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Adiós a Robin Wood

Adiós a Robin Wood, el creador de mundos

El escritor y guionista paraguayo falleció el domingo a los 77 años en Encarnación, fue el creador de icónicas historietas como Pepe Sánchez y Nippur de Lagash

martes 19 de octubre de 2021 | 6:05hs.
Adiós a Robin Wood, el creador de mundos

El escritor y guionista paraguayo Robin Wood, creador de entrañables series de historietas como Nippur de Lagash, Dago y Pepe Sánchez -algunos de los tantos títulos en que se ramifica su producción de 95 personajes y 10.000 guiones- falleció en la noche del domingo a los 77 años y luego de transitar una larga enfermedad.

La dolorosa noticia la dio a conocer su esposa, María Graciela Sténico Wood, a través de su cuenta de Facebook.

“Acaba de fallecer mi esposo Robin Wood, víctima de una penosa enfermedad”, escribió. El matrimonio vivía en Encarnación, Paraguay.

Rápidamente las redes se llenaron de mensajes de dolor y de valoración por su prolífico y admirado trabajo, reconocido a nivel mundial.

En nuestro país, los fanáticos de la obra de este guionista, cuyo nombre tiene musicalidad de héroe conforman una legión.

El hombre que de joven trabajó en la ruralidad paraguaya y en Buenos Aires fue obrero de fábricas, sembró también admiración y anécdotas en suelo misionero.

En los albores del nuevo siglo visitó la redacción de El Territorio,  ya que este matutino publicó la tira Roxana, de su pluma y con dibujos de Alfredo Falugi entre los años 2000 y 2001.

“Lo conocí personalmente por esos días en que El Territorio reeditó un trabajo suyo, pero claro que ya conocía su obra, que es reconocida a nivel mundial. Era un intelectual, un hombre que sabía de todo, muy leído, de mucha cultura”, lo recordó Latre, dibujante e historietista.

“Wood rompió los moldes de la historieta, la hizo popular, sus personajes llegaban al lector, eran muy humanos y mostraban valores. Recibió mucha crítica por eso, de los escritores y guionistas de las clases medias altas de Buenos Aires que no le perdonaban su éxito. Yo digamos que fui su contemporáneo, y creo que definitivamente él alimentó el universo de las historietas”, reflexionó Latre.

Imaginación sin límites

El guionista creó a más de 95 personajes y escribió más de diez mil guiones de historietas, muchas de ellas con seudónimos para que su nombre no se repitiera en las publicaciones: Mateo Fussari, Robert O’Neill, Noel Mc Leod, Roberto Monti, Joe Trigger, Carlos Ruiz y Cristina Rudlinger, fueron algunos de ellos.

Viajó y vivió en muchas partes y sobre su nombre dijo en una entrevista a Caras y Caretas: “Mi verdadero nombre es Robin Wood, pero tengo que mostrar el documento para que me crean”.

En esa misma charla relató que los círculos de intelectuales solían menospreciar su obra por considerarla “popular”.

“Totalmente menospreciada. Y nunca me llevé nada bien con la intelectualidad. Me reventaban esos tipos que querían hacer la revolución desde una mesa del bar La Paz. Y hablaban de la clase obrera. A mí, que había trabajado en fábricas, hasta doce horas por día. Una vez, me llamaron para una reunión en la que me decían que nuestra misión era ‘enseñarle a pensar al pueblo’, y los mandé al diablo. Algún tiempo después, me encontré a alguno de ellos en un evento, en la época del proceso militar, y le recordé lo que había dicho. “Shhhhh”, me pidió.

Wood había nacido el 24 de enero de 1944 en Caazapá, a 205 kilómetros al sur de Asunción del Paraguay, y desde muy joven se dedicó a la escritura, a pesar de que apenas había terminado el ciclo primario de enseñanza debido a las dificultades económicas de la familia. Sus abuelos eran australianos y militantes socialistas que tuvieron que emigrar de su país luego de una huelga de esquiladores.

