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Mi bicicleta y yo

domingo 07 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
Mi bicicleta y yo

Después de doce años de renegar con mi vieja bicicleta rodado 26, gracias a la insistencia de un amigo, accedí a adquirir en plena pandemia una bici eléctrica “e”, mejor dicho, con asistencia eléctrica. Por lo tanto, a mi vieja bici la dejé de lado. Siempre estuvo allí, como a un costado de la casa, sola, como esperándome o esperando su venganza. Me llevó a cambiarla porque nunca había podido terminar una vuelta completa, siempre me acalambraba, no sé por qué, pero sentía que la culpa era de ella. Pero bueno, ahí quedó. No volví a subirme más hasta la semana pasada. Con la bici “e” todo había cambiado, claro las ventajas son obvias y siempre terminaba todas las vueltas, hasta me sentí por algunos momentos un competidor. Pero todo iba a volver. Hace diez días Gerardo –uno de los organizadores del grupo Urutaú– tiró la idea de hacer una bicicleteada nocturna en luna llena, por donde solemos hacer nuestras vueltas por Profundidad, Tacuaruzú, Fachinal, Santa Ana, Cerro Corá y los alrededores. También había sido idea mía quizás en una zona de campo más plana para que disfrutemos un poco más la luna llena.

La propuesta me parecía fantástica con mi bici “e”. Todo sería disfrute y sencillo, tiene buenas luces, rodado 29 y lo más importante potencia asistida. Un lujo. Pero esa sensación iba a durar poco. Ese domingo, otro amigo interesado en comprar una bici “e” me pidió prestaba para probar cómo era esta cosa. Por supuesto, accedí gratamente a su pedido. Como este es medio genio en cuestiones electrónicas le recomendé especialmente que no se metiera con la compu que viene en la bici. Bueno, fue exactamente al revés, al parecer metió mano y mi bici “e” fue directamente al concesionario, pero allá en Buenos Aires. Con ella se fue también mi salvación, mi ilusión de poder disfrutar la vuelta nocturna.

En un momento pensé,  bueno voy con mi auto, de sostén de los otros ciclistas. Hasta que me topé con mi vieja bici, la miré de costado, de reojo, estaba allí pinchada o mejor dicho pichada porque no la saqué más a pasear. Pero ahí estaba. Eran tantas las ganas de dar esa vuelta que dije voy a ponerla a punto y salí a probarla. Lógico, mi sensación fue otra vez no voy a completar la vuelta. Pero los días seguían pasando y se acercaba la fecha y las ganas iban en aumento, hasta que un día tomé la decisión de probar una subida. Me pregunté cuál sería la que más me costaría. Elegí la avenida Mitre, cuya subida es larga y constante.

Me fui hasta la costanera y allí empecé la prueba, la verdad si podía o no llegar. Creo que tanto andar en la bici “e” había dados sus frutos. Esa tarde hice dos veces toda la avenida y me dije: estás preparado. Igual debía seguir pedaleando para llegar lo más entrenado posible, pero por el trabajo no pude hacerlo y fue nomás dijo el extranjero.  Llegó el sábado sin saber cómo iría. Previendo mi falta de preparación fijé mi salida una hora antes que el grupo, pensando que luego me alcanzarían. Llegué a la casa de Gerardo en Candelaria, tipo 19 para salir rápidamente. Pero me terminó de convencer de salir todos juntos. Ya era de noche, y como la luna llena no salía, no se veía absolutamente nada. Le dije a Gerardo: llevá un abrigo porque puede hacer frío. Claro está, no me hizo caso. Bueno, la cuestión fue que nos reunimos con el grupo en la estación de servicio en Candelaria, a las 20 y entre fotos y fotos salimos 20:30 hs.

Allí estaba arriba de mi vieja bici 26 con temor a no poder volver o no terminar la vuelta. Siempre supe que el mayor problema sería la subida a Profundidad, es larga y bastante empinada. Ya en los primeros metros noté la diferencia en rodaje, el grupo a los pocos metros ya comenzaba a sacarme diferencias, pero bueno, me decía tranquilo, que tenemos que pasar esa subida.

A ese lugar llegamos rápido quizás producto del entusiasmo y de la sensación que todos teníamos de pedalear de noche, sintiendo esos ruidos que pocas veces prestamos atención. En ese momento, era el último. La subida la hice despacio, como en el aire, pero llegué y la verdad casi sin sentir el cansancio. En la cima ya me estaban esperando. Pero bueno llegué y sabía que si había llegado hasta allí sería más fácil. Pero bueno, alguna venganza iba a tener mi vieja bici.

“Te vas a caer”. Esa fue la frase que otro amigo, me repitió una y otra vez, como tratándome de convencer que no fuera a esa vuelta, que era muy peligrosa, y también queriéndome convencer que fuera con él a San Ignacio al otro día a otro encuentro de bicicletas pero con morfi y no sé con qué cuento más. Un poco negativo él, pero bueno me sirvió para que estuviera alerta. Y la verdad es que la responsabilidad del grupo fue total, la organización espontánea que tuvimos, el respeto, el compañerismo fue muy bueno. Claro, lo más peligroso era la bajada de Profundidad al valle, camino a Tacuaruzú. Se trata de un camino nuevo con ripio suelto y muy pronunciado. Comenzamos a bajar de a uno con distancia y alertándonos y sobre todo despacio, frenando suave, ya que si apretábamos un poco más la bici se ponía de costado o corríamos el riesgo de darnos vuelta y las consecuencias serían serias. Eso fue la más peligroso. Al llegar al final de la bajada y como consecuencia de la inercia paramos pasando el puente del arroyo Garupá frente a una aldea de un pueblo originario, como se dice hoy.

