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La pandorga

domingo 07 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
La pandorga

Yo tenía el machete. No se lo voy a negar. Dicen que se lo tiré, pero la verdad no me acuerdo. El machete era del Viejo. Lindo machete, don. Filoso. Siempre quise tener uno así y nunca pude. De chico se lo envidiaba al Viejo. Pero él no me lo prestaba. Y no era por bueno. No era porque mezquinara el peligro, lastimaduras y todo eso. A él jamás le importo de nosotros; ni de mis hermanos ni de mí, ocho en total, tampoco de la mami que en paz descanse, la pobre se murió de aguantarle el tono al Viejo. Decía que era su orgullo el machete, filoso, machazo, relucía en el rincón del rancho, ahí donde se filtra la luz por entre las cañas de adobe y las pajas corridas del techo. Re lucía el machete. A veces, formaba colores distintos como la pandorga del hijo del Gervasio. Pero guay del que se lo tocara: agarraba el trenzado y nos daba por el lomo, marcados salíamos; y el machete, de canto en el rincón, parecía vivo. Algunas tardes cuando le salían esas luces de colores el Viejo decía: los dejaré sin dedos; anímense a sacármelo, guachos; a ver quién es machito acá, ¿eh? Eso nos decía. Y nosotros quietitos detrás de la mami. Después, yo me iba hacia el baldío a ver como el hijo del Gervasio remontaba la pandorga y me quedaba horas mirándolo debajo del puentecito sin que él me viera. No se juntaba con nadie. Menos conmigo. Y menos que menos, desde que estaba el Viejo con nosotros, don. El Viejo se arrimó al rancho después que se fue el padre del último de los ocho. Con el Viejo la mami no tuvo ninguno. Ya de más éramos y si se iba el Viejo, qué comíamos.

Él me mandó a la cosecha junto con la mami y mis hermanos. Me fui llorando. Es que se me perdían el hijo del Gervasio y su pandorga. Creo verla remontar de a poco hacia arriba, cada vez más, cada vez el punto del cielo donde se perdía, quedaba rojo por un momento, como la sangre; saltaba hasta elevarse con todos esos soles adentro, la cola flameaba y él le daba soga y le daba, hasta que ya no se veía entre las nubes. Yo pensaba que podía subirme a la pandorga y llegar al cielo también. Quería irme a ver cómo era allí arriba, y cómo eran las otras gentes de los otros lados; pero no, el Viejo nos llevó a la cosecha y allí nos dejó. Fue la mejor cosecha en años. El algodón vino como nunca, hermosos los globitos blancos, tan tupidos, tan uno al lado del otro como alfombra de nubes. Hicimos buena plata, pero la mami no nos dejó gastar un peso ni en el boliche ni de los vendedores que se llegaban hasta allí. Quería llevarla toda, enterita, al rancho. Le duró poco la alegría: cuando volvimos se encontró con que la Mabel estaba viviendo con el Viejo. Parecía la hija, don, una hermana nuestra. La mami lloró y lloró, pero la Mabel no se fue y eso que el rancho era chico. Le hicimos un lugar; total, ahora ella dormía con el Viejo y la mami en el suelo. Cuando se quejaba mucho la hacían subir a la cama. Tanto lío era la vida que ya la mami se había olvidado de que el rancho era de ella y que podía disponer. Pero no valía la pena pelear por eso. A la mami los ojos se le volvieron ceniza, igual que la leñita consumida del brasero. Y yo, por no verlos, me pasaba todo el día en el baldío. Allí estaba siempre el hijo del Gervasio con el Gervasio, armando y desarmando la pandorga. Calculando el peso, la medida, el largo de la cola; todo tenía que quedar bien hechito para que volara cada vez más alto. Gritaba que la haría llegar hasta la luna. Y era capaz, porque cuando estaba allá arriba relumbraba como un fuego y los flecos de la cola se desparramaban en el aire y el hijo del Gervasio corría y corría y se abrazaba al Gervasio y los dos saltaban. Yo me quedaba quietito detrás del tuscal para mirar sin que me echaran. Los jueves el hijo del Gervasio se iba más lejos a remontar la pandorga a campo abierto, pasando el puentecito, allí donde era prohibido porque estaba el charco grande, allí donde larga esa agua oscura y olorienta la curtiembre. Lo esperé ese jueves. Me animé a sacarle el machete al Viejo que se había ido temprano a la changa y me le salí al cruce cuando él iba distraído. Se asustó. Creía que lo quería matar o algo así; por el machete, don. Empezó a recular y no largó la pandorga, y yo que dámela y él que nunca, jamás, hacete una si querés negro de mierda. Y yo: largala te digo. Y él que no, que la hizo mi papá. Ahí sí que me dio bronca del todo y levanté el machete y el hijo del Gervasio salió corriendo y en el apuro se cayó en el charco grande; yo me asusté y dejé el machete en el mismo rincón de siempre; después me arrepentí y fui a avisar porque no lo iba a dejar morir. Conté otra cosa de lo que había pasado. Pero el hijo del Gervasio no se pudo salvar y murió al poco tiempo. Por el ácido del charco, don, dijeron los médicos. Fue muy fiero ver eso. Primero se le cayó todo el pelo y las uñas, después la piel de a pedazos, verde, casi gris como los ojos de la mami y vomitaba sangre del color de la pandorga y el Gervasio se daba la culpa y yo sabía que no. Ahí empezó a tomar el Gervasio y al tiempo se murió también. Qué cosa la vida, don, pensar que uno nace para morirse nomás.

