grabador, escritor y escribano. Nació el 20 de mayo de 1909 en Totana, Murcia, España y falleció en Buenos Aires el 2 de febrero de 1989.

Juan M. Areu Crespo

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