De tan rápido que bajamos la cadena de mi bici saltó y los cambios no entraron más. Marcelo me dio una mano para arreglarlo pero solamente anduvieron 100 metros más, es decir que quedé sin cambios. De allí en más el camino, si bien era largo tiene dos o tres subidas más y otro tanto de bajadas, sabíamos que era cuestión de aguante, de estado. A todo esto, la luna no aparecía. Para las 22 horas aproximadamente estuvimos en la capilla de las Quemadas, creo que es a mitad de camino, del otro lado del cerro de Tacuaruzú. ¡Que frío!!! Helado estaba el lugar, no se aguantaba. Debe ser por el monte. Gerardo se acordó de mi recomendación. Habló todo el camino, pero en ese lugar no se le sintió, señal que hacía mucho frio.

Allí comienza una subida y fue ahí donde mi vieja bici comenzó su venganza. A las 22:30 horas ante el esfuerzo, comencé a sentir las primeras señales de mis calambres aquellos que nunca me dejaban terminar la vuelta y que le culpaba a mi vieja bici. Una vez más me retrasaba y el grupo me esperaba. Quiero resaltar la actitud de Sergio, nunca me abandonó, se quedó siempre, hasta varias veces pegó la vuelta para esperarme. En todo ese trayecto fuimos los últimos y nunca se separó. Me gratitud hacia él, dando muestra de su compañerismo, incondicional.

Para las 23 horas ya comenzaron los calambres, y no tuve más remedio que bajarme de mi vieja bici y caminar unos metros para relajarme, estirar y poder seguir. Sergio una vez más estuvo allí y se ofreció llevarme la bici. Me tuve que contener para no responderle mal, para colmo para ese entonces no tenía ni fuerzas para explicarle que estaba librando una pelea con mi vieja bici. Solamente le agradecía y le decía que podía llegar. Fueron dos o tres veces, hasta arribar al cruce de Tacuaruzú donde majestuosamente por detrás apareció la luna. Increíble el paisaje. Producto de la quema de leña para carbón, muy común en esa zona, se formó una neblina blanca, y la verdad que el paisaje era muy raro, semejante a una película de terror, donde además solo se escuchaban ladridos, aullidos de perros y lo mejor, el canto del Urutaú. 

Y ahí estábamos nosotros pedaleando, yo casi sin fuerza, pero dando la vuelta. Ahora restaba la subida a Profundidad, pero bueno no pensaba subirla en bici por varios motivos. Ahí fue la mayor batalla, los calambres casi no me dejaban caminar, ya sentía la dureza de toda la pierna. Creo que Sergio se dio cuenta y una vez más se acercó a querer ayudarme y una vez más me negué. También Rafa que fue nuestro soporte que iba en auto atrás de todo que llevaba una conservadora con bebidas, me ofreció muy amablemente cargar mi vieja bici en el auto. Casi me desmayo, sentí que perdía la pelea con mi bici. No. Ni loco podía aceptar semejante ofrecimiento para colmo me tentó al verlo que comenzaba a preparar un mate tipo brasilero. Al llegar a la cima, debo reconocer, ya no podía ni caminar, y casi me rindo. Busqué a Rafa con la mirada. Estaba lejos sino hubiera aceptado su ofrecimiento. Es decir, por casualidad, no me rendí. Más adelante, como siempre, el grupo me estaba esperando en la primera rotonda del pueblo de Profundidad. De allí hasta Candelaria son 12 o 13 km, casi todo en bajada. Pensé que era fácil, pero había otro obstáculo que casi me había olvidado. El Frío. Pocas veces sentí tanto frío, como esa noche al llegar al bajo, al puente sobre el arroyo. Con la velocidad que se agarra allí debe ser 60 o 70 km por hora y lo único que se ve son las luces rojitas de las bicis que van adelante. No se ve nada. Creí que la cara se me congelaba. En un momento pensé en comenzar a frenar para bajarme, no aguantaba más el frío. Me acordé de Gerardo. Y me decía: si él aguanta cómo no voy a aguantar.  Así pasé el bajo y el frío se fue.

Antes de llegar a nuestro punto de partida, el grupo nuevamente me estuvo esperando. Y así llegué a Candelaria con Gerardo. Pasamos el puente. La vuelta la había cumplido con mi vieja bicicleta rodado 26. Eran las 1:30 del domingo.

Había ganado esa farsa de pelea que había tenido y pese a todo, pocas veces recuerdo haberme ido a dormir tan contento. Gracias a todo el grupo y muy especialmente a Sergio, Rafa y Gerardo.

El autor es integrante del grupo Urutaú, que reúne a amantes del cicloturismo. Habitualmente salen  los sábados desde el cruce de Candelaria a recorrer la zona.

FAA

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