Desde que no está el hijo del Gervasio es como que se empezó a morir toda la gente. No habrán pasado ni dos años que se murió mi hermano el segundo, de algo en los pulmones, dijeron los médicos, y que no fue tratado a tiempo; de pobreza, dijeron los vecinos, y descuido, eso dijeron; ahí nomás los ojos de ceniza de la mami se fueron apagando, si es que se podían apagar un poco más, y yo supe que ella también se moría. Quién sabe por qué cuestión me estoy acordando ahora de todas las desgracias, don. Sin la mami yo me fui del racho, qué iba a hacer allí. Ya era grande, como diecisiete tenía. Conseguí trabajo y me acollaré con la Leticia, pero la Leticia poco aguantaba y quería esto y aquello y lo otro; lo que veía en la televisión quería, y con lo que yo ganaba changueando no podía para mucho, apenas para comer y hasta mediados de mes, que después fiado. Pero ella dale que dale y comenzó a tener un hijo tras otro y cada vez peor y yo empecé a chupar cada vez más y más y después se me murió el chiquitito. Debe haber sido castigo ¿no?, digo por lo del susto al hijo del Gervasio. Al chiquitito siempre lo poníamos en el medio porque hacía frío ese invierno y no teníamos otra cama. En la de al lado dormían los tres más grandes. Yo le dije a la Leticia tené cuidado, no te duermas tan fuerte, pero ella dijo que no daba más de lavar, cocinar y criar guachos todo el día y que si yo estaba cansado por hacer doble turno en la fábrica esa era mi obligación, y al guiso alguien lo tiene que pagar, qué carajo. Así es que los dos nos dormimos fuerte y cuando empezó a clarear y tocó el pito de la fábrica yo me di vuelta y lo vi al chiquitito duro, frío, ya no respiraba y la sacudí a la Leticia y ella empezó a gritar como una loca y dijo que no tenía la culpa, que había sido yo con lo grandote que era, vos remataste a mi hijo, vos, y yo la agarré de los pelos y los otros más grandes se despertaron y todos gritaban y el chiquitito allí sobre la cama con los ojos abiertos, tan frío que no supe qué hacer y me fui al boliche. Estuve chupando hasta que vino la policía. Después que dije todo lo que sabía, volví al boliche y no quise arrimarme otra vez a las casas, que para ver desgracias ya era suficiente. Dicen que grité de chupado: déjenme en paz, al que se acerque a joderme lo mato. Como la Leticia no quería saber nada de mí, llamaron a mi hermana la mayor, y con ella vino la Mabel. Me arrastraron como pudieron de vuelta al rancho. Hacía rato que el Viejo se había ido. Nadie sabía adónde. Quedaba la mayor y los más chicos. Ah y la gurisita rubia, hija de la Mabel con un camionero. Me tumbaron en el catre y dormí como tres días. Cuando me desperté la Mabel me cebó unos mates calentitos y comenzó a hablarme de bueyes perdidos. Eso un día y otro y también otro. Así, de a poco, se me empezó a ir la tristeza. Después se me pasó del todo porque la Mabel era muy buena conmigo y me convenció de que son cosas de la vida nomás y tuve ganas de empezar de nuevo. Cosechaba algodón para traer unos pesos