A comienzos de la década de 1950, se radicó en Buenos Aires con su madre y trabajó para editoriales argentinas que publicaron sus creaciones en prestigiosas revistas, como El Tony, D’Artagnan, Intervalo y otras. Los restos de Wood fueron sepultados ayer en el Cementerio  privado Imperial de Encarnación. 

Opinión
La mañana que conocí a Robin
Creo que tenía ocho o nueve años la primera vez que leí algo de Robin, no recuerdo el año, pero sí el momento, porque esos momentos que lo cambian a uno no se borran nunca, a lo sumo, se difuminan con los años, cambian de color los detalles, los acomodamos a nuestra conveniencia, pero no cambia lo más importante, la emoción sentida.

Recuerdo que era una historieta de Nippur, años después supe que eran dibujos de Villagrán. Luego, en esa misma revista, leí a Or Grund, Pepe Sánchez y Mark, todas creaciones suyas, estaba extasiado, era pura aventura, necesitaba más. Entonces me fui a donde se encontraban las colecciones más grandes de historietas al alcance de todos en esa época, la peluquería del barrio, y esa fue mi cita obligada cada siesta hasta que mi padre comenzó a comprármelas.

Así fue mi primer encuentro como lector. Con los años dibujé sus personajes en mis propias historietas. Hacía mis propias versiones de Nippur, Gilgamesh, Morgan o Mark. Las copiaba o las calcaba según la ocasión, y no me avergüenza decir que imaginaba diálogos con Robin en los que él me felicitaba por mis dibujos, lo hacía con la fe ciega de los niños, si medir posibilidades, sin pensar que en el año 2000 mi sueño sería una realidad.

En aquellos años yo era dibujante de El Territorio, recuerdo que en una reunión de edición informaron que comenzaríamos a publicar una historieta de Robin y que él vendría al diario. No podía creerlo, la emoción me hizo saltar en el lugar, y se hizo alegría inmensa cuando el director, al ver que conocía tanto de él, me dijo que yo sería el encargado de ir a buscarlo al aeropuerto. No quiero aburrir con toda la ansiedad previa a esa fecha, los nervios que sentía se resumen en que, llegado ese día, fui al aeropuerto a buscarlo y olvidé al fotógrafo que había sido asignado a cubrir la nota.

Esa mañana conocí a Robin y a Graciela, quien luego sería su esposa y pilar en los últimos años de su vida. Era un sueño hecho realidad, al principio, el pudor me cuidaba de no hacerle muchas preguntas, pero luego en una fiesta del diario por su 75 aniversario, entre vinos y risas perdí toda compostura y lo llené de todas las preguntas acumuladas en años de lector asiduo, y que él, con toda la amabilidad respondió divertido. Esa noche pudimos charlar largo y tendido hasta llegado el otro día. Con el tiempo la relación se estrechó por el trato cotidiano, hasta que un día dejó de salir ‘Roxana’, como habíamos bautizado a la historieta que dibujaba Falugi y que yo coloreaba, y dejamos de vernos. Volví a encontrarlo en 2006, en una convención de comics en Santiago del Estero, y para mi enorme sorpresa y alegría se acordaba de mí, siempre presumió de su buena memoria, y vaya si la tenía, repetía siempre que nos encontrábamos el mismo chiste, casi como una línea guionada, sobre mi seudónimo. La suerte quiso que me siguiese encontrando con él

en varios eventos más, y en las redes, que pudiese mantener cierto contacto por mensajes a través de Graciela, ya que él se negaba a usarlas. Parece una broma, de esas crueles del destino, que un par de días antes que inicie la pandemía nos habíamos puesto de acuerdo para ir a visitarlo, junto a mi querido Sebastián Borkoski, quien es también un gran admirador, visita que quedó trunca, pero que nos prometíamos concretar ni bien se abra el puente.

Hoy me sacudió la noticia, me dejó un nudo amargo y el gusto punzante del llanto en la garganta. El mismo año que perdí a mi padre, pierdo a quien me crió como lector, al igual que a millones de chicos y chicas en el mundo, en el maravilloso mundo de la aventura. y aunque le dije siempre que lo admiraba, siento que al igual que con mi padre, me quedó un último e intenso abrazo por dar.

Por Maco Pacheco
historietista, ilustrador, animador

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