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Acá no

domingo 31 de octubre de 2021 | 6:00hs.
Acá no

Cuando el reloj marcó las cero horas del día 17 de octubre, Alfredo se puso de pie, y a viva voz, con un tono entre solemne y alegre, comenzó a cantar. Del otro lado de la barra, Jacinto, el dueño del restaurante, meneó la cabeza negativamente y le hizo una señal al mozo. No había demasiados comensales esa noche. Apenas un par de familias en las mesas de la izquierda y una parejita compartiendo una jarra de clericó cerca de la entrada. El mozo se acercó a Alfredo.

-Acá no, señor. Por favor, haga silencio y retírese.

Alfredo no le hizo caso. Por el contrario, aumentó aún más el volumen de su canto:

“Por los principios sociales, que Perón ha establecido, el pueblo entero está unido y grita de corazón: Viva Perón! ¡Viva Perón!”.

-Señor, acá no. Lo invito a retirarse.

Alfredo terminó de cantar la marcha peronista, sacó su billetera del bolsillo, y dejó sobre la mesa el importe correspondiente a la milanesa napolitana con puré y la botella de vino que había consumido, sumado a una generosa propina. Se colocó el saco, sujetó su bastón, y mansamente, se retiró del lugar con una sonrisa.

Ya tenía 70 años. A los 15, había estado junto a su padre en la Plaza de Mayo aquel 17 de octubre de 1945. Treinta y dos años después, a Alfredo le metieron en cana por ser delegado sindical y peronista. Estuvo un año preso. Lo torturaron, pero un acuerdo que pudo hacer uno de los cabezones del sindicato con un general amigo, salvó su pellejo. Le largaron bajo condición de que se fuera del país: estuvo 8 años exiliado en Finlandia.

Cuando salió esa noche del restaurante, Jacinto, el dueño, lo siguió.

-Señor, usted es un buen cliente, pero ya sabe que esas cosas no están permitidas en mi negocio. Que sea la última vez.

-¿A quién puede ofender una canción?

-Esa no es cualquier canción, usted lo sabe.

-¿Usted conoce alguna persona a la cual se haya perseguido, encarcelado o que se haya tenido que ir del país por ser antiperonista?

-No sé de que me habla, yo no entiendo de política.

-Le voy a decir algo amigo, yo sólo vengo a su restaurante porque usted tiene las mejores milanesas del pueblo.

Alfredo siguió andando, lentamente. El taconeo de su bastón era el único sonido perceptible esa noche. El día siguiente, aprovechando que era domingo, fue a la misa de las 10 y al finalizar la misma, se puso a cantar la marcha ahí adentro. “Acá no, señor”, le dijo el cura. Nuevamente fue echado. Fue a la plaza y se puso a cantar. “Acá no” le dijo el vigilante. Así se pasaba el día, más por diversión que por otra cosa. El único lugar donde no lo echaban era en la unidad básica de calle Garay. Alfredo pasaba por ahí para comer un choripán, tomar un vaso de vino, contar un par de anécdotas y cantar la marcha abrazado a quienes estuviesen. Los 18 de octubre, era habitual en el único diario del municipio, ver alguna foto suya acompañada de algún simpático epígrafe contando sus aventuras del 17.

Murió un martes, de una neumonía que lo tuvo internado algunas semanas. Las enfermeras contaban que lo último que hizo fue cantar una parte de la marcha. Como no tenía familia, poca gente fue a su entierro, apenas un puñadito de compañeros, que tal vez por desgano u olvido, no le concedieron el que fuera su mayor deseo en vida: que lo enterrasen cantando la marcha peronista. Al menos, alguien tuvo la deferencia de dejar una foto de Perón junto a la cruz de madera.

Sergio Alvez

Inédito. Alvez nació en Posadas. Es periodista y escritor. Publicaciones: Urú y otros relatos, libro de cuentos. Y Descubiertero.

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