al rancho. Dejé de chupar y también hice una pieza al fondo para estar con la Mabel, y los domingos le fabricaba una pandorga roja, preciosa, a la hija de la Mabel, y se la enseñaba a remontar, igualito que el padre del Gervasio. La pandorga volaba alto y yo le daba hilo y más y más y la gurisita rubia se reía y se reía. Pero duró poco. La Mabel dijo que la plata no le alcanzaba y que me voy a trabajar al centro a casas de familia, que esta ya no es vida. Y lo cumplió. Ya nada fue igual. Malicié lo peor cuando comenzaron los chimentos. Para colmo de males la Leticia andaba en amores con el vecino y según dicen, de antes, de cuando todavía era mi mujer. Ahí sí que me puse peor, porque pensé todas son iguales y la Mabel seguro hace lo mismo y no quiso por nada abandonar el trabajo y yo le rogué, por Dios le pedí, hasta lloré, vea, don. Dejaba a la gurisita rubia en el rancho con mi hermana y ella salía, y mire, don, cuando a uno le entra la espina ya nadie se la puede sacar, y por más que ella me decía no pasa nada, che, no pasa nada con nadie, yo ya no creía y empecé a tomar otra vez y fue para peor. La Mabel se puso mala y yo a pegarle. Así una vuelta y otra más y no le podía sacar el retobe. El otro día encontré el machete. Lo tenía olvidado. No me acordaba de él. Buen machete el del Viejo, no sé por qué lo habría dejado. A pesar de los años estaba como el primer día, con el cabo de madera dura con remaches de hierro, filoso, relucía más que la pandorga, don, porque con todo esto de la Mabel ya no tenía ganas de ir con la gurisita rubia a remontarla y quedó tirada, rota en los fondos, si daba lástima. Me traje el machete a la pieza. Allí estaba, lo ponía de costado o lo paraba en un rincón como el Viejo o lo acostaba sobre la mesa brilloso, o lo levantaba con una mano, o con las dos, y lo miraba reflejar la sombra sobre la pared. Entonces me di cuenta de que era de noche y que la Mabel no había vuelto. Mi hermana trajo a la gurisita rubia y me dijo arreglate vos, yo no la cuido más para que aquella ande puteando. Y yo sin vino. Y la gurisita empezó a llorar. Y yo sin vino. Y mi hermana: ponete los huevos para arreglar esto de una buena vez, cuando te vas a avivar. Y yo sin vino. Hasta que llegó la Mabel y ya no me acuerdo nada. Si usted lo dice, será. Que yo le pegué hasta hacerla sangrar, debe ser nomás. Si usted dice que ella corrió hasta la puerta para zafarse y yo ahí le tiré el machete, debe ser cierto. Y que también le pegué con el machete a la gurisita rubia para que no llorara más. Y que había sangre por todos lados, que yo no quería largar el machete ni cuando ustedes llegaron y que gritaba devuélvanme la pandorga, no me la saquen, debe ser así, nomás. Después de todo, usted, don, para qué me va a mentir.

El relato es parte del libro Mamá quiere ver las rosas y otros cuentos, editorial Contexto. Severín tiene publicado además Helada Negra (2016), Muda (2018), La Tigra (2018), entre otros.

Patricia Severin

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